LA CIFRA por Félix Molina

CONTEMA OCHENTA Y NUEVE

Todos andamos buscando la cifra. Y todos fingimos no buscarla. Se nos ve entretenidos en cualquier otra cosa –fundar un instituto, reclamar una deuda, almorzar—pero en ese fondo verdinoso y escurridizo de lo que pasa siempre están –inquietos y penetrantes– nuestros ojos, buscando la cifra.

Yo salía en una tarde igual que otras tantas de mi salón de estar y no ser, sin más alforjas que mi conciencia, y me fui encontrando indicios que desembocaban en una carretera. Y luego en un sendero. Y luego en una vereda. De allí a un hilillo de hierba desbrozada que, por una ladera, conducía a lo más alto de un cerro. Y allí otro camino todavía, a una casa con un techo a dos aguas.

Solo tenía –incisiva—una lengua en el pecho que quería mostrármela y el rumor de una aceña cercana que a mí me estaba pareciendo la música de la cifra. O su recuerdo, quizá. Entré en la casa, miré sus muros como quien contempla un aire triste y amarillo vuelto yeso. Todo lo poblaba el signo del moho, la escarcha negra de lo húmedo y lo viejo.

Arañando en la pared fui desvelando números. La cifra. Allí. De repente. Abarcaba entera la única estancia, porque lo otro era un humilde aseo al que accedí para evitar un desvanecimiento –un lavadero de loza blanca sin toallas, sin agua, con manchas de sangre antigua que también figuraban números–. En cualquier rincón en el que se rascaba estaba, uno tras otro, el número total, el definitivo. La cifra.

Y, sin memoria para retenerla, sin útil alguno para anotarla, qué hacer allí toda una vida.

© félix molina, del texto y la fotografía.

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