ALMAS PERDIDAS por Joiel O.

La casa estaba encantada y las tuberías parecían un bombardero cuando hacía viento. Rondaban sombras en la noche. Una de ellas pertenecía a un fantasma.

 Laura abrió la puerta principal de su nuevo hogar con las llaves que su nuevo vecino guardaba para ella y encontró un espacioso vestíbulo con muebles que parecían recién salidos de un catálogo de los años 80. Lo primero que pensó fue que jamás conseguiría hacer de aquel lugar una casa como las que salen en las comedias románticas.

 Lo segundo fue «qué maravilla de cocina». Aun con todo el polvo sobre la encimera, con la ausencia de electrodomésticos de este milenio, aquella cocina era la de sus sueños. Esto la hizo feliz y los malos pensamientos tuvieron que decir adiós.

 Cambió las sábanas de la cama, se dio una ducha pensando en cortinas nuevas y se durmió antes de apagar la luz, de abrir el libro, de pensar en quien le había roto el corazón.

 Cuando despertó y bajó las escaleras flotantes en busca del desayuno todo había cambiado en la planta baja. El fantasma había pasado la noche limpiando, arrastrando muebles sin hacer ruido, revolviendo en el sótano para encontrar aquello que pudiera hacer feliz a la nueva y guapa propietaria.

 No tardaron mucho en conocerse, bastó que ella se quedase frente al espejo en mitad del pasillo para advertir a su espalda una silueta alta cubierta con una sábana blanca y lo que parecía una larga capa. Si sabía de la longitud de la prenda fue porque al volverse logró atisbar un esbozo de tela roja y negra siendo arrastrada a la desesperada y desapareciendo. Quedó sin palabras. Cuando llegó la noche seguía pensando en aquella visión tan irreal.

 Dormía Laura y en el pasillo, frente al espejo, había un reflejo, el del fantasma enamorado. Podía escucharla respirar agitada, enfrentando pesadillas. Se acercó a ella y quiso rozar su rostro para calmarla pero no pudo, pues sus manos traspasaron la piel recordándole que él no era real. En cambio las cortinas cedieron a la brisa nocturna adoptando la forma de un hombre en pie. Laura abrió los ojos a las 3:33 y las cortinas volvieron a ser solo cortinas. Cuando amaneció decidió que aquello había sido sueño y lo del espejo producto del cansancio.

 Los días pasaron y las hojas del calendario en la cocina echaron a volar de forma literal, también los pétalos de una flor escondida dentro de un libro y unas cuantas uvas que acabaron dentro de un vaso recién lavado, todo ello mientras Laura exprimía fruta o limpiaba la mesa. Ni los cuchillos se clavaron en el techo ni los platos se rompieron en mil pedazos. El fantasma invocó sensaciones con sus manos de otro tiempo y aunque Laura sintió frío se desnudó para comprender hasta dónde era capaz de llegar. Ella y el fantasma.

 Estaba feliz en su nueva casa, había encontrado cosas en el sótano que merecían la pena y otras que serían vendidas a buen precio. Entre los hallazgos algunos recortes de periódico antiguos, noticias de un hombre muerto en un incendio de origen desconocido. En una de las fotografías impresas en blanco y negro aparecían la mujer y las dos niñas que le sobrevivieron. Habían pasado más de cien años. El mundo era otro pero algunos sentimientos primarios insistían en perpetuarse, como el del amor romántico o el miedo a la soledad.

 Sonaba un piano que había sobrevivido al tiempo, la humedad y la soledad en un rincón apartado.

 El sonido no provenía del salón, tampoco de la habitación con mejor resonancia y ventilación, ni siquiera del sótano, junto a la vieja máquina de tejer. Llegaba desde otra dimensión. Cada noche, alcanzada ya la madrugada, el fantasma se sentaba sobre su banqueta e interpretaba piezas clásicas hasta que se desvanecía envuelto en polvo. Después reaparecía como por arte de magia justo antes del amanecer en cualquiera de las estancias de la casa encantada.

 Por tercer día consecutivo se manifestó a los pies de la cama de Laura. Esta vez estaba desnuda. Quedó boquiabierto en su contemplación, cada vez más hermosa. Las cortinas se corrieron.

 Tan solo los espejos repartidos por todas las estancias, reflejos casuales sobre la pantalla de la televisión (encendida) y ciertas cadencias en la estática del aparato de radio permitían la comunicación entre Laura y el fantasma, apenas un juego de niños en comparación con lo que la comunicación verbal puede ofrecer. Si ella se enamoró fue porque necesitaba sentirse deseada de forma auténtica, sin restricciones. Si él se enamoró fue porque se había vuelto loco tras décadas enteras allí encerrado, con sus recuerdos y la elaboración de fantasías absurdas, muriendo cada noche para resucitar al amanecer. Cuando Laura cruzaba el umbral de la puerta que daba al jardín el fantasma se detenía con la mirada perdida, aguardando su pronto regreso y mientras tanto olvidándose como hacen los fantasmas, de forma constante. A pesar de todo él era feliz. Cuando ella alzaba la mano y saludaba al esbozo reflejado en la televisión sentía que volvía a ser un hombre con ilusiones. Hasta le regaló la flor que encontró ya seca dentro de un libro a medio leer.

 Laura se enamoró, esta vez de alguien que era real, que podía besarla y revolverle el pelo sin necesidad de invocar al viento. Se besaron pocas horas después de conocerse en un concierto, y cuando regresó a la casa encantada el fantasma lo supo de inmediato. ¿Cómo has podido hacerme esto?, gritó sin voz y una hoja de papel en blanco salió volando hasta colisionar contra un reloj de pared. Laura se fijó en aquello y no le dio mayor importancia, tampoco en el ME HAS HERIDO que apareció dibujado sobre la superficie del espejo en el pasillo. Pensó en lo mucho que valen los castillos escoceses que llevaban un fantasma dentro, y aunque se recriminó por pensar así, la idea siguió su curso en los días que siguieron.

 No hizo falta ningún cartel de SE VENDE. A finales de abril firmó todos los documentos que hacían falta para el traspaso e hizo las maletas, optando por la ropa, un libro viejo y poco más. Comunicó al fantasma su decisión y le mintió diciéndole que la noche del 27 sería la última que pasarían juntos. La noche del día 26, la última, hicieron el amor de forma salvaje, a oscuras. Cuando acabaron ella se maldijo por no haberle herido así antes. Nunca lo olvidaría.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ana Piera dice:

    ¡Qué buen relato Joiel! primero no cae en el lugar común de las casas encantadas con fantasmas sedientos de sangre y aterrorizando a todos. Has escrito una historia de amor imposible, llena de belleza. Me encanta la cadencia que le das al cuento. El final era inevitable. Gracias por esta joya.

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  2. Joiel dice:

    Tras esta historia hubo otra historia y en ella el fantasma encontró el amor, sin esperarlo. O eso dicen. Gracias por comentar.

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