LOMO BIEN ASADO por Luisa Gómez

Miguel Macaya

Lo último que había visto era su sonrisa, la de siempre acompañada por los ojos bien abiertos y la voz suave. Sin saber cómo, unos minutos después, cuando de nuevo lo tuvo al lado, sirviendo el lomo jugoso del almuerzo, su mirada fue de nuevo dura y fría, mirada metálica que raspa y chirrea en los ojos que la miran.

—Yo lo hago —le había dicho secamente cuando ella quiso ponerle su trozo en el plato.

Un corrientazo le atravesó las vísceras, sintió el desplome de sus brazos, el taco en la garganta que impedía que ella respirara bien, la incertidumbre por la causa del cambio de humor. De nuevo, ella, otra vez ella, qué torpeza había cometido, qué palabra impertinente, qué gesto fuera de lugar habría percibido él, que la condenaba de nuevo a la distancia, que la dejaba vencida tras una batalla a la que no le advirtió comienzo. Mientras sirve su plato y los de los niños, repasa uno a uno los momentos que precedieron a este: las palabras que usó, los tonos con que las dijo; tal vez fue la rapidez con que lo llamó a la mesa, sería el menú del almuerzo, su risa en la llamada que hizo a su madre…

Tomó su plato, se sentó a la mesa sin esperarlo, bajó la mirada hacia su carne que ahora le parecía seca, pasada de punto. Miró a los niños que se peleaban por un cubierto.

—¿Te corto la carne? —le preguntó al mayor, tratando de desenredar la voz, procurando que los pequeños no advirtieran la tensión.

—¡Yo ya sé! —contestó el niño, ensartando el trozo completo en el tenedor, pasando una y otra vez el filo del cuchillo, tratando de separar un pedazo que se veía grande… tendría que cortarlo en tiras más pequeñas.

Cortó un cachito para ella, de su propio plato, sintió que los ojos se le aguaban, pasó saliva antes de empezar a masticar y lo sintió sentarse a su lado sin mirarla. Un bloque gigante se aposaba en la silla contigua, una mancha negra que la dejaba reducida a nada, sin aire. El dolor de cabeza vino de nuevo.

Los cuatro en silencio, cada uno fijo en su plato. El niño forcejeando con el cuchillo dejaba resbalar los granos de arroz fuera del plato, al intentar recogerlos con los dedos, los espichaba contra el mantel de cuadros azules. La niña, sentada sobre su pierna enroscada en la silla, ni siquiera notaba las gotas de sopa verde que iban cayendo en los cuadraditos azules. El hombre comía bocados grandes, masticaba con fuerza, se escuchaba el desgarre de los trozos de carne, la maceración que reducía a nada lo que llegaba a su boca. La mujer, en cambio, comía con lentitud, como sin ganas, no había sonidos, solo los huesos de su mandíbula que sobresalían rítmicamente haciendo suponer que algún trozo mascaba, rumiaba algo que bien podrían ser sus propias muelas que se cerraban sobre sí mismas.

El hombre termina, se pasa la servilleta de tela por la boca y sin decir nada se pone de pie y se aleja por el corredor que lleva al estudio. El cuerpo se ha ido pero la sombra negra se ha quedado allí, en la mesa, a su lado, oprimiéndole el pecho, estrangulándole el cuello; quiere llorar, quiere lanzarse al suelo y llorar. Los niños están ahí; respira, se limpia los ojos con la servilleta.

—¿Por qué lloras, ma? —le dice la niña, desde la distancia de su silla que cada vez ha ido empujando más lejos de la mesa.

—No lloro, amor, me mordí el cachete masticando… —le dice, mientras la mira y estira la mano para acariciarle un poco la frente— Come, linda, termina la sopa y puedes pararte.

—Ya terminé la carne, ma, ¿me puedo ir? —le dice el niño ya poniéndose de pie.

—No, gordo, come algo de ensalada y te puedes ir.

Cada uno cumple con la labor encomendada y se para de la mesa. Está sola. Los cuatro platos la miran: el de su marido vacío, los de los niños a medio terminar, el mantel sucio, las servilletas con manchones, vasos de jugo con la paredes viscosas -la guayaba ha dejado sus restos adheridos al vidrio. Deja que salgan dos lágrimas densas, pesadas, y algo alcanza a destaparse en la garganta. En su plato aún hay medio lomo, no ha probado el arroz y sólo ha sacado el tomate de la ensalada; no quiere comer. Levanta los platos, va poniendo los restos de todos en el que fue su plato, lo deja arriba de los otros… ella siempre llevando los desechos, viendo qué hace con ellos, asistiendo a la pérdida de lo que ofrece y otros no quieren. Ante el lavaplatos la realidad se esfuma: apenas escucha el agua que corre y toma la esponja con jabón, el dolor se le convierte en rabia; un diálogo fantasma retoma el instante en que ella intentaba poner el lomo en la bandeja del marido.

«Yo lo hago», le había dicho él con su mirada oscura y voz de hielo.

¡Será lo único que haces! ¡Tu no sabes ni poner el lomo en la sartén! —Su propia voz retumba contra las paredes de su cráneo mientras restriega con fuerza el plato del niño haciendo que la grasa de la carne se deshaga en la esponja— Porque aquí la que pone el lomo siempre soy yo. La que pone el lomo, la que pone la mejilla, la que pone la otra, la que se aguanta, la que se calla… ¡A mirar mal a tu madre, malnacido! Porque la culpa es de ella que te aguantó la grosería y la pendejada —Vuelve a poner jabón a la esponja, restriega una y otra vez el plato de la niña, lo enjuaga y vuelve a enjabonarlo, aunque esté limpio— ¡Un día de estos te agarro ese lomo y te lo acabo a cuchillo y tenedor, desgraciado —Y pasa con fuerza el filo del cuchillo contra el estropajo, mientras las lágrimas escurren por su cara y las va limpiando con el antebrazo.

Termina con la loza, cierra la llave. Se suena la nariz con una de las servilletas que lleva a la lavadora. Prende la cafetera, recostada contra el mesón espera a que esté listo; vuelve a la marca que dejó la mirada de él, otra vez un par de lágrimas: «¡malnacido! nunca sé por qué… porque sí, por si acaso, porque toca mirar mal a la misma pendeja de siempre…», se seca los ojos, respira profundo. Sirve dos tazas de café, deja una sobre el mesón, pone platico a la otra, un par de galletas de chocolate. Camina despacio, con cuidado de no regar; da dos golpecitos suaves en la puerta del estudio que está abierta.

—Te traigo café, Dani —dice con voz suave.

—Déjamelo aquí —le responde él, señalando la mesita al lado del sillón en el que está sentado.

Ella se acerca, deja con cuidado el plato en la mesa, da media vuelta para salir.

—¡Y no hay beso? —Escucha la voz de él a sus espaldas.

Se devuelve, lo abraza y le da un beso suave en los labios.

ellaviografia.wordpress.com

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