VACACIONES EXTENDIDAS de Catalina Bravo Odz

Primera parte: 41 semanas y 3 meses

La luna brilla bien redonda ahí en lo alto. Samuel lleva veinte minutos inmóvil parado frente a la ventana contemplando la estela incandescente que va dejando el astro en el mar, mientras que las olas van meciéndose eufóricas de lado a lado, combatiendo enérgicamente contra las rocas. Varias veces se la había pasado en vela comunicándose telepáticamente con esas aguas. Sin embargo, esta noche parece diferente a todas las demás: se ha formado un impresionante espectáculo de fitoplancton bioluminiscente y tras cada destello azulado que emerge de la espuma, Samuel vuelve a llevar su mano a la boca para comerse las uñas.

Mila está ansiosa. Según sus cálculos debería estar entrando a la semana cuarenta y uno, pero aún las contracciones no han comenzado. Observa a Samuel, que está tan inmerso en sus propios pensamientos, que ha ido escupiendo las cutículas sin advertir que su mujer lo ha pillado asqueada en el acto. “¿Qué será de nosotros ahora?”, se pregunta con una mano en la panza, apenas posicionando con las caderas la cuna que había cambiado por un par de zapatos nuevos y dos vestidos de fiesta. El mueble era realmente una pieza única, una obra de arte hecha a mano por un lugareño. Tenía en todos los bordes un detalle de una enredadera tallada en madera que debe haber tomado bastante tiempo de hacer. Mas si esto no fuera suficiente, la mujer del artesano les había confeccionado además un cubrecama de lino teñido a mano con bordados típicos de su tribu.

Mila acomoda este maravilloso tesoro sobre el colchoncito de lana de oveja y deja escapar un suspiro profundo; un hilito de agua le comienza a bajar por la entrepierna hasta la pantorrilla. Da un pequeño paso hacia atrás con ambas piernas separadas confirmando que se está comenzando a formar una posa. Levanta lentamente la vista pronunciando el nombre de su marido casi en un susurro. Basta solo un cruce de miradas para que él entienda lo que está ocurriendo: es momento de ir a buscar a la doula y la estudiante de medicina.

A pesar de la barrera idiomática, ambas mujeres la habían estado acompañando durante todo el embarazo. Habían formado un lazo más allá de una amistad circunstancial, convirtiéndose además en guías y mentoras. Mila confiaba en ellas a ojos cerrados. Estaba consciente sobre el dolor de parto, pero ellas la habían ayudado a prepararse para esto durante todos esos meses y, por extraño que pareciese, ya quería entregarse al proceso para experimentarlo.

Las velas que revelan cada rincón de la habitación han comenzado a bailar al ritmo del sonido del mar. Mila se sitúa de frente al ventanal y pone unas toallas sobre el suelo, acomodando varios cojines a su alrededor. Cierra los ojos. El sonido intenso de las olas por poco acaba bañándole los pies. Se pierde en un pequeño trance que le regala un escalofrío placentero, encontrando la imagen de su madre de cejas levantadas y sonrisa apretada. Ese gesto que hacía cada vez que necesitaba un empujoncito para dar el paso siguiente. «Sí, acepto».

Esa última “O” ha quedado dando eco en su cabeza acarreando un conjunto de imágenes que deciden colarse para ir decorando el momento: las amigas esperando el ramo; la hilera de vasitos de tequila que bebe en tiempo récord; el almuerzo de domingo con resaca; los padres de Samuel hablando sobre los negocios familiares; el taxi que los lleva al aeropuerto; la llegada a la isla…

La isla… Lo primero que habían notado era la humedad. Las ropas se sentían mojadas y los jeans… los jeans eran demasiado calurosos. Fue lo primero que hicieron al llegar al resort. Sacarse los jeans y ponerse el traje de baño. “Con una aceituna, por favor”, le había dicho Mila al bartender en un inglés con bastante acento latino. Acto seguido, tenía una copa de Martini en una mano y un whiskey doble en la otra para Samuel.

Se despertaban tarde, llegaban al restaurante buffet solo para la hora del almuerzo. Se la pasaban horas en la playa bajo el quitasol tomando algún trago sobre el que estuviera flotando alguna fruta. Durante las noches iban al bar que estaba junto a la piscina. Era ahí donde se reunía la mayor cantidad de gente. Les gustaba sentirse acompañados, la música fuerte, aunque no estaban interesados en conocer a ninguno de los otros huéspedes.

Los teléfonos vivían encerrados en la caja fuerte junto con los pasaportes y las llaves del 4×4 que había quedado esperándolos para su regreso en el aeropuerto. Estaban completamente incomunicados con el resto del mundo y era exactamente lo que querían para su luna de miel. Desconexión. Liberarse de toda responsabilidad, incluyendo de los eventos familiares y de los excesivos bombardeos de mensajes de las amistades. Razón por la cuál, cuando en el hotel les dijeron que la agencia de viajes había hecho una generosa oferta con un upgrade de habitación incluida, no se podían creer la suerte que tenían. Una semana más en ese paraíso con absolutamente todo pagado. Esa noche se bebieron hasta la última gota del bar celebrando.

Cuando al mediodía bajaron al lobby del hotel para hacer el cambio de habitación, vieron que se había formado un conglomerado de gente. Ni se habían imaginado que el avión que los habría llevado de vuelta a casa durante la madrugada de ese mismo día, en realidad se había llevado consigo cientos de turistas aterrados que se habían gastado una fortuna para embarcarse en ese vuelo. Las líneas telefónicas estaban colapsadas. El wifi ya no funcionaba. ¡¿Qué mierda había pasado ahí afuera?!

Samuel entra a la suite número 203 acompañado por la doula, una lugareña de tez morena, y Misha, una estudiante de último año de psiquiatría que también se ha quedado varada en la isla. Mila abre los ojos recibiéndolas con un par de lágrimas. Es 20 de marzo; ha pasado exactamente un año desde que pusieron un primer pie ahí. 3 meses esperando a que alguien llegara a rescatarlos, más 41 semanas con miedo de ser olvidados para siempre.

Un minuto de silencio se interrumpe con una primera contracción.

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