LA GRANDE BOUFEE por Luisa Gómez

Lo estoy viendo: la línea gris que recorre su espalda, el tono oscuro de esa línea que revela el sudor; el pelo negro, corto, con las puntas mojadas; su cara un poco roja, que hacía que los ojos se vieran más verdes; las piernas fuertes, medio bronceadas… las piernas de mi padre eran bellas, me gustaba mirarle las pantorrillas siempre tensas, con los músculos a la vista como los dejan los caballos de paso, no tan peludas como las de otros hombres… mi padre sobre su bicicleta de spinning, todas las mañanas mientras estuviera en casa. Luego, así sudado, con todo su olor en la superficie, se iba hasta mi cama o hasta la cocina -si es que ya yo iba desayunando-, y restregaba su mejilla pegajosa contra mi cara, soltando la risotada.

—¡Qué asco, pa! —Era lo menos que yo le decía, haciéndome a un lado —¡qué cochino! —Y, en ocasiones, le soltaba un palmadita en su espalda o en el brazo, y me quedaba con esa sensación de firmeza y la forma de sus músculos adherida a las líneas de mi mano. Mientras lo pienso, aprieto y ya no es mano sino garra queriendo volver a sentirlo.

En los seis meses que han pasado desde su muerte, se alternan su imagen atlética -con la pantaloneta blanca y sus camisetas de cuello de diferentes colores con las que jugaba tennis; él en su bicicleta y sudando-, con esta otra que nunca vi pero me habita: él en su habitación de hotel, él solo sobre esa cama ancha; él en pijama sintiendo la angustia del momento en que su corazón se detenía de pronto, sin haber dado muestras previas de fallas; él sin podernos llamar, sin mi madre y sin mí y sin los abuelos; él asistiendo a lo insólito de su muerte. Murió en medio de la noche; lo sé porque al levantarme para ir a clases mamá me dio tal vez el beso más largo del que tengo memoria; me abrazó contra ella, se metió en mi cama ya vestida y hundiéndome en su pecho hasta casi quitarme el aliento, me dijo que él había muerto. Desde ahí todo es confuso. En la funeraria ni mamá ni los abuelos se alargaban en detalles sobre la muerte.

—Un infarto, ¡es terrible! —contestaba mi madre, casi siempre mirando al piso, cuando alguien le preguntaba.

La abuela lloraba inconsolable y cuando los otros de la familia dejaban ver la sorpresa por la causa de muerte, ella solo alzaba los hombros:

—¡Ya ve! ¡Él, cuidarse tanto toda la vida! Pero uno no sabe lo que Dios le tiene preparado para el final.

Las explicaciones cortas sobre asuntos infinitos me parecen sospechosas. Más cuando solo un par de semanas después empezó a visitar nuestra casa, cada vez con más frecuencia, el jefe de mi madre; siempre llevando flores o vino, a veces chocolates, después llegaba con comida, que hamburguesas, pizzas, paquetes grandotes de papas fritas… todo eso que explicaba la barriga que le sobresalía por encima del pantalón. Mi madre no sólo lo recibía con sonrisas; empezó a llevar faldas con más frecuencia, los colores del maquillaje -que casi desaparecieron en los días cercanos a la muerte de mi padre- estallaron de forma primaveral en su rostro. Entonces empecé a sospecharlo: la muerte de mi padre no era como me la habían contado.

Cuando le tocaba el tema a mi madre, salía por la tangente:

—Sé que es doloroso; es triste; para ti es muy duro, pero la gente se muere… y los vivos seguimos —me decía, al comienzo tocándome la barbilla con sus manos suaves, luego ya casi sin mirarme.

Este «doctor de mujeres», como lo nombró mi madre hace cinco años cuando apenas comenzaba a trabajar como su asistente; este barrigón y calvo, era médico en todo caso. Su profesión tomaba toda la importancia: bien que sabía aliviar a la mujeres el enano ese. Mi madre había dejado los dolores de cabeza que antes la agobiaban, ahora se levantaba temprano y andaba buena parte del día fuera de casa. Durante años salió únicamente en las tardes a su trabajo y casi nunca nos acompañaba a mi padre y a mí al club o a jugar tenis. Y para rematar, o mejor, para matar sin que se note, quién mejor que un médico.

