Gloria

De mi libro “Agua de mi alberca”, D.A.: ZA-69-2019 D.L. : LE-355-2021

Publicado el noviembre de 2021 (Era del COVID)

de Manolo Madrid

Ella apareció una tarde. Fue como la entrada de un astro luminoso en el espacio estelar controlado por un telescopio. Sobre el fondo denso de brillantes puntos de luz y halos palpitantes de nebulosas, el nuevo ser latió relumbrando y esparciendo su sonrisa por despachos, aulas y pasillos de la céntrica academia donde yo, como profesor, impartía algunas clases.

   Días más tarde, Gloria me asediaba con su poesía en la mesa de aquel bar de las Ramblas, “Els Quatre Cats”, sin que yo hubiese sido consciente de mi travesía hasta aquel nuevo paraíso. Pero ella me taladraba con sus luceros grandes y hermosos, apenas algún pestañeo, aunque hubiera sido igual: el sol de su sonrisa abría la mañana a cada nueva frase y cada nuevo poema. En un eón, o quizá solo un latido, fuimos navegando en una barca común, aquel proyecto en el que sus poemas y los míos permanecerían ligados por el papel y la tinta.

   Recordaré para siempre la lucha por llevar la góndola a puerto seguro, por conseguir la fe de quien pudiese ayudarnos, darnos el abrigo al temporal de oleadas de poetas y escritores que aglutinaban aquel océano tumultuoso. Y aunando nuestras miradas y sonrisas, como si fuese un único remo común, peleamos y nos esforzamos poema a poema, relato a relato, sintagma a sintagma.

— ¿Sabes qué? — quedaron sus ojos anclados en mi cara, mientras sus manos de uñas pintadas de corazones hechos de purpurina dorada toqueteaban aquí y allá los utensilios de la superficie marmórea de la mesa —. Me han hablado de una librería donde aceptan originales de escritores que empiezan — ronroneó su voz melodiosa de tonalidades de arpa entre nuestras tazas, alumbrando mis ojos inquisitivos.

— Ah, ¿sí? ¿Cuál es? — planeó mi voz sobre los azucarillos y el plato ahora libre de pastas de té.

Y sus pupilas grandes y verdes chispeaban de la ilusión y la fe que ponía en sus explicaciones. Y las aclaraciones fluían, ora suaves vuelos de cóndor sobre profundos valles, ora ligeros aleteos de palomas entre alféizares de ventanas y castaños de indias en alargados paseos de un parque.

— Es una librería feminista y a Maite, una amiga mía, le han publicado su primer cuaderno de poemas…

— Tienes unos ojos preciosos — rompió mi sinceridad el vuelo que nacía de sus labios carnosos y bien pintados.

Entonces sus ojos se abrieron aún más, libres de las pestañas que se elevaron en un gesto de sorpresa, su oratoria suspendida, incrédula de mí.

Pero Gloria era toda ella fuerza y positivismo, era un mar que de repente batía con violencia la costa y de improviso lamía apenas el verdín de las rocas más bajas.

— Tú también… — fluyó su respuesta, como un plumón movido por una brisa —. Tienes los ojos grandes y marrones — volví a escuchar algo ruborizado —. Los ojos marrones me gustan, son sinceros…

Aunque fue sólo un segundo, una espuma que brilló en el borde de su océano, luego su sonrisa continuó dejando salir palabras y palabras, alondras que de nuevo planeaban y proyectaban futuros, intenciones de editar nuestro libro. Y escuché sus manos moviéndose nerviosas con papeles, abriendo su carpeta y moviendo folios de un lado a otro de la mesa. Y yo era la estatua que se erigía en la entrada de aquel futuro, silente y asombrado, enamorado del perfil de su rostro enmarcado en cabellos dorados.

La tarde se apagaba en las Ramblas. El bullicio de gente arriba y abajo de la acera no cesaba, pero la luz solar se moría entre unas rachas de viento otoñal llevándose las hojas marrones y doradas de los árboles.

— ¡Qué frío! — escuché su temblor apareciendo de su boca, feliz de su brazo colgado del mío cuando cerramos detrás la puerta de la cafetería.

Avanzamos entonces por la amplia acera, entre luminarias de comercios y ronroneo de conversaciones que formaban nuestro mundo íntimo. Ella me dejaba acariciar su mano y también besar su mejilla de seda. Y casi era innecesario decir nada. Nuestros pasos fueron quienes portaban los pensamientos entre la ciudad anochecida. Al poco una fina lluvia amenazó nuestro deambular y tuvimos que apretar el paso en busca de la boca del metro.

El resto de semana fue de nuevo una búsqueda, un ir allí y allá quemando nuestros argumentos, enseñando nuestro cuaderno lleno de versos, de relatos cortos y dibujos florales. Las esperas eran ocasionalmente largas mientras el editor aparecía y nos escuchaba, quizá con una mirada algo empachada de otras propuestas anteriores, de mirar originales y dar una negativa aderezada con más o menos acritud. Pero Gloria era como una luz para una mariposa y sus ojos eran como dos candeleros que te hipnotizaban y el hombre, retrepado tras un vetusto escritorio atiborrado con montañas de originales, supo escuchar hasta el final mientras daba repasos al cuaderno que Gloria había puesto en sus manos. Lo hojeaba, se detenía aquí y allá, leía o parecía leer.

