PALMAS PALMITAS por Maya Caravella Castillo

Capítulo 2: La calle 24

Imagen de Mizobuchji Miho

En la calle 24 se han vengado. Y yace

un cuerpo asesinado.

Las sombras atestiguan el acto cometido en un callejón a oscuras que se encierra entre los edificios de ladrillo sucio. Iluminada por una farola que parpadea, una anciana con un pie descalzo llora. Mece entre sus brazos la pérdida. La punta está sucia, se ha doblado, y a la piel se le pegan restos de sangre y pelo. A su lado, la venganza se materializa inerte sobre el empedrado con una huella homicida serigrafiada en el estómago.

Los zapatos en fila. ¡Soldados! Firmes y en formación. Hay que pasar

revista. Que ninguno se adelante, las puntas juntas y ninguna torcida.

Uno, dos, tres, cuatro. No hay ausencias a excepción de los que

cumplen su deber en mis pies. No se puede ir descalzo, las plantas se

ensucian. Aquí no hay suciedad. La piel brilla. Brillo de madera

barnizada. Cuatro horas puliendo. No hay polvo ni rastro de la mugre

del callejón.

Allí huele a pescado y van los gatos. Rompen las bolsas,

arrastran los restos putrefactos. Se alimentan de carroña humana, se

restriegan contra ella. El pis marca su territorio. Están fuera. Aquí

dentro se está seguro. Todo está limpio. Los zapatos están limpios.

Cuatro horas puliendo. No hay polvo. La piel brilla. La punta está

intacta. No hay roces ni manchas. Los zapatos en fila.

La noticia salta los tejados sin ser vista. Silenciosa y ágil, ataja por los balcones y trepa por las cañerías hasta llegar a sus oídos. El silencio es el emisario de la calle 24 que ante ellos se confiesa. “Una vieja mató un gato”. Los ojos amarillos despiertan, afilan las pupilas. Estiran las vértebras al levantarse. Líquidos como serpientes acuden a la llamada en los callejones, salen de todas partes para honrar a su hermano. Abandonan los bajos fondos de los cubos de basura y las alcantarillas, saltan de los huecos entre las paredes. Como las pulgas que montan sobre ellos, se multiplican. Se han hecho con la ciudad y claman venganza.

La hoja de la ventana estaba abierta. Las cortinas me alertan del

intruso. Marcas de pezuñas por el suelo. Se ha colado dentro. Las

huellas de barro pringan el suelo como cucarachas pisoteadas. Me

froto las manos contra la tela de mi vestido que está limpio. Giro

sobre mí misma. No controlo mis dedos, no sé dónde tocar.

Suciedad, sucio. Dentro. Le busco. No está. Están sus pisadas que

manchan lo de aquí dentro. Contaminan en línea recta. Van al

zapatero.

Maúllan a la Luna su misa de réquiem. “Vieja de zapatos afilados, llora”, entonan a coro. “Llora a la punta ensangrentada que ha matado a nuestro hermano”. Ella alumbra el camino, alarga sus sombras. Miden cinco metros, devoran los edificios que desaparecen a su paso. La legión procesionaria viste de luto y esconde los cuchillos entre sus manos suaves. Marchan en manada, pero sus pasos no hacen ruido. Rastrean el llanto a través de la calle 23. Cada vez están más cerca.

Madera acuchillada. Saltan las astillas. Se ha ensañado con la

puerta que ahora está entreabierta. El horror se esconde dentro.

Dentro del zapatero. Me mareo al pensar. Los zapatos deben estar

pulcros. Mis dedos vacilan, no pueden tocar. Los guantes de la

cocina me protegen hasta el codo. Cuento tres. La caja de Pandora

libera las pesadillas. Se relame los bigotes manchados de tripas.

Dilata las pupilas, su cuerpo se cubre de aguijones en punta. Salta

sobre mí. Navajazos en mi cara. La sangre escurre caliente, me

mancha. Cuento las gotas mientras se va hacia la ventana. Se

disuelven en el suelo que ahora está sucio pero la sangre es mía.

Es de dentro. Está limpia. En el zapatero los soldados se

desordenan aplastados. Colchón para el diablo. No puedo tocar.

Se ha meado dentro. Hay barro, peste a pescado. La suciedad está

dentro. Mi cara chorrea, se derrite sobre mis manos protegidas

por los guantes. Acuno los cadáveres que están contaminados y

ahora huelen mal. Mi sangre los mancha, se mezcla con el barro.

Debo darles sepultura. Mis ojos se disuelven sobre la piel de los

zapatos que lloran la mugre. El maullido bestial se burla a mi

espalda. Me mira. Sucio. Le miro. El diablo sonríe y sale por la

ventana. Asesino cobarde, dónde vas. Me arde la cara y mi

corazón va a estallar. Están sucios y huelen mal. Piel mordida y

chupada. La punta doblada que intento enderezar se resiste. Se

han contaminado. Acepto su derrota y abandono los cuerpos. Caen

sobre la madera con un ruido seco. Llego a la calle y la peste me

marea. Busco al demonio, dónde estará. Olfateo la mugre. Mugre

que chorrea por las paredes donde se mean. Un tsunami de restos

inunda los alrededores de las papeleras. Arrugo la nariz y huelo.

Me agarro el vestido limpio, no voy a tocar. Pescado podrido en el

callejón. Identificar la infamia me guía hasta el monstruo que

hunde la cabeza en una bolsa rota. Se le manchan las patas y el

morro. Las patas que estaban sobre mis zapatos. Se relamía dentro

de la madera pulida y brillante. Barro y tripas allí dentro. Ya no

está limpio. Yo estoy fuera, sucia. Sucia, mugrienta, asquerosa.

También acepto mi derrota. Un pie frío contra el asfalto y el

zapato en mi mano. ¡Último soldado impoluto! Por tus hermanos,

a las armas. Punta afilada golpea, tacón que se clava. El maullido

atraviesa mis oídos, los ojos amarillos se apagan. Lanzo la suela

contra el lomo. Salta la sangre. Sangre de dentro que está limpia.

Cubre el cuerpo peludo y sucio sobre la piedra. Tengo un pie frío,

la punta se ha doblado, la piel no brilla. Abrazo el cuerpo

sacrificado al caer de rodillas. Mis ojos se deshacen cumplida la

venganza.

La comparsa dobla la esquina de la calle en la que nadie quiere estar, pero hacia la que todos miran. Las ventanas de los edificios están iluminadas, las cortinas indiscretas esconden la curiosidad. Tiemblan al escuchar la elegía de maullidos agudos que rasgan el cielo. Quiebran sus gargantas desconsoladas por El Caído al tiempo que avanzan, jueces del desagravio, para dictar sentencia. Encuentran a la anciana en el callejón acompañada del cuerpo desvencijado. Abrazando el arma homicida ella misma se condena. Sacan las uñas, las afilan con el roce contra el empedrado hasta que brillan recién pulidas. La centuria enmudece, solo se escucha el llanto. El tiempo se para en el callejón y ellos aprovechan para tomar impulso. La Luna les bendice cuando se lanzan. Los zarpazos de sangre manchan la acera sucia.

En la calle 24 se han vengado. Y yacen

dos cuerpos asesinados.

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