CÍCLOPE por Luisa Gómez

Imagen de johanpotma.com

Desde los dos años llevo un solo ojo. Fue algo simple; un tumor, no había otra opción, la decisión de mis padres fue rápida: Un ojo a cambio de la vida. Supongo que la variación en la perspectiva tuvo que ser dura para mi corta edad, pero en todo caso veía muy mal por el que tuve que perder y los dolores de cabeza, según cuenta mi abuela, eran muy fuertes.

Me acostumbré pronto a mi mirada ciclópea. Me gustaba ponerme ante el espejo y ver la quietud de mi bola de cristal, siempre hacia el frente, inamovible, resistente a los movimientos del resto de mi cuerpo; ella nunca me permitía bajar la mirada aunque el resto de mis órganos se arrugaran de vez en cuando.

Hacía los diez años, -lo recuerdo bien, ese año mis papás me habían regalado un telescopio fabuloso con el que me adentraba en el universo que me rodeaba- empecé a escuchar unos ruidos extraños, en las noches especialmente, sonidos que identificaba como provenientes del armario de mi habitación. Sí, había tenido mis terrores nocturnos, ¡claro!, aún quedaba algo de eso, pero esto era diferente. Yo quedaba petrificado en la cama, hasta rendirme y caer dormido. Una noche, decidí no meterme bajo las cobijas; apagué la luz y me quedé acuclillado en un rincón, contra la madera oscura del ropero. Ya no sólo era el oído, sentía las vibraciones contra mis costillas, en mi brazo. Abrir la puerta dejaría en libertad lo que quiera que estaba viviendo entre mis zapatos y chaquetas. Era un mueble viejo, de los que tienen espejo en una puerta y en la otra, madera fuerte y pesada. Entonces, sin apenas hacer ruido, cogí mi linterna pequeña, la negra, y busqué el agujero de la llave antigua que cerraba la puerta del guardarropa; atravesaba de un lado a otro y con el reflejo de la luz que despedía mi lamparilla, vi ante mis ojos -perdón, ante mi ojo- cerca de treinta seres pequeñitos que se movían de un lado a otro.

Eran humanos de unos cuatro centímetros: Los niños -lo supuse por su rostro más liso y las actividades que llevaban a cabo- medían dos centímetros, máximo dos y medio, y se tiraban moticas que encontraban regadas por el suelo, corriendo de un lado a otro. Las mujeres limpiaban; a mamá le hubiera encantado verlas: brillaban mis zapatos, empañaban la punta con su aliento y luego fregaban una y otra vez con trapitos más pequeños que una uña nuestra. Los hombres en cambio, se unían en grupos, batallones de trabajo, y trasladaban -con mucho esfuerzo- medias, papeles regados, trozos de tierra que seguramente yo había arrastrado en las suelas de las botas. No lograba escuchar lo que decían, veía sus bocas que se movían, pero los sonidos no llegaban hasta mí.

Tal vez fue media hora, es posible que haya sido más, una hora, no sé; estuve allí parado, con mi ojo pegado al cerrojo. De pronto, uno de los hombres que acababa de descargar un trozo de goma de mascar -antes pegado a uno de los tennis del colegio-, poniendo su bracito en jarra, levantó su cara mientras se limpiaba el sudor, y entonces, en ese instante, nuestras miradas se cruzaron, se fijaron, su dos ojos y mi ojo se anclaron, hasta un momento después en que otro hombre tocó su espalda y con la ruptura de ese hilo que nos unía, yo me eché atrás, asustado; me recosté en la puerta de la cómoda, contra el espejo, jadeando. Respiré profundo y volví a la mirilla.

Ahora todos: hombres, mujeres y niños, algunos haciendo visera con la mano, otros con los más chiquitos sobre los hombros, todos -sin excepción- miraban hacia arriba y señalaban con su dedos hacía mí. Me contraje de nuevo. El silencio era total.

Después de unos cuantos minutos, no más de cinco o siete -lo sé porque contaba mis respiraciones profundas y llegué casi a cien muy lentas-, empecé a oír movimiento de nuevo, algo arrastraban, golpecitos quedos como escarabajos caminando sobre carbón, muchas paticas rastrillándose de un lado a otro. Volví entonces al agujero, ya sin mi lámpara. Algunos llevaban en sus manos una especie de vela, algo similar a un cumulo de escarcha brillante que me permitía seguir sus figuras con cierta claridad. Ahora hacían una especie de danza: los hombres, todos, cogidos de las manos en un círculo, dentro del que estaban las mujeres, también tomadas de la mano, moviéndose hacía el lado contrario al que lo hacían los caballeros. Los niños mientras tanto, sentados en la madera del suelo, movían sus labios de la misma forma -lo que me hizo suponer que soltaban cantos o rezos, frases iguales en todo caso- y elevaban y bajaban sus brazos de manera sincronizada. Ahora una mujer se fijaba en mí, soltaba sus manos de las otras y señalaba hacía el lugar en que yo estaba. Me retiré de nuevo.

Entonces comencé a escuchar más fuerte las pisadas, rítmicas, como taconazos enérgicos. Me asomé y todos se arrodillaron al verme, hacían reverencias a mi ojo, al agujero en que estaba mi ojo, a mí que era puro ojo. Me quedé allí viendo, fascinado. En un momento, todos al tiempo, dejaron de subir y bajar sus brazos para quedarse arrodillados, con la cara pegada al piso, los brazos extendidos. Entonces dos hombres y dos mujeres, se levantaron de entre el resto y fueron caminando lentamente hacia la puerta en que yo me sostenía; quedé petrificado, no pude moverme, solo mi ojo los seguía; y entonces, fue ahí, cuando advertí que había un niño acostado sobre una media mía de deporte, la media bien doblada, blanca, y sobre ella el niño sonriente, mirando a los adultos que se le acercaban. Los mayores rodearon al niño, se agacharon sobre el cuerpo pequeñito, nadie se movía en la sala -quiero decir, en el armario. Al levantarse y quedar al descubierto el más pequeño, advertí la cara sonriente del niño, ahora manchada de escarlata; a la vista la cuenca vacía de uno de sus ojos. A su lado una mujer sostenía entre sus manos -con los brazos estirados hacía mi ojo, bajando su cabeza y encorvando un poco la espalda- la bolita miniatura, el pedacito de niño que brillaba, un destello azulado, el resplandor de una mirada que se esparcía por el armario, que se agarraba a mi pupila, dejándome cautivo de su visión.

ellaviografia.wordpress.com

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