ZOOM por Luisa Gómez

Ahí está. Con su vestidito amarillo, las piernas abiertas y extendidas de forma que quepa entre ellas el libro. Lo ha recibido hoy; papá se lo trajo de regalo. Es de animales; papá sabe que le encantan los animales, a él también le gustan. Tan pronto como lo recibió se fue al patio de atrás, allí donde las mujeres no van porque están siempre ocupadas en la cocina y los hombres tampoco porque están viendo la tele o leyendo. Es una mañana soleada y se sienta en el pasto sin importar si quedan a la vista sus calzones; sólo quiere ver el libro.

Lo abre y tras pasar la hoja que lleva el título, viene la primera fotografía: son ocho cebras, sólo una está dando la cara, las demás están tomadas por detrás, se ven las patas fuertes; las líneas bellas, blancas y negras, bien delineadas; los músculos se alcanzan a seguir. Están esas nalgas rayadas fuertes, redondeadas, como cojines para recostarse en ellos; siente ganas de espicharlas, de acariciarlas, de palmotearlas. Y está el agujero entre las nalgas que apenas alcanza a suponerse; es un agujero negro. No lo sabe con certeza pero supone que las cebras como los humanos llevan ahí un hueco. En realidad, a la vista queda solo una sombra como la que cae del pino que hay en la mitad del jardín a la hora en que el sol empieza a caer. Se queda ahí, como queriendo entrar en la espesa oscuridad que se dibuja entre las nalgas. Retira la mirada y en segundos vuelve allí; está vez entra por el agujero, se deja ir en ese túnel sin fondo. Ya no está en ese patio, se ha ido a la selva de la memoria.

Es de noche y duerme en su cama-cuna, ya hace un tiempo que tiene una habitación para ella sola. Se le cuela la realidad entre los sueños y termina por despertarla. Aún sin levantar los párpados, sin saber muy bien si es un sonido o una visión, algo la molesta, hay algo incómodo que no puede evadir. Está abandonando el último color del sueño para adentrarse en la negrura de la noche. Es un sonido, ruidos, pequeños quejidos quedos. No logra saber de qué se trata; se asusta, se paraliza, abre más los ojos como si pudiera descifrar el sonido con las pupilas. Más quejidos; logra discernir el tono de su madre. «¿Está en peligro?». Ahora oye la voz ronca de su padre entre respiraciones fuertes y algo fatigadas; él también parece quejarse, «¿alguien les hace daño?». Está petrificada; no sabe qué sucede, pero, por alguna razón, tiene la certeza de que no deben saber que está despierta. Sigue escuchando. Desde su cama alcanza a ver la rayita de luz debajo de la puerta de la habitación de los padres. La mira fijamente como queriendo tener los ojos de caucho para internarse en esa escena. Ahora escucha risas. No sabe cómo ni cuándo, se queda dormida.

A la mañana siguiente entra en ese cuarto con sigilo. Sus padres ríen y ella no los quiere cerca. No quiere que la toquen. Los mira con detenimiento, busca señales que le ayuden a saber que ocurrió la noche anterior: escruta con disimulo el ambiente; olfatea, cree percibir un olor extraño, no sabe a qué se debe; mira las sábanas de la cama sin subirse en ella, están arrugadas; las mira detenidamente tratando de advertir manchas, de pronto hay sangre que indique que alguien fue herido. No encuentra nada. Los mira a ellos que ríen con soltura, bromean. El padre aún está en la cama y la llama a su lado; la niña no va, se ríe y busca a la madre que está apenas saliendo del cuarto de baño, se abraza al cuerpo de ella y mira al padre a los ojos. Ahora el padre se ha puesto de pie y se dirige hacia ellas. La niña sigue agarrada a la pijama de mamá siguiendo con los ojos a su padre, que está entrando en el baño, besa casualmente a la madre en los labios, un beso rápido, mientras lanza la mano izquierda a la nalga de la mujer, la golpea suavemente y luego la aprieta. Papá y mamá se miran a los ojos y se ríen; ella los ve desde abajo, es una mirada atrapada entre los cuerpos de ellos.

La niña no deja de mirar la redondez de las nalgas de la madre que se dibujan bajo la pijama, dos cojincitos que el padre estruja a su antojo. Sin quitar la mirada del cuerpo de la mujer, se aprieta las manos, las restriega como cuando se las lava con cuidado, y entonces es expulsada del agujero de la cebra.

Está de nuevo en el patio. No puede dejar de mirar el culo de las cebras y pensar en sus padres. De pronto cierra el libro, lo coge entre sus brazos y corre adentro llamando al padre. Lo encuentra sentado en el sillón de la sala; se sube en sus piernas y, sin dejar de mirar el libro, le anuncia que cuando grande será veterinaria. 

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s