SERVIDOR DE SAINT GERMAIN por Joiel O.

Imagen de Agnes Nys

El conde de Saint Germain regresa a nuestro mundo cada vez que se va a escribir un nuevo capítulo en el Gran Libro de Historia; más o menos eso es lo que cuenta la leyenda. Lo cierto es que ha estado presente en multitud de grandes momentos y que en los últimos siglos ha estado más activo que nunca. Hay menciones que lo sitúan hasta en tiempos de Jesucristo, con quien compartió vino, mantel y según dicen, ciertas confidencias en torno a una tal María Magdalena. Lo que pocos saben es que no regresa solo, pues lo hace acompañado de su sirviente Ravivé, un hombre afable de naturaleza enamoradiza. Quizás no merezca un millón de canciones pero sí cien grafitis.

 A él debe el conde la elegancia de la que hace gala, capaz de embelesar a cortesanas, marquesas, monjas y universitarias por igual.

Ravivé es un hombre entregado a su quehacer, tanto da confeccionar un traje con hilos de oro, elaborar un elixir que diluya las penas y nuble la razón, conseguir dos pizzas al precio de una o cepillarle los dientes al cocodrilo disgustado de un amigo del conde. Si es preciso viajar hasta América para adquirir sanguijuelas de la risa tomará prestada una embarcación de lujo y se hará a los mares bajo bandera pirata. Así fue como conoció a la chica de la isla desierta. Singular era su belleza, con los cabellos del color de una hoguera en las noches de San Juan. Fue el de ellos un amor fugaz y se enamoraron aun antes de verse, pues él gritaba que se ahogaba tras ser atacado por tiburones; vaya voz tan portentosa, pensó la isleña al escucharle. Convenció a los escualos para que no le hincaran el diente y él se lo agradeció con un masaje que tuvo varios finales felices.

 Mucho antes, en algún momento del siglo III, pagó con los diamantes que su señor le había entregado el precio de una esclava de origen tracio en un mercado a las afueras de Roma, cuando el mundo era sucio y brutal, sin conexión a internet. No hubo besos ni miradas de las que derriten el hielo. Fue una breve historia de amor que duró poco más de treinta minutos en silencio, pues no se entendieron fuera del lecho.

 Cuando se firmó la famosa paz de Versalles reapareció junto a su apreciado señor, interesado en el estudio de aquellos documentos refrendados por tantísimos países. Como al sirviente tales asuntos le resultaban ajenos decidió emplear su tiempo en recorrer las calles de la ciudad, donde conoció a una vendedora de cerillas que supo resucitar su fuego. Se enamoraron perdidamente y huyeron a las afueras, hasta un bosque habitado por lobos y otras criaturas salvajes. Jodieron como si la vida les fuese en cada movimiento desesperado y al cuarto día Ravivé regresó junto al conde tras entregar un tercio de su alma a la muchacha en señal de agradecimiento. Quedó desde entonces sin alma, pues ya antes había obrado de igual forma con una bruja argentina y la esposa de un herrero en Dinamarca.

 La muchacha fácil de olvidar entró en el cine alemán con un periódico doblado bajo el brazo y de igual forma salió del mismo. Entre ambas acciones apenas habían pasado diez minutos, insuficientes para ver una sesión doble, y el periódico había perdido volumen. No fue el sirviente de Saint Germain el único en seguir sus pasos por los callejones de Berlín, más bien fue la sombra de otra sombra, más peligrosa y decidida. Un hombre de aspecto anodino y rostro fácil de olvidar sacó una pistola del bolsillo de su gabardina, la amartilló con el cuajo de los veteranos y justo cuando se disponía a apretar el gatillo un cuchillo que había vivido en siglos más interesantes se lo impidió. Lo siguiente que supo el hombre fue que le habían encontrado en un callejón con los bolsillos vacíos.

 Cuando la informadora reparó en su salvador hizo un gesto que no fue correspondido. Entendió que no era un aliado pero tampoco un enemigo. Se besaron mientras llovía, bajo la luz de una farola triste al final de una calle de nombre impronunciable. Algunos días después se iniciaba una guerra en la que morirían más de cincuenta millones de personas. Para entonces la mujer ya estaba en otro país, sola y melancólica.

 Cambió el milenio.

 Ravivé visitó un país en guerra donde las bombas caían cada hora en punto y tras tropezarse con una mujer que ilustraba la tragedia con su mirada decidió que allá se quedaban el conde y la misión de conseguirle un gorro de gnomo auténtico. Se acercó hasta ella, le pidió la mano y Mariah le entregó las dos, pues apenas podía tenerse en pie tras pasar tres noches escondida en una buhardilla donde las ratas eran cómplices, aguardando a que la puerta se abriera envuelta en gritos.

 Volvieron a verlos años más tarde, cogidos de la mano, paseando sobre la orilla del mar. Él había aprendido a envejecer, ella no había tenido que practicar para ello, pero lo hacía con la elegancia de quienes dan a los años sabiduría y comprensión. Las huellas que dejaban sus pies parecían pinturas expresionistas, y cuando la mirada del hipotético espectador se elevaba encontraba unas piernas hermosas con un recuerdo de guerra en forma de zigzag acabado en interrogación. La única ocasión en la que Mariah hizo llorar al hombre de las muchas vidas fue durante su entierro. No hay finales felices para quienes siempre tienen el tintero en uso.

 Hay muchas más historias de amor que contar, pues el sirviente fue librado de su vasallaje en algún momento y nunca fue dado a la vida contemplativa. Aún hoy se le puede ver, de vez en cuando, ya muy viejo y cansado, dedicando largas miradas y suspiros a una fotografía en blanco y negro donde se le vez feliz y en compañía. Hace unos días salvó la vida de una joven del este y la de sus hermanos pequeños. Los condujo hasta un castillo a lomos de un caballo negro y hasta los fantasmas que habitaban el lugar tuvieron que ocultarse bajo las almohadas para no escuchar cierto festival de susurros y gemidos. Pronto el conde de Saint Germain regresará de entre las leyendas para ofrecerle una aventura y entonces tendrá que decir adiós a su joven enamorada.

nebuloverso.wordpress.com

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