VACACIONES EXTENDIDAS por Catalina Bravo Odz

Segunda Parte: Y la llamaron Marina

En la suite 203 está todo organizado para el gran festejo. Hay suficiente leña como para poder mantener la estufa prendida durante varias horas y calentar agua en una tetera de tamaño generoso. Hay unas sábanas de lino que alguna vez fueron blancas, suaves y perfumadas cubriendo el piso de madera de caoba con diseño de espiga que la pareja solo había descubierto cuando removieron las alfombras llenas de costras de comida, barro y cuanta cosa habían arrastrado sus pies.

Samuel se ha tomado muy en serio el rol que le había encomendado la doula durante las últimas semanas. Ha conseguido toallas limpias, compresas hechas de gasa, jarrones de distintos tamaños e incluso los productos necesarios para hacer una limpieza profunda de cada rincón de la habitación.

La bañera de hidromasaje ubicada junto al ventanal que da a una exclusiva panorámica del mar, finalmente ha vuelto a brillar. El amplio espacio de la habitación del hotel no se había visto tan ordenado y pulcro desde que habían puesto su primer pie justo un año atrás. Esto le da a Mila cierto placer que le provoca una risita involuntaria, mientras juega con su ombligo abultado. La futura madre está más calmada de lo que creía que iría a estar cuando llegara el momento de tener al bebé. Las contracciones van y vienen, aunque no con demasiada frecuencia, todavía son bastante soportables. Se lava una vez más el entre piernas con el agua que han guardado en las jarras y mira el reloj de pared. Han pasado cerca de dos horas desde que salió Samuel a buscarlas y sigue bajando el líquido amniótico. Mila observa sus pies hinchados, todavía acariciando la panza. Se sienta sobre la mecedora cerrando los ojos, imaginando unas huellas pequeñas en la arena que van siguiendo las suyas. La puerta al fin se abre, a la vez que una contracción más fuerte la hace por primera vez retorcerse del dolor.

Una ola enorme choca contra las rocas. Los cuatro espectadores se voltean a mirar con ojos de tarseros; el océano los ha dejado enmudecidos. Mila se recuesta sobre el suelo en posición fetal intentando calmar el dolor que ha comenzado a sentir un poco más punzante. La estudiante de medicina se hinca a su lado para tomarle la mano y, en un susurro, la instruye con algunos ejercicios de respiración que empiezan a practicar en conjunto. La doula por su parte sumerge unos paños en agua tibia y le hace unos masajes en la espalda baja para ayudarla a tolerar las contracciones. La futura madre se entrega al proceso sin prestar resistencia, confiando plenamente en sus «amigas». Una palabra de la cual se ha aferrado con desesperación durante aquel año de tanta incertidumbre en la isla.

Samuel las observa sin pestañear desde una esquina, atento a cualquier instrucción. No se quiere perder ninguna milésima de segundo de este espectáculo, del cual también es uno de los protagonistas. Trae consigo una mirada nueva, pero Mila sabe que es una mirada con… ¿amor? Un ser mucho más bondadoso del que conocía se está anidando ahí dentro. Una persona más preocupada de los detalles e incluso hasta intuitiva. Además de mantener el agua a buena temperatura, ha buscado las flores más exóticas de la selva para decorar la tina, agregándole a esta pócima aceites esenciales y yerbas medicinales para calmar los calambres. Mila está completamente enamorada de este hombre que siempre se había mostrado medio escéptico a estas cosas, pero que sí ha logrado sorprenderla con esta nueva faceta.

En una de las primeras expediciones a la aldea, Samuel se había encontrado llegando al lugar con una mujer que estaba teniendo graves complicaciones con su embarazo. Las contracciones habían llegado mucho antes del término, estaba perdiendo sangre y aullaba empapada en llantos. El marido había tenido que correr a pedir ayuda, dejándola sola con un niño pequeño que apenas caminaba y este forastero que se había aparecido por primera vez en su camino. Samuel se había sentido en la obligación de asistirla como pudiera, a pesar de la barrera idiomática y de sus escasos conocimientos sobre medicina.

