MONSTRUOS BAJO LA CAMA por Luisa Gómez

Con la poca luz que alcanza a filtrarse, pero dejándola justo en el foco, como siendo señalada por la lámpara de un teatro, la tiene entre sus manos y la mira detenidamente. Repasa con sus ojos el vestido rosa fuerte, brillante, ceñido al cuerpo delgado. Pasa sus dedos por sobre las tiritas que lo sostienen de los hombros delicados, los senos sobresaliendo de la figura y las caderas un poco más anchas dejando advertir la cintura. Los dedos se dejan caer por el vestido hasta justo antes del tobillo y allí ya se encuentran con los tacones altos, rosa también, que dejan a la vista algo del pie fino, casi frágil, siempre empinado. Vuelve a subir hasta la cintura, la voltea, y suelta con cuidado el broche que asía el vestido al cuerpo. Resbala suavemente las tirillas por los brazos, le da algo de trabajo pasar el traje por la cintura y se lo saca por la cabeza, despeinando el cabello rubio y largo. Ahora la tiene ante sí desnuda; en tacones y desnuda. La peina un poco y se queda viendo los ojos azules que han quedado iluminados por el rayito que se cuela. Recuesta su cabeza en el piso fresco y le acaricia el cuerpo rígido, frío; se detiene una vez más en los senos y de ahí pasa a la entrepierna. No hay nada. Una superficie lisa. Sigue la figura y se encuentra entonces con el trasero, dos nalgas redondas no muy grandes, se devuelve, la inspecciona de nuevo: nada.

Escucha un ruido, se queda quieta, sin dejar caer de sus manos ese cuerpo inmóvil: es el sonido de una olla que cae; su madre sigue en la cocina, todo está bien.

Entonces, así acostada en el suelo, alarga la mano hasta el rincón oscuro, lo busca a él. Gira la cabeza para tratar de verlo y en su lugar se le pega el negro a los ojos. Un escalofrío la recorre, el cuerpo entero le da un saltico y se tira un poco hacia el lado iluminado. Logra ver algo claro entre lo oscuro del lugar; lo alcanza con la mano. El torso está desnudo, tiene los pectorales como los de su primo Rafa, pero la barriga si es diferente, plana, con rayitas de actor de peli. Entonces los junta: la Barbie desnuda y sonriente, con las manitas siempre extendidas hacia el otro; pone al Kent entre esas manos. Él en cambio es torpe, el cuerpo de ella no se acomoda bien en sus brazos. Los fuerza un poco hasta juntarlos. La niña se arrastra hacia el lado oscuro y deja los dos muñecos en la línea de luz que el cubrelecho deja colar bajo la cama. Se queda viendo las siluetas que no acaban de casar; sin embargo, están de frente, se miran.

La deja a ella en el suelo; lo toma a él y le quita con rapidez, sin cuidado, el pantalón azul con rayas blancas que llevaba puesto; él sí descalzo, en contraste con el rosa fuerte que ella sigue llevando en los pies, que corta con el rosa pálido y uniforme del cuerpo-muñeca. Ahora los vuelve a poner juntos.

Otro ruido -se queda quieta- ahora viene del baño, su madre ha descargado el inodoro.

—Nena, ¿en qué andas? —le dice, como siempre, su madre.

—Nada, ma. Jugando con la Barbie —le contesta rápidamente, asomando la cabeza por el borde. Sabe que debe decir algo rápido o ella vendrá a ver.

Espera. Los pasos de su madre se siguen hasta la cocina y se escuchan de nuevo las ollas.

Vuelve a meterse en su claroscuro. El espacio es pequeño, apretado, no puede darse vuelta allí dentro, sólo la cabeza puede girar. Entra con la cara vuelta hacia la tiniebla, mirando de frente al lugar en que conviven los monstruos; su corazón va más rápido, pasa saliva y siente un corrientazo que le atraviesa el cuerpo: algo la toca en la pierna que la falda ya no tapa. Un momento de entumecimiento, seguido del movimiento fugaz de la pierna que se retrotrae y entonces deja entrar un poquito de luz: el monstruo tocón era una chancla vieja de su hermano que llevaba allí unos días.

Repta un poco más hacia el rincón, se deja cubrir por las sombras que enredan sus temores, y vuelve a poner los muñecos a la luz. Siguen desnudos. Deja la Barbie en el suelo y lo toma a él de nuevo. Lo pone boca abajo y se queda viendo el trasero, pasa su dedo por la línea; lo voltea y pasa ese mismo dedo índice por el bulto que tiene entre las piernas… así no son los que ha visto.

A sus cuatro años hay algo que no entiende. Coge luego a la muñeca; la mira, la voltea, le abre las piernas para un lado, para el otro, la pone a la luz, casi fuera del borde que marca la cama, la niña asoma su cabeza y la pega a ese cuerpo plástico tratando de ver mejor: no hay nada.

Deja los muñecos en las profundidades de ese agujero sin fondo, así desnudos, las ropas se las tira encima y sale de debajo de la cama, golpeándose la coronilla con el borde, pero eso no importa. Corre a la cocina y se sienta al mesón para ver a su madre que pasa de una olla a otra.

—Mamá, ¿todos tenemos huequito para hacer chichí? —le pregunta, moviendo entre sí  las manitas regordetas.

—Sí, Juli, todos, ¿sino por donde saldría el agüita que tomamos? —le contesta ella sin voltearse.

—Entonces los que no tienen son monstruos… —le dice, entre que le pregunta y concluye.

—Hasta los monstruos tiene que hacer chichí, Juli.

—¡Y si no hay hueco, ma? —le dice la niña, acercándosele por el lado, buscando con la mirada los ojos de la madre.

—Si no hay hueco, hay que abrirlo, Juli —la madre, se seca las manos con el limpión blanco y se agacha hasta el tamaño de la hija.

La niña sonríe y vuelve a su habitación. Toma sus tijeras gruesas de manualidades y la aguja grande de punta roma con que hace el picado de los bordes y se mete, serpenteando, bajo la cama.

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