La chica del cuento

Por Joiel O.

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 La joven Rosa abrió el libro de cuentos prescindiendo de las páginas de cortesía y antes de comenzar su aventura secó las lágrimas que resbalaban por su cara con sábanas que olían a limpio.

 Leyó el primer cuento, el del príncipe y las ranas que tocaban el tambor y se enamoró del príncipe. Apenas treinta páginas bastaron para hacerle olvidar sus últimos sueños rotos.

 Después llegó el cuento del cazador de cazadores que acababa enfrentándose a un hombre con piel de lobo y colmillos de vampiro. Qué final tan apoteósico, con toda aquella gente maldiciendo al salvador de todos ellos, después mostrándose arrepentidos tras verlo partir en el carro tirado por caballos muertos. Deseó besar y ser besada por él, sentir aquellas manos de nudillos tatuados en ella, ser el látigo que acaba con todos los inviernos.

 El libro la devoraba mientras se relamía con el pasar de las horas. Las ojeras quedarían ocultas bajo capas de maquillaje y engañaría al espejo fingiéndose una muerta viviente salida de una película en blanco y negro. Por dentro resonaban los cañones del tercer cuento, fuegos artificiales acompañaban sus desvelos, nubes de algodón derritiéndose con el amanecer anunciado en la apertura de las tiendas. Durmió no más de tres horas antes de irse a trabajar pensando en señores que no existían. Juró pasar despierta la siguiente noche aunque tuviera que recurrir a cinco litros de café.

 Con la página 142 daba comienzo el cuento del leñador, brutal y desalmado, la camisa abierta en cascada, con el hacha aplicándose en la madera sin piedad, un árbol tras otro, construyendo primero una cabaña, después un castillo, más tarde una luna y un sol hechos de sauces que lloran.

 Siguieron otras historias, y así se rindió al fantasma que no dejaba un punto de reposo al amor, el tejedor de corazones rotos, el cuervo que graznaba los nombres de los amantes…

 Las exclamaciones que escapan en cascada de sus labios han sido puestas por el padre de la bella durmiente, aflora la humedad entre sus piernas por culpa del posibilitador, es el artesano que engañó a la liebre quien conduce los dedos entre sus pechos.

 El penúltimo cuento era el mejor de todos. ¿Qué podría superar la historia donde un hombre nace con el corazón fuera de su cuerpo, el hombre que cuando se olvida de llevarlo consigo se convierte en un ser despiadado pero que cuando encuentra los latidos cercanos es capaz de componer aquella poesía tan sentida cuyas implicaciones eran explicadas en las notas a pie de página? Ay, exhaló acabando de leer, llevándose el libro abierto al pecho, suspirando como las bestias que se detienen a beber después de recorrer decenas de kilómetros sin descanso. Esa noche lloró. Ya solo quedaba un cuento por leer. Estaba enamorada de doce hombres (y a su manera de un cuervo) que no existían.

 Sin vida, así se llamaba el número 13. Cuando acabó la lectura lloró, no de emoción sino de rabia. ¿Qué clase de broma macabra era? La historia del agricultor que enseñaba a leer a sus espantapájaros sureños podía ser conmovedora, pero resultaba imposible enamorarse de aquel paleto que despreciaba el contenido de los libros que ella tanto amaba.

 Desplazando el dedo sobre la pantalla de su caro teléfono móvil con funda que simulaba ser una fresa sonriente, así fue como encontró dónde estaba enterrado el señor W.K., el autor de aquellos cuentos mágicos que acababan tan mal. Bastó seguir moviendo el dedo un poco más para organizar el viaje hasta la tumba del susodicho, quien había muerto al cumplir los 27 (aunque aparentaba dos veces el doble) tras una larga lucha contra el cáncer de seudónimo, y de eso hacía ya un siglo.

 En el coche compartido conoció a una pareja bastante amable y a una señora mayor que parecía muy orgullosa de sus pequeñas nietas, a las que se refería como «Mis encantos» continuamente. En la última parte del trayecto la voz de la anciana cambió súbitamente y los encantos comenzaron a ser «Eran» y no «Son».

 Apenas tuvo que caminar cien metros hasta el cementerio, donde se sirvió de su teléfono móvil para llegar hasta la tumba deseada. Cuando alzó la mirada encontró que el cielo otrora azul y radiante había cambiado por otro más sombrío, con una infinita gama de grises rellenando los espacios que dejaban las bajas nubes en lenta sucesión. Comenzó a llover, y algunas flores amarillas y violetas aprendieron a volar gracias a un empujón del viento.

 Era la tumba más hermosa de todas, donde más flores de temporada había, con algunas cartas de admiradores allí puestas y fotografías con mucha o poca relación con el finado. No hubo mayores preámbulos.

 -¿Por qué acabaste con ese cuento? Doce veces me enamoré, pero debían ser trece, mi número de la buena suerte. Me siento engañada, tú…

 Siguió una concatenación de feas palabras adornadas con grandes epítetos, algunos sacados directamente de las citas que ella misma había remarcado en el libro usando para ello un pequeño lápiz de punta roja. En un momento dado le demudó el rostro. Proyectada la sombra de un sicomoro ajeno al cementerio, falta su imagen de luz natural, semejaba una calavera con una vela iluminada dentro, con pelo y ansiedad trasmutando en delirio proyectando sombras.

 Se apagó el brillo de su mirar cuando una leve vibración, el arrastrar de unos pies que no eran los suyos, le hizo comprender que no se encontraba sola. La tierra se había removido, perezosa.

 Quiso ponerse en pie para ver quién turbaba su intimidad pero las fuerzas le fallaron, sus piernas temblaron y de barro se cubrieron las rodillas, también los muslos por culpa de las sucias botas negras plantadas ante ella.

 -¿Con quién hablas? -preguntó la voz de un hombre alto, el rostro severo. Llevaba un saco a la espalda y una pala afirmada sobre la tierra oscura.

 No había asomo de sutileza en el enterrador. Era un ser de aspecto demoledor, vencido por el mundo un millón de veces y a pesar de todo todavía en pie. Era la antítesis de los personajes descritos por Wenceslao Kowalski y a pesar de todo también era perfecto. La palidez sepulcral se fue sin despedirse y un rubor infantil tomó su sitio dominando las facciones de Rosa.

 Una mano de piel correosa, cubierta de cicatrices, la ayudó a levantarse. Así pudo comprobar la lectora que aquellos ojos furtivos bajo el sombrero de ala ancha eran una inmensidad donde poder perderse en mundos solitarios sin necesidad de recurrir al papel. No fue un embrujo pero sí un hechizo lento. No se besaron entonces pero sí después, mientras veían la película que adaptaba el mejor de los trece cuentos en el único cine que había en aquella pequeña ciudad.

nebuloverso.wordpress.com

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Joiel dice:

    Reblogueó esto en NEBULOVERSOy comentado:
    La chica del cuento, mi tercera colaboración con MasticadoresRomantica&Eros

    Le gusta a 1 persona

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