Había aprendido en un programa de televisión una técnica para voltear a un bebé, aunque nunca se imaginó que le pudiera ser de utilidad, ni mucho menos que recordaría cómo hacerlo. Estaba en eso cuando apareció la curandera de la aldea, quien le dio algo de beber a la chica que hizo que a los pocos minutos cesaran los lamentos. Aprendió ahí que estas yerbas ayudaban a calmar los dolores del trabajo de preparto y, como si se tratara del destino, una anciana de piel muy arrugada se las había regalado como ofrenda por haberle salvado la vida a su bisnieta. El misionario las había aceptado encantado, como quien recibe el primer sueldo de un trabajo nuevo o el trofeo de una competencia importante, aunque en realidad no creía que jamás las fuera a usar. Fue cuando limpiaba la habitación que encontró el paño de colores en el que estaban envueltas. La doula se había mostrado muy sorprendida al ver el bordado de su tribu, mencionándoles además que era muy difícil encontrar esa yerba en la selva y que los aldeanos la protegían casi tanto como atesoraban en la antigüedad el cacao.

Samuel sumerge otro poco de la yerba milagrosa en el agua. La doula recita unos mantras mientras masajea los hombros de Mila, quien cierra los ojos para lidiar con uno de los dolores más desgarradores que ha sentido durante toda la noche, o más bien durante toda su vida. La imagen de su madre se le viene a la mente una vez más, ¡cómo quisiera ella que sus dedos tullidos estuvieran tomándola por sus manos pecosas! ¡Cómo quisiera oírla decir con su voz ronca —aunque siempre en un tono dulce— que todo saldría bien!

Una suave música instrumental proveniente desde el exterior se comienza a oír en el ambiente. Un conjunto compuesto por una guitarra, un ukelele y una kalimba ayudan a que Mila libere por un instante su mente, dejando que ésta entre en un trance profundo. La treintañera se pierde por unos segundos con esta melodía que recitan sus vecinos especialmente para sus oídos, surtida entre el sonido de las olas del mar, con el aroma de la lavanda, las sales de mar y el de la transpiración de sus cuerpos, que se confunde además con el olor a humedad que ha quedado impregnada en todas sus ropas.

Las piernas se sacuden involuntariamente bajo el agua, mientras que sus brazos se encuentran al borde de la tina con los de su marido, haciéndole de ancla. Una ceremonia de chillidos y gritos en tonos que oscilan de agudos a graves salen de sus labios vigorosos. Samuel se siente en éxtasis, no puede creer lo que está pasando. Su mujer parece que estuviera poseída por algo grandioso; siente una completa admiración por su valentía y por lo fuerte que se demuestra a pesar del dolor. Sabe que le duele porque la ve gritar, pero a su vez también su piel y sus ojos brillan de una manera especial, por lo que intuye que algo de goce hay entre todo ese… ¿sufrimiento?

—…Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… —susurra Mila con una sonrisa y algunas lágrimas—. ¡Diez!… Diez dedos de las manos y diez en los pies. Samuel, ¡nuestra hija es maravillosa! Estoy agotada, pero te juro que lo haría mil veces de nuevo, ¡La amo!… —dice mientras la acomoda en su pecho—. No puedo parar de mirarte, Marina. ¡Me encantas! No cambiaría este momento por nada de nada en el mundo…

—¿Puedo tomarla, mi amor? —pregunta Samuel con los ojos empañados.

—Eeeh… sí, claro, amor. Con cuidado… —dice Mila mientras le arregla las mantas que la envuelven y la vuelve a apretar fuertemente contra su pecho. 

—Es perfecta —dice Samuel mirando de reojo a Mila—. ¡Si eres lejos lo más lindo que he visto en mi vida! — agrega dirigiéndose con una sonrisa a la pequeña mientras juega con los dedos de su pie.

El reloj de pared da las 12. Es medianoche; es un nuevo día; es otro año; otra etapa. Una vida que recién comienza. Otros pies que caminarán descalzos por el piso de madera de caoba.

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