LA BÚSQUEDA DEL TESORO por Maya Caravella Castillo

Imagen de Pinterest. Claudio Rodrigues.

Coge una enorme bocanada de aire y, al instante, sus pulmones se intoxican del olor a óxido. Sin embargo, el niño sonríe. Aferrado a las cadenas que difuminan el verde con una mezcla de tonos ocres y metal, se esfuerza en dirigir a su padre para que le impulse hasta las nubes. El columpio chilla tras cada esfuerzo y la estructura de tubos amenaza con desplomarse en cada tambaleo. Aun así, el sonido de sus risas distrae del silencio del parque.

Los juegos se enfrentan unos a otros formando un círculo. Mantienen el equilibrio sobre un océano de arena artificial que los entierra, y en el que las rodillas, al caminar, naufragan hasta ahogarse. Moverse es una aventura y ambos deciden alistarse en una campaña de expedición a un templo del Amazonas para la que hay que atravesar un campo de arenas movedizas antes de llegar a la siguiente prueba.

Así encuentran las anillas: un conjunto de lianas de las que colgarse para pasar al otro lado del profundo precipicio a cuyos pies, unos caimanes de tres metros de largo abren sus fauces a la espera de que cualquiera de los dos caiga. El padre no suelta al hijo a pesar de que sus movimientos estén limitados a utilizar solo una mano. El niño le mira con los ojos brillantes, obnubilado por su fuerza sobrehumana. Sueña con ser como él. Exitosos, continúan el viaje atravesando un puente metálico. Sus pies resbalan sobre la pintura añeja y, temiendo la caída, el mayor carga al pequeño sobre sus hombros. Al principio, cruzan a paso ligero, pero según se van acercando al final las molestias en su espalda son tan insoportable que se ve obligado a bajarle.

-No te separes de mí- ordena-. Y no me sueltes la mano.

Alcanza el final renqueando y con un resoplido. Cuando por fin ambos tocan tierra, el crujido de su columna le hace resoplar. El hijo le toma la delantera y se abalanza al siguiente obstáculo emocionado por la aventura. Mientras, él, le sigue con una sonrisa. Trata de disimular la mano con la que consuela a sus huesos cansados. Sus pasos son cada vez más lentos y la distancia entre ellos cada vez mayor.

Antes de echar a correr, el niño confiaba en que su padre le acompañaba. Ahora, ni siquiera distrae unos segundos la mirada para comprobarlo. Sus pensamientos se condensan en el muro kilométrico que se alza ante él y alcanza las nubes. Allí arriba se encuentra la entrada del templo, la siente cada vez más cerca, y el cosquilleo que arrebata su estómago le obliga a correr cada vez más rápido. De repente, ser el primero en llegar le obsesiona, y quiere hacerlo solo. Extiende las manos para frenar en seco contra la pared de madera y con una sonrisa victoriosa y el pecho henchido se gira en busca de su padre.

-¡Te gané! -exclama.

Es, en ese momento, en el que se da cuenta de que su jefe de expedición ha abandonado el juego. Está sentado en un banco del parque, con la vista fija sobre él y el rostro risueño caído.  

-¡Muy bien, chaval! -dice, levantando los pulgares- Pero vas a tener que seguir solo. Papá está que no se tiene.

La confesión viene acompañada de una carcajada que hace que el pequeño frunza el ceño.

-No te preocupes -continua el padre-. No voy a perderte de vista. Además, ya no me necesitas, créeme.

Agita las manos instándole a seguir adelante y él, que ya no está tan seguro de querer subir hasta el templo solo, mira con recelo la pared. En su garganta se asienta el desconcierto. “Pero si eres un súper explorador…”, piensa. Quiere reprocharle que esté cansado, que se haya quedado sin fuerzas. “Y cómo voy a hacer esto yo ahora”. Duda durante unos segundos, pero tras un nuevo mensaje de ánimo, respira profundamente y pone la primera mano en uno de los agarres. Le sigue la otra, e impulsándose con todo su cuerpo comienza a trepar por la superficie. A medida que avanza, siente sus brazos y piernas cada vez más fuertes y, renovada su confianza, cualquier pensamiento acerca de su padre queda completamente atrás. De nuevo, el cosquilleo en su estómago. Su barbilla apunta hacia la cumbre, donde está la victoria con su nombre grabado. ‹‹Va a ser todo mío››, se relame pensando en el tesoro millonario que se acaba de imaginar que esconde el templo.