Algo después la decepción nos llevaba de nuevo a Els Quatre Cats y descansábamos nuestro desencanto en el redondo velador de mármol, moviendo la cucharilla en las tazas o bebiendo a sorbos el café con leche. Luego alguien se levantaba de su silla y allí mismo leía un poema. Ahí las palabras llenas de rima y medida volaban entre los cristales que aislaban el frío de la calle, entre los espejos y los anaqueles llenos de botellas multicolores que se agolpaban tras la marchitada barra del mostrador. Los tertulios guardaban un silencio cortés y después aplaudían tímidamente mientras el vate volvía a sentarse. El fluido de palabras colmaba de nuevo el ambiente y Gloria me bisbiseaba su comentario poniendo ante sus labios la mano para no dejar escapar acritudes hacia otros paraísos cercanos.

— ¡Tus poemas son mucho mejores! — me decía ella disimulando y brillándole los ojos —. ¡Anda, lee aquel de…!

Pero yo no me sentía con fuerzas como para levantarme y ser por un minuto el centro de atención de los parroquianos habituales de aquel sancta sanctórum y ser el eje de los comentarios que, quizá, fuesen no tan buenos como Gloria creía.

El invierno era el secano de los poetas y nuestros frutos literarios se hicieron parcos y escasos. El cuaderno donde aunábamos nuestras ilusiones no crecía, se había quedado mudo y nuestros paseos para perseguir el futuro del libro se apagaron. Ahora las tardes eran todas para el lugar cálido y aceptador de nuestra poesía y de un sentimiento de amor común. Yo me había animado a leer alguno de mis poemas y también Gloria se había hecho popular con sus versos libres y fluidos y sus tirabuzones rubios que se agitaban mientras leía. Nos habíamos hecho adeptos a la droga de los aplausos y la búsqueda de una salida para nuestro proyecto se estaba quedando olvidada en el fondo del gran bolso que ella llevaba colgado de su hombro, casi un almacén donde había de todo.

— Tienes los labios cortados — sonrió mirándome atenta. Y su mano rebuscó en su almacén de piel marrón. Enseguida su dedo me impregnó de vaselina la piel haciéndome estremecer entre la sonrisa burlona de su mirada.

El día que ella me llamó al teléfono del local para decirme que no podría venir, me llegó un extraño pálpito desde el auricular.

— ¡Me han dicho que lleve los poemas a la librería… sí aquella que te comenté…!

Desde entonces las tardes fueron más esquivas conmigo y Gloria podía aparecer o no y mis cafés eran más amargos o no. Y tampoco tuve ganas de leer más poemas.

Fue triste enterarme que ella había abandonado la pensión donde vivía. Nadie supo darme ninguna información sobre su nuevo destino y yo me sentí mal por Gloria, pensando que no había sido capaz de supe­rar las continuas negativas a dar salida a su poesía y se había perdido en los entresijos de la vida, quizá volviendo a su pueblo, quizá escondiendo de mí una presunta humillación. Aún me dolió más pensar que tampoco yo había sido un ancla de suficiente peso y valor como para amarrar su esquife en el océano de mi vida.

   Ahí supe que el mar era demasiado ancho para mis pobres fuerzas y mi pequeño bote se hundió; otros marineros de bonitas palabras y hermosos cuentos también se habían ido a pique antes en el proceloso océano editorial.

Sin embargo, lo que a mí me llevó al fondo del piélago, fue la certeza de que ya no habría un cuaderno de poesía común, un proyecto que para mí no era sino la excusa para disfrutar del sutil amor que me inspiraba mi musa. Y lo supe cuando la silla de Gloria permaneció muda en aquella mesita del fondo, en Els Quatre Cats, en una tarde triste y lluviosa, una tarde de ojos de compañeros mirándome con lástima, sin ninguna driza que yo pudiera amarrar, sin ninguna bordada que me llevase a otro rumbo, ellos sabiéndolo ya… sin que nada se lo hubiera dicho todavía. Y yo, me sentía nefelibata, perdido en la inopia sentado en aquel rincón.

El cartel a cuatro tintas con la foto de Gloria y un gran dibujo alusivo a su poesía, se me quedó mirando desde el cristal de la puerta de Els Quatre Cats aquel día, yo huyendo de la lluvia primaveral, un chubasco de goterones anchos y pesados que me sorprendió intentando guarecer mi soledad entre la de otros poetas desterrados.

“LOS POEMAS DE GLORIA”

La librería FÉMINA presenta

el viernes a las 17 horas

el cuaderno poético del nuevo

valor literario de Barcelona.

Lectura y firma de ejemplares

Y ahora, pensé, un nuevo latido había aparecido en el cielo cuando el cometa volvió a pasar tan cerca de mi estrella:

¡Hola, Gloria! ¡Te estaba esperando!, pasaron las palabras en mi mente brillando como las luces de neón de un cartel en la pared mientras mi mano, provista de vida propia, armada del rotulador de punta fina, escribía posesa sobre el primer papel que encontré.

Sutil y evanescente,

efímera sombra de luz y brillo de cálida sonrisa,

ilusión de niño pobre,

utopía que danza tras cristal de prejuicial matiz,

ilusión que se apoderó de mí,

rozando mi mano a veces y escondiendo de mis ojos

la alondra que hay en ti.

Sutil y evanescente tinte de femenino candor,

brillo de infantil deseo y escondida ternura,

aroma de besos que nacieron de ti,

besos que se adhieren en labios florecidos por mí.

Bucólica paz de amor, dulce alma de mujer,

mujer que ignora mi silencio,

mujer que no escucha el clamor,

mimbre que deja ir el agua,

bálsamo de heridas ciertas,

soleado y florido prado de aquella alma perdida

y de aquella esencia rota … esencia que llegó de ti.

Alisé la servilleta y retoqué algún verso, releí de nuevo el poema que ahora surgió repentino, como catarata fluyendo desde algún techo olvidado y tras mirar que nadie hiciera intención de levantarse, carraspeé un par de veces y me incorporé.

Entonces leí con voz firme mis versos. Mi intención puesta en un cercano viernes.

—o—

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