POR MANO PROPIA por Magdalena Domper

“Un orgasmo para Tati”, eso debió decir el post que subí esta mañana a Facebook. “Todos por Tati, doná ya”. Lo que me lleva al segundo interrogante: ¿donar qué?, ¿una mano, una lengua, un rato de su tiempo? Por dios, qué pena me doy, ¿acaso solo soy para otras manos y otros besos?

No es el goce personal, busco un cable a tierra. Cuando los días están grises y las electricidades cruzadas, un orgasmo te sacude el núcleo, shockea el espíritu. El shock perfecto. No es gran lujo, no cuesta dinero, no lastima el cuerpo. Y no puedo.

No hay mucho misterio, Tati, solo se trata de mimarse un poco.

He seguido todos los pasos: música, un intervalo de tiempo sin interrupciones, movimientos circulares, el gel íntimo que me ha salido una fortuna y me lo tenía garantizado. Me sentí tan tonta abriendo la tapa del pomo, dos segundos después corrí a lavarme por el ardor. Luego, el blog de “Multiorgásmica”: “la clave está en los estímulos”. Ya no sé ni de qué estamos hablando.

Tocarse el cuerpo, reconocer los puntos débiles. Yo me toco un pecho y pienso en la mano de mi hermano inmiscuyéndose entre mis sábanas a los trece, investigando sus propios puntos débiles. Un tironcito de orejas y las cosquillas de mi hermana al susurrarnos al oído. La mano en una nalga y la bronca por el “toco y me voy” del muchacho de la estación de servicio. Es imposible, no puedo creer que los únicos cuerpos destinados a la descarga estén inmaculados. A decir verdad, dudo mucho de que Guillermina haya pasado su infancia sin un rasguño.

Mi cuerpo no está hecho para esto. Me han creado dependiente, es culpa de mi madre que me ha dado demasiado pecho, o de mi padre que me ha consentido. Mi cuerpo no funciona. Trato de armarme la rutina, noche por medio antes de dormirme, pero a esta altura ya no quiero ponerme ni una mano encima. Mañana mismo voy a lo de Raúl, él sabe lo que me gusta. Aunque falte a mi promesa de no volver para no darle falsas esperanzas, se pone en juego mi salud mental. Puedo acortar el postcoito alegando que debo salir corriendo al dentista, así me ahorro las palabras depresivas de este hombre que solo piensa en amores platónicos. ¡Tus manos, Raúl!, me dan ganas de decirle, es lo único que busco. Esas manos que van rápido y van lento al mismo tiempo, que me sienten y ya saben que es hora de apretar otro punto. Raúl no necesita tocarme, a veces lo logra con una sola presión de su cuerpo y otras ni siquiera eso. Tantos estímulos…

“¡Es fácil, amiga! yo tengo dos y a veces tres, comprate un juguete”.

Puras fórmulas mágicas que solo le funcionan ¿a quién?, ¿los bienaventurados?, algo me falta en este recetario. Claramente, el libro que me regaló mamá para mis quince debe haber estado un poco desactualizado porque ahí solo se habla de lo importante del amor, y no me dejo de preguntar: ¿a dónde entra el amor en todo esto? quizá lo entendí mal desde el principio.

En mi mente, una vocecilla no para de decirme: Qué ridícula, ¿qué haces con la mano ahí?

Unas pocas palabras de mamá hubieran venido handy a la ocasión en lugar de dejar en misterio el asunto mientras lo acompañaba diciendo que nadie debía tocarnos el sexo y (léase en letra pequeña y rapidita) ni siquiera vos misma.

Un orgasmo para Tati, una vez en la vida por mano propia. Vamos Tati, vos podés, como cuando eras niña y aún no había palabras imposibles. Vamos Tati, vamos, no dejes que la cultura te arrebate el placer de ser.

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