Corona la pared sintiéndose tres veces más alto, más valiente, más mayor. Ya no es el acompañante sino el héroe de la historia, y no duda en avanzar arrastrándose hacia el túnel de la entrada. Allí todo es oscuridad, pero aun así no se detiene. Las sombras le engullen, pero la soberbia silencia al miedo. Y a la prudencia. Sin embargo, atravesar el túnel le está llevando más tiempo del previsto. Ha perdido la cuenta de los minutos y las sombras se hacen cada vez más pesadas sobre sus hombros. ‹‹¿Y si nunca salgo de aquí?››. La soledad le atormenta de nuevo y vuelve a pensar en su padre, que allá fuera aun observa a su hijo jugar entre los columpios con una sonrisa y los pulgares levantados. Pero él no le ve. Piensa en salir, pero ya es tarde. Ha perdido sus pisadas y volver a la entrada es imposible. Su única alternativa es seguir adelante y adentrarse en lo desconocido. Coge aire, ‹‹piensa que eres papá››, se dice, y retoma la marcha.

Cuando por fin ve un destello, siente que han pasado semanas. Va arrastrando los pies, pero a cada paso, la luz es más intensa. Su corazón y sus piernas salen a la carrera persiguiendo los lingotes de oro de su fantasía y justo cuando está a punto de llegar a su destino, se encuentra con el precipicio. Sus talones cavan surcos en la tierra cuando evita la caída al vacío. El tesoro está ahí abajo y parece que lo único que puede hacer es deslizarse. Su pecho sube y baja con violencia, se le ha puesto todo el vello de punta. ‹‹No puedo hacerlo››. El terror le paraliza e, inconscientemente, da un paso atrás. Vuelve a ser un niño.

-¡Vamos, chaval!

La voz de su padre asciende desde las profundidades.

-Vas a conseguirlo, no te pares ahora.

Receloso, asoma la nariz hacia el fondo donde el brillo es tan intenso que se ve obligado a entornar los ojos. Aun así, es imposible ver nada.

-¿Papá?- musita-. Papá no puedo, me da mucho miedo.

-¡No te va a pasar nada!- responde su padre- Estoy aquí, yo te cojo. Solo tienes que sentarte y dejarte escurrir. Confía en mí.

El niño traga saliva y cierra los ojos, no le parece demasiado convincente pero igualmente obedece. ‹‹Papá siempre tiene razón, papá siempre tiene razón››, repite para sí. Clava sus dedos en el borde cuando vuelve a asomarse. Piensa en el tesoro. ‹‹Tiene que ser enorme si brilla tanto…››. Se mordisquea los labios sin llegar a decidirse. Se inclina de nuevo hacia el borde, respira, todo le da vueltas cuando recupera la posición. No puede quedarse ahí más tiempo. Vuelve a cerrar los ojos, todo su cuerpo tiembla, suelta los dedos de uno en uno y sin permitirse pensar, se lanza.

Al sentir la caída en picado, el grito se extiende por todo el parque y, sin embargo, el cosquilleo le alborota una carcajada que le hace levantar los brazos. Resbalando por el tobogán, la luz del tesoro es cada vez más fuerte y justo cuando está a punto de llegar al final, alguien le agarra de las axilas y le eleva hasta el cielo. Vuela como un pájaro, acompañado por los gritos de júbilo que exclama su padre.

-¡Lo has conseguido!- repite, al tiempo que devuelve sus pies a la arena y le ofrece sus cinco dedos para que los choque- Estoy muy orgulloso de ti.

El niño esboza una sonrisa que le ocupa el rostro y, abrazando a su padre, susurra.

-¿Podemos cenar una hamburguesa?

Con una profunda carcajada el mayor asiente.

-Yo creo que te la has ganado.

Y así, padre e hijo culminan la expedición dados de la mano y se marchan del parque de columpios oxidados, donde dejan el eco de sus risas atrás.

Un comentario Agrega el tuyo

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s