CARAMELOS DE LIMÓN por Joiel O.

Imagen de Pinterest. Cucho Alvarado

La única carroza de la Cabalgata en el Estío iniciaría su recorrido en lo alto de la colina. En ella habría una sola chica, pues las otras tres, en el último momento, habían decidido rehusar formar parte de aquella fiesta en su primera edición.

 Noemí se sintió excitada al saber que sería la única en ser vista. Cuando Sebastián le hizo saber que quedaban cinco minutos para comenzar se fue al baño para verse en el espejo por última vez. Antes de salir se quitó las bragas, que eran negras y más bien transparentes; que aquellas bestias disfrutaran cuanto pudieran mientras pudieran. Después echó a correr hasta la simulación de trono y tomó asiento sintiéndose la protagonista de un cuento de hadas censurado. Las autoridades del pueblo le hicieron algunas fotos con sus cámaras de revelado instantáneo y Sebastián arrancó el motor de su tractor.

 Las puertas del liceo se abrieron como las de un parque de atracciones con dinosaurios dentro y la multitud congregada rompió en gritos y aplausos bajo nubes muy oscuras.

 No había niños, por supuesto que no. ¿Qué padres permitirían que sus vástagos asistiesen a algo así? En cambio sí había hombres casados, abuelitos amables, esposas alegres, esposas insatisfechas, esposas curiosas y una infinidad de jóvenes deseosos de recibir su pincelada de amor.

 La banda municipal entonó los primeros acordes de los éxitos del momento, canciones pop que ensalzaban el valor de la amistad, del amor, de la naturaleza. Una pareja de enamorados, en el último momento, prefirió recogerse en un portal y dar la espalda al espectáculo. También ella había decidido que sus bragas sobraban.

 Pronto los balcones de las primeras casas aparecieron, y con ellos los vecinos allí en pie, atentos al paso de la carroza. A ambos lados de la única calle del recorrido se apelotonaban cientos de vecinos. Era verano, de ahí la ligereza de sus ropas, el calor que desprendían sus cuerpos, la necesidad de bebidas frías recorriendo los gaznates.

 ¡Guapa!, ¡diosa!, ¡mi amor! y otras cosas sin imaginación gritaban hombres y mujeres a Noemí, que se puso en pie para recibir los halagos extendiendo las manos como si fueran pequeños sacrificios puestos a sus pies. Adelantó una pierna con todo el descaro del mundo, se giró hacia el lado de donde procedían los gritos más desgarrados y entonces ¡ups!, una corriente de aire procedente de la calle paralela le alzó el vestido de seda dejando a la vista su ausencia de bragas. Llevó una mano al saco más próximo, asió un puñado de caramelos de limón sin envolver y de ahí a su boca en luna creciente. Los chupó hábilmente,  puesta su mirada en todos para hacerlos sentir especiales, únicos. Los escupió a la otra mano entre hilos de saliva para lanzarlos a los asistentes, como con desprecio.

 Un sinfín de manos se elevaron como plegarias y los caramelos pegajosos se dispersaron entre ellas. Hubo algún que otro tumulto pero la policía siguió cruzada de brazos, tenían orden de no actuar salvo en casos de extrema gravedad. Era evidente que aquellos hombres de uniforme lamentaban no poder participar de los labios de Noemí.

 Al final de la calle, del recorrido mismo, una masa de salvajes derribaba la barrera que los contenía como fieras enjauladas. Gritos eufóricos rompieron la noche iluminada en dos y Noemí, al verlos avanzando igual que aguas de una presa descontrolada, supo sin duda que los sacos con los caramelos serían de ellos. Agarró otro puñado, los lamió un instante para después lanzarlos al aire, apenas destellos dorados derramándose entre padres y madres, amantes, viudos y descreídos de la pasión. Los salvajes descontrolados y el resto del gentío pugnaron por ellos. Hubo empujones, puñetazos, y los miembros de la banda municipal se dispersaron antes de acabar la interpretación de la tercera canción como si los leones del circo se hubieran escapado mostrándose hambrientos.

 Se detuvo la carroza tras un chirrido que se elevó por encima del clamor. Viendo que el motor se negaba a responder los imperativos del tractorista, Noemí se sentó en el borde de la carroza decorada con flores arrancadas aquella misma mañana. Quedaron sus pies al alcance de quienes llevaban horas esperando en primera fila y fueron dos chicas jóvenes, una enfermera y una coleccionista de libros, quienes no desaprovecharon la oportunidad, cubriéndolos de besos que habrían deseado poder escalar hasta parajes más cálidos. Reía Noemí como una ninfa en primavera, diciendo que le hacían cosquillas pero suplicando en voz queda que no parasen, por favor. Empezó a llover, el agua resbalaba por sus muslos, ahora desnudos por culpa de los jirones de tela rasgada. Con el último estertor del motor que tiraba de la carroza uno de los sacos con caramelos se precipitó y los que no atravesaron la alcantarilla fueron atrapados al vuelo. Al no haber disfrutado de los labios de Noemí sólo eran caramelos de limón sin ninguna cualidad mágica, apenas azúcar fundido con algo de sabor. Esto no bastó para que el carruaje volcase y la fiesta alcanzara su abrupto final.

 Los labios de Noemí y las otras chicas, las que habían decidido no participar de aquella orgía veraniega decidida a última hora tras votación popular con resultado de 300 a 3, poseían una cualidad mágica: sus besos eran la felicidad sin límites, la esperanza que no atiende a razones, una palabra cuya hermosa definición escapaba a cualquier diccionario o manual oriental, por eso los caramelos que Noemí lamía eran tan deseados por quienes llevaban años viéndola sonreír a todas horas, salvo cuando lloraba encerrada en su habitación con un cúter en la mano, ansiando no ser así, incapaz de escapar de aquel lugar maldito donde todos deseaban lo único que ella estaba dispuesta a regalar siempre.

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