LAS GAVIOTAS SÍ PUEDEN VOLAR por Maya Caravella Castillo

Había una casita de piedra que coronaba un acantilado erguido sobre el mar. Allí vivían tres hermanas entradas en años, las únicas habitantes en kilómetros a la redonda. Ninguna había llegado a casarse y ninguna había salido nunca de allí.

Todas las tardes se reunían en el porche y disfrutaban de la merienda que Rosalía, la mayor de todas, preparaba con una sonrisa de mejillas rosadas y redondas como manzanas. Nunca se desataba el delantal de la cintura, y por eso siempre estaba lista para ofrecer a sus hermanas una bandeja con sendos vasos de limonada y un dulce recién terminado.

—Hoy he hecho tarta de Santiago —comentaría un día—. Aunque no creo que esté tan rica como la de madre.

—Siempre dices la misma tontería. Ya sea el desayuno, la comida, la merienda o la cena. Tú erre que erre —respondería Teresa, la siguiente en antigüedad, frunciendo el ceño como de costumbre—. Estará deliciosa. Deja de compararte con ella. Lo llevas haciendo toda la vida, y ya voy para los noventa, y es inaguantable.

Y a pesar de la regañina y de la indignación con la que agarraría el plato que le daría la mayor, siempre sería la que se partiría y devoraría el trozo más grande. Rosalía se encogería de hombros, curvaría los labios en un gesto avergonzado, y pasaría a partirle un trozo a Milagros cuando por fin tomase asiento.

“Mila” era la menor, de cuerpo arrugado y encorvado hacia dentro. Su mirada nunca estaba allí, como si hubiera encontrado su hogar en una celda hormigonada en la nostalgia y hubiera perdido el interés por el presente. Tenía la costumbre de llegar tarde a la reunión vespertina, descalza, con los bajos de la bata deshilachados y las uñas de las manos manchadas de arena mojada. Aquel día no sería distinto. Saludaría con voz neutra y tomaría asiento sin perder de vista el horizonte, el océano con el que se fundiría, y a las gaviotas que volarían sobre él.

—¿Has vuelto a la playa, Mila? —preguntaría Rosalía.

Y la aludida, sin desenterrar las palabras que la vida había lapidado en su garganta, simplemente asentiría. La mayor suspiraría y Teresa, con los carrillos cargados de tarta, bufaría las miguitas sobre la pechera de su bata.

—Es que me moriré sin recordar su voz. ¿No te has cansado ya de esta tontería?

—Teresa… déjala, sabes que no está bien.

Rosa, tu hermana lleva sin estar bien desde los veintitrés años. Yo creo que ya va siendo hora de que espabile, ¿no?

—No es cuestión de espabilar, es… -comenzaría Rosalía antes de concederse un trago de limonada- Su corazón está roto, hermana —añadiría—. Y el peso de estas cuatro paredes no le ha ayudado a sanarlo. 

—Oh, venga ya —protestaría Teresa, cambiando bruscamente de postura y sacudiéndose la falda—. Las dos sabemos que terminar aquella relación fue lo mejor para ella y para toda la familia. Y no creo que quedarse en la casa en la que nació y se crió, donde están las personas que más la quieren, haya sido una tortura.

—Honestamente… llevo años preguntándome si de verdad fue lo correcto.

—¿Ahora te arrepientes? Por el amor de Dios, Rosa, ¡quería llevársela! Le llenó la cabeza de pájaros sobre la vida en la gran ciudad, ¡y la habría dejado tirada en la primera calle mugrienta, de ladrones y putas, en cuanto se hubiera cansado de ella! Y seguro que preñada. Nosotros solo la protegimos.

—La protegimos de la fantasía que madre y tú hilbanasteis. Yo conocía a Felipe y era un buen muchacho. Un soñador, sí, idealista de más, quizá. Pero amaba a nuestra hermana. Y si luego hubiese resultado un monstruo al menos Mila habría sido libre de elegir.

Pocas veces la hermana mayor hacía acopio de su autoridad y seriedad, pero habría algo en su tono de voz que haría que Teresa sellara sus labios al instante. Únicamente replicaría con un “¡bah!” entre dientes, y se inclinaría por un segundo pedazo de tarta.

De ser Milagros consciente de aquella conversación, no habría muestra de ello. Por el contrario, no movería ni un músculo de su asiento, a excepción de las manos. Tenía la costumbre de envolver el pedazo de tarta en una servilleta y guardarlo en el bolsillo; ninguna de sus hermanas tenía conocimiento de para qué. Además, en aquel momento, en sus retinas huecas se reflejaría la formación de gaviotas que habrían abandonado la playa para colocarse en fila de a uno en frente de la casa.