Me quedaba viéndolos: él con su traje de corbata siempre, mamá un poco más alta que él, el idiota siempre sonriendo, ofreciéndome comida, yo rechazándola, mamá insistiendo, yo peleando, mamá con los brazos en jarra, yo gritando: «tú feliz que papá haya muerto», yo corriendo por las escaleras hasta mi habitación, el portazo tras de mí… así terminaban nuestra discusiones, que ya ocurrían mañana y noche, por lo menos. Y el gordiflón, siempre ahí, como estatua, presenciando el show, regodeándose en el caos que se armaba por su culpa.

Parecía que mi madre viera en él la panza de Buda y no a un hombre excesivo, ansioso tal vez, desmedido, traga-todo, un canecón con patas, que debería haber muerto en lugar de mi padre. Un micro hombre -en todo el sentido- que tenía la grasa del mundo en sus arterias mientras las de mi padre debían estar como biberón de bebé recién pringado. Era inexplicable. Entre más veía esa camisa tirante y las orejas peludas, más me convencía de lo ridículo y sospechoso de la muerte de mi padre. Quería que mamá odiara al medicucho, que llorara por la muerte de papá, que llevara un luto eterno porque había perdido al mejor hombre, al más divertido, al más guapo, al más amoroso.

—¡Ese tipo te está dando quéreme! —le grité esa noche.

—No sabes de lo que hablas —Me miró con los ojos aguados y rojos— crees que lo sabes todo a tus catorce, pero te falta vida. El medicucho, como le dices tú, es el hombre que puede cuidar de las dos, él sí cuida su salud.

Eso retumbó de una pared a otra de mi cráneo; mamá estaba loca y se lo iba a demostrar. Anuncié que la actividad del sábado en la noche correría por cuenta mía. Busqué entre la colección de películas de mi padre, recordé que una noche que se encontraba sólo en su estudio y yo entré para recostarme a su lado, él detuvo la peli que estaba viendo y ante mis inquisitorios cuestionamientos de por qué no la podía ver con él, me habló de ella: La gran comilona; palabras más palabras menos, me contó que unos amigos se reunían a comer y beber hasta morir, que ese era el plan, suicidarse con el exceso de lo que más les gustaba, me la describió como asquerosa, nauseabunda, «lo que uno debe ver de vez en cuando para recordar que hay que comer con cuidado, hacer ejercicio, querer tu cuerpo», así me había dicho. Ahí estaba, La gran comilona, la cajita negra marcada en el lomo, entre los otros clásicos del estudio de papá. La alisté junto al televisor y después de haber comido un par de pizzas a las que les escurría la grasa del pepperoni por los bordes, nos fuimos a la sala. Yo quería ver la cara del calvo y la de mi madre también, así que los dejé en el sofá y fui a sentarme en el sillón, que solía ser el puesto de mamá cuando mi padre y yo nos arrejuntábamos donde ahora se encontraban ellos.

—¿Listos?

Cogí los controles, me acomodé en la silla, los otros dos se pusieron la manta encima y… ¡tarán! Play a la peli, pero parecía que ya estaba empezada, la cámara iba de un lado a otro, no enfocaba bien, sólo un tapete y muchas piernas, algunas claramente de mujeres terminadas en tacones plateados o dorados; sube la cámara y está la imagen de una mesa llena de vasos a medio llenar, un par de botellas, y polvo blanco aquí y allá; continúa subiendo y enfoca a un hombre desnudo en un sofá de cuero negro…

—¡Qué es esto, Mafe? —gritó mi madre, abriendo los ojos y echando adelante la cabeza como queriendo ir sólo con ella hasta el televisor.

—Pues una de la pelis de papá… —y entonces mire con cuidado: el hombre de la pantalla era mi padre, un poco borroso; dos mujeres, una a cada lado suyo; él riendo, su mano en el trasero de una de ellas y la otra… no recuerdo la otra, pero era él.

Mientras yo me quedaba ahí, con mi padre en la pupila, sin poder parpadear para no perderlo de vista, el médico de mujeres se lanzó hasta el televisor y poniendo su cuerpo por delante, me arrancó de esa imagen.

ellaviografia.wordpress.com

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