CLARK GIBSON EN… SESIÓN DOBLE por Joiel O.

Paula y Paola estaban enamoradas del mismo chico, aquel que se llevaba un par de dedos al ala del sombrero cuando daba las buenas noches. Clark Gibson era un tipo con clase, solía aparecer en traje de gala, con el pelo engominado y luciendo un fino bigotito que realzaba el primer plano de su sonrisa, ya de por sí destacable en aquel conjunto de rasgos esculpidos, agradables a la vista. Era todo un galán y había protagonizado más de veinte películas, la mayoría de ellas números 1 en taquilla. Clark llevaba más de setenta años muerto y su estrella en el paseo de la fama solía disfrutar de la compañía de un excéntrico que anunciaba el fin del mundo desde hacía más de dos décadas disfrazado de perrito caliente que no caduca.

 Paula y Paola besaban una foto suya antes de acostarse y tras despertar, a veces también después de desayunar cereales o una tostada, según.

 Tanto lo amaban, tal era la fuerza de sus pasiones primaverales, que una noche de invierno un rayo partió un árbol en dos y las ramas a su vez destrozaron el tejado de una casa miserable con un hombrecillo dentro. El viejo se llamaba Viejo Jon y tenía, clavado en la pared con hierros oxidados y retorcidos, un póster del bueno de Clark, de quien era fan desde los tiempos de ¿Y si nos vemos?

 Pues bien, esas mismas ramas, no contentas con el estropicio causado, también provocaron que una vela a punto de consumirse cayera sobre un radiotransistor que sólo servía para escuchar las pocas emisoras que quedaban en la AM. Saltaron chispas como si fueran fuegos artificiales en verano, y como del aparato estropeado a la pared apenas iban unos centímetros, el fuego alcanzó el póster y Clark Gibson, mundialmente recordado por Un rascacielos para dos, tuvo que escapar primero de la pared y después de la casita para no morir una vez más. De paso, arrastró hasta el exterior al anciano y a su gato Granada. Se quedó a su lado hasta que escuchó el sonido del camión de bomberos aproximándose. Supo entonces que sería mejor escapar de allí para evitar responder algunas preguntas complejas. Al menos vestía esmoquin y llevaba un peine en el bolsillo junto a una caja entera de cigarrillos.

 Así, llegó hasta una calle con unas pocas casas a un lado y otras enfrentadas en el otro. Una luz encendida le atrajo como sucede con la mermelada y las hormigas. Vaya alegría se llevó Paula al descubrir, encaramado a un árbol enfermo, al hombre de sus sueños. Le invitó a entrar y Clark accedió de buen grado, encantado al comprobar que había fotos suyas en la pared. Era aquella una jovencita con buen gusto.

 Al preguntar si seguía siendo 1949 la chica del nuevo milenio negó con la cabeza. 20XX no le pareció un mal año al galán, extrañado de no haber visto coches voladores. Supuso que eso se debía a algún toque de queda, pero se guardó sus pensamientos. Prefería centrar su atención en la joven de tez blanca y bonitas piernas que se contoneaba ante él.

¿Tienes hambre?, preguntó Paula. Querida, más de setenta años sin probar bocado resulta excesivo, ¿no crees?, respondieron Clark y su sonrisa de medianoche. Ambos rieron y la joven salió del cuarto con cuidado de no hacer ruido para no despertar a sus padres, que dormían dos habitaciones más allá. Regresó con un sándwich de mantequilla de cacao. Clark apenas dio unos bocados al emparedado antes de dejar el plato a un lado de la cama.

 Eres realmente bonita, y mis noches han sido muy aburridas últimamente, ¿crees que podrías ayudarme a encontrar un poco de diversión en la ciudad?

 -Se me caen las bragas -contestó Paula. Ciertamente, así acabó siendo.

 Hicieron el amor tantas veces como esquinitas tenía aquella cama con peluches incapaces de cerrar los ojos, y antes de que el amanecer hiciera acto de presencia, Clark se zafó del abrazo de la chica, le dio un beso en la mejilla, le escribió unas cuantas palabras en el punto de lectura de un libro de medicina y escapó por la ventana tras acabarse lo que quedaba del sándwich.

 Apenas dio unos pasos cuando se encontró con una chica vestida de forma estrambótica, con ropa muy ajustada de vivos colores, el pelo recogido como si fuera una campesina de Tennessee, con el ombligo al aire como en las películas francesas prohibidas por falta de decoro. La joven se detuvo, boquiabierta, y le señaló con un dedo.

 -¡Eres… Eres Clark Gibson, no me lo puedo creer!

 ¿Lo estoy? Bésame, así saldremos de dudas.

 Hasta ahí llegó la timidez de Paola, decidida a cumplir con el mandato. Apenas tuvo tiempo de dar un paso cuando los brazos del galán de cine ya rodeaban su cintura, atrayéndola. Los besos del actor se fundieron con los suyos y en menos de un minuto ya estaban rememorando el cartel de Como ángeles sin cielo en su versión europea. Llegaron a casa de la chica madrugadora y la ropa no llegó hasta el dormitorio, aunque tampoco ellos lo hicieron. Lo que sí hicieron, y de qué manera, fue conocerse en profundidad sobre un sofá que acabó perdiendo todos los cojines que en él había.

 Con las piernas de Paola sobre sus hombros, con sus manos dominando las caderas con palabras en latín tatuadas, algo atrajo la mirada de Clark. No se lo podía creer, desde el otro lado de la ventana, Paula no perdía detalle. Al saberse descubierta la joven que le había preparado un sándwich con crema de cacao no se mostró tímida, más bien entró en la casa sin antes pedir permiso. Paola, sabiendo de la intromisión, agarró una mancuerna de fitness para lanzarla contra la asaltante pero el dos veces nominado a los Oscar se lo impidió tomándola de la muñeca, negando con un gesto y media sonrisa. Explicó que era una vieja amiga, que no se lo tomara a mal, que tratara de ser gentil. Paula y Paola se miraron y sonrieron a Clark Gibson. Fundido a negro y música ochentera bajo seudónimo.

 Cuando las chicas despertaron apenas quedaba espacio entre ellas para una interrogación. Sobre la cómoda de la habitación había una fotografía en blanco y negro y en ella un viejo galán del cine clásico, un actor que sin haber ganado grandes premios había sido considerado uno de los hombres más atractivos del planeta en la década de los 40. La fotografía estaba firmada con tinta indeleble y en el reverso había una dedicatoria apresurada.

     Para Paula y Paola, mis mayores fans ahora,

                  con todo mi afecto…

                                   Clark G.

nebuloverso.wordpress.com

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