—Otra vez esos malditos pajarracos.

Había muchas cosas que sacaban a Teresa de sus casillas y, desde luego, que las gaviotas rondasen su casa, y sobre todo su comida, coronaba la lista. Ya había aprendido la lección y todas las tardes salía al porche con un palo de escoba que agitaba para espantarlas. Aquella vez no sería distinta y a Rosalía le sacaría una carcajada, como de costumbre.

—No las eches, solo quieren algo de comer.

Y ella, también preparada, se levantaría a recoger la bolsa de restos de pescado que reservaba cuando alguno de los pescadores le hacía el favor de llevarle a la casa. Se la tiraría desde la distancia, y recuperaría su asiento con un gesto triunfal cuando la bandada se reuniese para tragar el contenido.

—Eso las mantendrá ocupadas.

—Las odio —diría Teresa únicamente—. Son sucias, ladronas y apestosas.

—Pues a mí me parecen muy elegantes. Míralas, tan estiraditas. Tienen mejor postura que tú de joven, ¿recuerdas lo mucho que te reñía madre por estar siempre encorvada sobre la silla?

Teresa la miraría con el ceño fruncido y mordiéndose la cara interna de las mejillas. Luego, se limitaría a balbucear una burla y darle un buen trago a su limonada.

—Tú es que no te puedes estar calladita, ¿no?

Finalmente, las hermanas compartirían una risa, se apretarían las manos en un gesto cariñoso y volverían la mirada al atardecer.

Así sedimentaría el silencio y Mila, que habría llegado a desaparecer momentáneamente del mundo de intimidad que compartían las mayores, volvería a existir junto a los destellos naranjas y rojos que coloreaban los tres rostros. En aquel ínfimo instante, la brecha se rompería y extraordinariamente volverían a compartir algo. Sin embargo, la reconciliación sería tan inalcanzable como la bruma que se formaba cada día allí donde el mar ponía su límite. Porque Rosalía y Teresa admiraban el privilegio de haber sido testigos durante tantos años de la belleza en estado puro y ni un solo signo de arrepentimiento se materializaba bajo el peso de la casa de la que nunca se fueron tras la enfermedad y muerte de sus padres. Mila, por el contrario, perseguía a las gaviotas. Sus pupilas subían y bajaban, trazaban circunferencias y dibujaban tréboles y lazos replicando sus movimientos. Su corazón volvía a producir un pequeño latido cuando desplegaban sus alas.

—Siempre me ha intrigado la fascinación que siente hacia las gaviotas —cuchichearía Rosalía en el oído de Teresa—. ¿Qué tendrán?

—Y a mí que me cuentas —respondería ella.

Solo con aquel debate, Mila recuperaría su voz en la privacidad de su mente. <<Ellas pueden volar>>, y del mismo modo en el que habría aparecido en el porche, se levantaría de su asiento. Las gaviotas graznarían, y en ello volvería a escuchar el silbido que tiempo atrás le había guiado para encontrarse con su alma. Porque qué si no había sido Felipe, si con su marcha su cuerpo se quedó completamente vacío.

Lejos del alcance del porche, bajaría por el acantilado hasta la playa, donde seguiría el camino de huellas que habrían dejado las aves hasta la orilla. Al caminar, dejaría caer pedazos de la tarta que habría desmigado en su bolsillo. Tras el paso de las gaviotas, tardarían escasos minutos en desaparecer. Soñaría con que hicieran lo mismo con ella, que engulleran hasta el último recuerdo. Habían enraizado entre sus costillas, se aferraban a la vida y se negaban a desaparecer. Hacían de su vida un tormento del se había convertido en esclava.

Aquel deseo, como diariamente, la llevaría a aquella orilla, donde en busca de alimento las aves la rodearían, graznarían y picotearían. Y así se sentaría sobre la arena fría, con la mirada fija en el horizonte, el cuerpo exhausto y el corazón muerto. Incluso para las gaviotas, acabaría haciéndose invisible.

Devorarían las migas y cuando su paciencia llegase al límite del aburrimiento, extenderían sus alas y echarían a volar. Dejarían sus patas serigrafiadas en la arena, un conato de empatía que la espuma de las olas terminaría por borrar. La playa quedaría limpia cuando llegase la noche, pero Mila seguiría ahí y también sus recuerdos. Y cuando finalmente la hora de la cena se aproximase, ella abandonaría la playa de vuelta a la casa, donde la esperaría su familia y de donde sus huellas jamás desaparecerían.

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