EL VIAJE, capítulo 15 por Carlos Feijoó

Maria:

            Toda su vida se recordaba envidiada de sus amigas, la razón era evidente, su familia era propietaria de la mejor fábrica de chocolates de Portugal, una oscura delicia tan habitual en su infancia, que nunca llegó a considerar la fortuna que tenía, chocolate a su disposición casi todos los días, era mucho sin duda.

            La cena de nochebuena reunía a la familia en torno a la mesa, su padre en pie golpeaba la copa con la cucharilla del postre y hasta los traviesos mellizos guardaban silencio, era el más solemne momento del año, trás una breve descripción del año transcurrido, de sí había sido mejor o peor de lo previsto, de las exportaciones al Canadá, de las importaciones de cacao y de la cosecha que agradecer a los trabajadores que se esforzaban para servir los pedidos en el momento justo. Después se oraba por los fallecidos, parientes, trabajadores o simples conocidos. Había que dar gracias por seguir vivos .

            Llenas las copas de los asistentes, brindaban a la salud de los ausentes y entonces papá muy serio decía en voz alta: Este trago va por Gerard y su gente tan valiente y por aquél meninho Víctor que enloqueció por tanto verter sangre y llevó a María entre sus brazos, hasta el puerto, dormida en su regazo.

            Ya casí nadie rcordaba aquella guerra, ni siquiera los que participaron en ella. Un día de otoño, frente al taller en que Víctor trabajaba reparando motos con el sonido de sus explosiones patentado, apareció un lujoso automóvil de importación, una larga carrocería del color de la plata, cristales tintados, un carruaje de princesa, descendió toda la familia, ella, él y dos niñas gemelas, se adentraron en la nave, preguntaban por el menhino Víctor y cuando estaba frente a aquél hombre cuyo sorprendido rostro había olvidado dijo:

            Soy María, y según mi padre, usted me saco en brazos de un infierno de fuego, tenga este recuerdo de su parte, así lo dispuso en sus últimas voluntades y le entrego un billetero de cuero, en su interior una tarjeta de crédito, metálica, del color del titanio, serigrafiadas una letras brillantes negras U.B.S. aclaró enseguida. Es válida en cualquier lugar del mundo, la clave secreta la debe memorizar, aquellas niñas le dieron un beso en la mejilla, ella dos y él le estrecho la mano con afecto, después se marcharon.

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