SANTA DANZA por Joiel O.

Los espectros se pusieron en pie y el doblar roto de las campanas se convirtió, entre ecos y tormentas, en una canción. Los atrajo como la montaña de Montjuïc a quienes desean no ser encontrados.

 Las mujeres dejaron atrás parte de la lividez que las acompañaba. Los hombres, rostros duros, mentones pronunciados en decadente retirada, ansiedad en el mirar, recuperaron la necesidad de relamerse. Cuando ellas decidieron que las mortajas resultaban innecesarias, casi un insulto a la esbeltez, los caballeros asintieron gustosos y una manada de lobos en la atalaya de verde aulló lo que podría considerarse el discurso rimbombante que da comienzo al baile donde caen y son pisoteadas las máscaras.

 Algunas mujeres se dejaron llevar por quienes habían sido sus esposos, pero no todas obraron según los preceptos clásicos. Otras prefirieron entregarse a la novedad del varón que no comparte techo y a nadie le pareció mal. No había sitio para los celos en aquel aquelarre improvisado, así el esposo que observaba a su señora entregada a los labios de un desconocido asentía, gustoso, mientras una dama se le acercaba insinuante para expresarse sin necesidad de articular palabra. Las manos que descienden hacia la entrepierna siempre saben cuál es el verbo adecuado.

 -Me alegra volver a verte, mi estimada Cristina, tras diez años bajo enterrados y antes otros tantos de feliz matrimonio. Celebro que hayas encontrado la pasión otrora perdida en los brazos de un toro rubio de cien kilos, permíteme observar cómo te desviste empleando incluso los dientes, tal es su ansia por templar su espada en tus jardines. Ojalá tuviera algún buen caldo para brindar por vosotros mientras me derramo de gusto.

 Pero la aludida tenía sus labios sellados con los de Rodrigo Díaz de Vivar, así se llamaba el tipo del que desconocía el nombre pero no el primero y más grande de sus talentos.

 Los fuegos artificiales que adornaron la escena resultaron estruendosos y no especialmente coloridos. Llenaron el cielo sustituyendo las pocas estrellas y nubes por dragones soberbios y pájaros extendiendo las alas. En algún lugar, también había fiesta.

 Mientras, el marido de Cristina encontró la felicidad entre las piernas de una mujer bella a morir. Si largos eran sus cabellos todavía más lo eran sus piernas, libres de cualquier impedimento para deleite de unos dedos temblorosos, como si invocasen las señales en un electrocardiograma de saldo que no atina. El marido fiel las besó como hacen los creyentes con las imágenes talladas en madera y Penélope empezó a reír cuando a su cuello acudió otro hombre que le resultó vagamente familiar, de aspecto malencarado pero provisto de unas manos que conocían el arte de trazar mapas sin derramar tinta. Así se sintió desfallecer y llevar hasta un lecho de flores muertas, donde sus sentidos fueron puestos a prueba tanto o más que su elasticidad de acróbata circense en un mundo de bestias que han roto las cadenas. De repente no eran cuatro sino seis las manos que proclamaban sobre ella el nacimiento de un nuevo lenguaje; Cristina había decidido aprenderse la lección mientras el Cid Campeador, tras un beso largo y apasionado, regresaba a la batalla sobre las tierras de Jimena, su esposa espectral, allí presente.

 Reían y bailaban y gozaban y se rozaban. Parecían el pudor y el recato entidades que nunca habían existido, y a los de la Santa Compaña, que pasaban por allí camino de parajes más propicios, se les encogió el corazón al descubrir aquel despliegue de desvergüenza, negando para sí y haciéndose cruces antes de unirse a la bruma y alejarse cuanto antes, con miedo de echar la vista atrás y que a alguno se le antojase dejar de ser folklore en favor de lo inmoral que se cuenta en los bares un jueves a cualquier hora.

 Siguieron así los espectros durante toda la noche, dando todos lo mejor de sí, y aunque a algunos el sueño les afectó y buscaron refugio en la garita del enterrador o al cobijo de un muro resuelto a pintadas, a otros no les importó sentir los primeros rayos de sol sobre sus pálidas pieles en movimiento, a espasmos de flor desojada, estremecida.

 Una joven madrugadora que había ido a dejar unas flores sobre el panteón de sus ancestros se maravilló de todo aquello y antes de darse cuenta era una más en el baile, clavada de rodillas entre dos aparecidos, sin decantarse por cuál comenzar. Aquello la volvió loca y por eso no se lavó las manos antes de tomar el desayuno.

Epílogo

 El vigilante estaba a punto de apagar la radio del coche cuando una voz femenina anunció en el boletín de las nueve que un grupo de internos del hospital psiquiátrico había logrado escapar a través de los pasadizos subterráneos y que se habían apoderado del cementerio, desnudando a las estatuas, cantando a los muertos y cubriendo de flores al Ángel Caído. Aparcó el utilitario en la zona reservada a los empleados, bajó y cruzó el umbral del camposanto acelerando el paso, dejando de pensar en si había apagado la luz al salir de casa o no. Una hermosa mujer con el pelo alborotado le salió al paso danzando a su alrededor como si el graznar de los cuervos posados sobre los nichos de piedra fuera una melodía. El señor Torrance primero se resistió, después se dejó hacer y sus ojos se volvieron del color de las historias por contar.

nebuloverso.wordpress.com

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. La orgía fantasmal no era más que una terrenal, pero de locos, locos muy amorosos y espirituales. Extraordinarias imágenes. 🤩

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    1. Joiel dice:

      El amor está en todas partes, también donde más se le necesita. Gracias por tus palabras, como siempre.
      Sonrisas.

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