LA EDAD DE PIEDRA por Luisa Gómez

—¡No todo hay que patearlo, Eduardo! —me cogió del cuello de la camisa blanca, deteniendo mi marcha —¡Mire cómo vuelve las botas! —señalando con su dedo índice la punta entre café y gris de mis zapatos colegiales de cuero negro. —Ni las piedras ni los zapatos tienen la culpa de su mal genio… —Y se agachó despacio, dejando su lonchera de cuero sobre el pavimento. Desde arriba le veía la gorra de paño gris, el pedazo de cuello curtido al sol. Se levantó y puso ante mí la piedra pequeña, blancuzca e irregular, carrasposa, que llevaba pateando cerca de una cuadra. —Guárdela, Eddie… ¡pa’ que se acuerde! Y de los zapatos… Hablamos esta noche.

Mi padre con sus manos gruesas, su voz de cigarrillo sin filtro; mi viejo enseñándome a cuidar las piedras; don Nicéforo Guzmán, el albañil silencioso, dejando sus pocas palabras vagando en el aire, yendo y viniendo con la cadencia de la mañana; don Nice acariciándome con una piedra la palma de la mano. La metí en el bolsillo del pantalón; volví a ella varias veces en el día: cada vez que metía mi mano para sacar el pedazo de papel higiénico con que me sonaba frecuentemente por la rinitis… ahí estaba siempre, inamovible: la piedra de papá, la piedra mía que mi papá recogió, que me devolvió, la roca que contenía su voz y sus ojos, su nuca, sus manos… la piedra que mi padre me dio a cargar. Papá, la piedra; papá, mi roca; papá volátil, inatrapable; papá, mineral, que no se sabe si hace parte del reino de los vivientes…

Esa fue la primera para la colección. Volví a casa en la tarde, la puse sobre el estante, con los mejores carritos de metal, a la altura en que lograba verla desde la cama. Me hipnotizaba hasta rastrillarme los ojos; tenía que parpadear voluntariamente, una, dos, tres veces, para seguirla mirando. Siempre traía de nuevo la voz de mi padre: «No todo hay que patearlo… ¡pa’ que se acuerde!». La miraba especialmente en las noches en que el viejo llegaba ebrio, golpeando las puertas, estrellando las ollas en el fregadero, arrastrando los zapatos, pateando a mi madre.

Entonces me entraban ganas de botar la piedra por la ventana, que atravesara el cristal, que resonara en el mundo y volara tan lejos como fuera posible, para no volverlo a oír… que en la caída le salieran alas, que se volviera pluma que se va con el aire… una patada al vacío. No solo nunca lo hice; empecé a recoger otras. En ocasiones, las que se atravesaban en mi camino, justo esas que hubiera querido mandar lejos; otras veces, las que se mostraban extrañas en algún paisaje. Me acostumbré a ir mirando al suelo.

La primera fue a los cinco. Ahora, con treinta, hay latas y frascos, cajitas y estantes repletos de piedras. Las más extrañas expuestas en torno a la misma, pequeña y rancia, de la infancia. Siempre hay alguna en el bolsillo del pantalón o en el de alguna chaqueta. Cuando abro una botella siempre le dejo caer dentro alguna piedrecita y veo las burbujas que la acogen, la saludan, le juegan, entonces me doy el primer trago y el gaznate se me aprieta siempre, como si se fuera el sorbo por el camino viejo, como si solo existiera el sendero de trocha en que se recorre la infancia.

—¡Es que no escucha! —me dice siempre la Carmen —¡Es sordo como una tapia!

Y las tapias son de piedra. He construido un muro que me separa de todos, que me  protege del mundo; si lo pateara me rompería los huesos del pie… tal vez todos los huesos; ya no podría moverme, sería un pellejo denso e informe en el que no se distinguirían la boca ni los ojos, ni las manos… una piedra.   

En las tardes, cuando destapo la primera cerveza, al llegar a casa con la piedrecita del día, me voy al techo con la que más me gusta: es una roca negra que me cabe en la mano, es lisa y fría, me refresca; la atraviesa un agujero en el centro y en un extremo tiene solo una hondonada, un agujero que no llegó a ser. Pongo el pulgar grueso en esa especie de cuenco y lo aprieto del otro lado con el índice, me llevo la piedra hasta los ojos y cerrando el izquierdo, me pongo a ver el mundo a través de mi roca: los techos sucios de las casas, las calles como ríos en sequía, apenas con un hilito de agua que no se ve correr… el mundo en estatua, universo de piedra que nada lo tumba, la única vida que le queda es la mirada que lo sostiene.

La piedra de la Iglesia fue Pedro, me lo enseñaron en la escuela cuando era pequeño. «Pedro era una piedra…»,  pienso entonces: «somos rocas sobre las que se erige el mundo»; las rocas no hablan, no oyen, no miran… las rocas no sienten. Me palpo la punta de los dedos, unos con otros, la rudeza de mi piel me hace pensar en el pañete de las casas antes de ser pintado; papel lija: lo que se acerca se raspa, se disminuye. Las huellas dactilares se han ido borrando con el trabajo; construir casas y más casas, muros y paredes para separarnos unos de otros, para protegernos del sol y del agua, del frío, de los sonidos, de nosotros mismos… no hay forma de salvaguardarnos de nuestras propias piedras: como no se salvó mi madre de mi padre, ni el de sí mismo, ni yo de ellos y de mí.

—¡Acarícieme, Eddie! —me insiste Carmen en ocasiones —¡Es que usté es tan brusco a veces!

Y yo me voy a mis piedras, las saco, las pongo sobre la mesa o en el suelo, me quedo viéndolas, preguntándome qué sienten, si sienten… las golpeo unas con otras, suave, dejándolas caer apenas, escuchando el ruido seco que me hace suponerlas vivas, quejido de calizas o de granito, grito de pizarra en que se escribe la vida. Y yo quisiera dejar de ser muralla; volverme esfinge para causar preguntas; el hombre de piedra de La historia interminable, para alimentarme del mundo… dejarme caer en el abismo, insistir como pluma en el camino, volar sobre los tejados, no volver a caer en la pesadez del cemento, que me tomaran entre los dedos y se acariciaran el rostro conmigo, sentir el aliento cálido de algunos labios que, en forma de beso, como Dios con Adán, insuflaran en mi esqueleto vida.

ellaviografia.wordpress.com

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