SUÉÑAME por Joiel O.

En el primer sueño apenas fueron esbozadas en carbón unas piernas bien torneadas pedaleando una bicicleta de rojo fuego, perdiéndose por un paraje luminoso cubierto de brumas y borrascas sucedidas a gran velocidad, sin ningún compás.

 En el siguiente, en una noche oscura, sin estrellas, las piernas que pedaleaban reaparecieron con la misma cadencia que en el sueño anterior. Esta vez atisbó algo más de la ciclista, que vestía un pantalón corto y ajustado, con algo que sobresalía del bolsillo trasero robando cientos de destellos al sol. El entorno onírico pasó a ser una especie de cueva que no era más que la fachada de un gran bazar donde se vendían los más diversos productos. La joven, siempre de espaldas al espectador, se perdía por una de las grutas y ya no se dejaba ver.

 Las noches que siguieron los sueños magnificaron su presencia, pero el velo que ocultaba las facciones de la chica se mantenía inalterable. Las lluvias que tardarían varios días en irse despertaron al soñador. La chica acababa de presentarse durante la fase REM. Era pelirroja, una larga melena que le alcanzaba la cintura, y en sus ojos el verde jugaba con los claroscuros de una naturaleza hecha de lienzos dispares. Vio cómo los rayos y los truenos se jugaban la oscuridad en una partida de cartas y cuando volvió a dormirse la pelirroja no regresó.

 Tampoco lo hizo la siguiente velada. Tuvo que esperar al cortocircuito de su cuerpo para conocerla más y mejor.

 Se llevó las manos al pecho y fue una suerte que los aullidos de su perra alertasen a los vecinos de al lado. Había sufrido un paro cardíaco, pero la de la guadaña no tuvo a bien llevárselo entonces. Cuando recuperó la consciencia yacía sobre una cama de hospital que ya llevaba tres muertos en lo que iba de año. Se tranquilizó al saber que su compañera de piso estaba cuidando de Alma, su perra mestiza de nueve años.

 Se durmió confundiendo realidad y fantasía y la chica pelirroja que pedaleaba se dejó ver. Se movía como el vuelo de las mariposas y a ella pertenecían todos los nudos de su garganta.

 Estaban en un abismo y ante ellos el mar y las gaviotas que se convertían en puntos distantes toda vez que alzaban el vuelo para ser testigos de otros delirios. Fue un sueño sin palabras, pero con abrazos de indudable calidez, compartiendo un paisaje que más bien era anécdota. Al momento siguiente la luz de la alucinación se apagó y la de la habitación se encendió tras un serpenteo eléctrico. Una enfermera joven y cansada sostenía un vaso de agua en una mano y en la otra una dosis de algo que aliviaba los dolores. A veces le dolía el pecho a rabiar.

 El siguiente sueño le privó del color de sus ojos y sus cabellos. Habían retrocedido en el tiempo, hasta una guerra que se libraba con fuego y piedras. Abundaban los cuerpos tendidos por todas partes en posiciones antinaturales y la sangre era tan gris como pueda serlo en un sueño en blanco y negro. Las explosiones carecían de su sonido brutal. La chica y él estaban abrazados por necesidad.

 Los sueños no son raros, rara es la realidad. Por eso que la chica llamada Nereal estuviera desnuda en mitad de un lago rodeada de cientos de peluches gigantes, atentos al aleteo de sus labios, no debiera asombrar.

 El soñador recordó entonces sus piernas pedaleando, perdiéndose por el paisaje surrealista de una cueva que era también un hospital abandonado, la boca de una estación de metro, una atracción de feria.

 Pero estaban en un lago cubierto de algas, rodeados de peluches que habían sido asesinados para que sirviesen de morada a gente sin alma que buscaban excitación en historias que les eran ajenas. A Nereal y el soñador no les importó y se besaron con ansiedad. Cada gesto buscaba la piel ajena como si fueran picaduras y así morder, arañar, se convirtió en algo necesario. Todo explotaba alrededor, hasta las nubes se desintegraban.

 Hicieron el amor sobre un lecho cubierto de flores arrancadas a manos llenas, y en vez de peluches hubo una hoguera y la cabeza de un payaso atravesada en la pared de una cabaña donde las agujas del reloj giraban en sentido inverso.

 Oscilaron los labios de la chica, y al tiempo que regresaba el color al sueño, sus gestos se evaporaban. Las manos no llegaron a encontrarse.

 Carlos se incorporó. La máquina junto a la cama marcaba unas constantes vitales estables, la luz que se filtraba bajo la puerta era tenue y el sonido de los aparatos apenas era audible.

 Pero olía a flores y sudor.

 Le dieron de alta un día 13 de junio y el 14 del mismo mes pero de otro año fue al cine para ver la última película protagonizada por Naomi Watts.

 A mitad de película notó una presencia a su lado precedida por un perfume que le resultaba familiar. Al mirar a su lado reconoció a la chica de sus sueños, con una sonrisa apenas esbozada en sus labios. Llevaba el pelo recogido en una coleta con trenzas y ni las sombras del lugar eran capaces de ocultar el brillo de sus ojos. El amorío en la gran pantalla dejó de interesarle cuando a un susurro, la joven pelirroja respondió dedicándole una mirada de reconocimiento seguida de un ligero asentimiento. En ese momento Carlos sintió que el mundo volvía a girar en la dirección correcta. Una proyección, dos butacas, el sonido de una lata de refresco que se abre algunas filas más atrás y dos manos que se encuentran mientras los créditos de la película comienzan a sucederse a ritmo lento, acompasado.

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