Todo fluido de Joiel O.

Francis Bacon

La chica hundió sus delicadas manos en la masa informe contenida en una pecera, el slime verde resbaló entre sus dedos. Tras mucho intentarlo consiguió crear una especie de ente fantasmal que olía a jabón dermatológico: durante unos segundos el slime la observó con tiernos ojos verdes.

 Lo había encontrado unos días antes dentro de un saco, apoyado en la fachada de un cementerio a finales del mes de octubre. Fue la curiosidad quien le hizo acercarse a aquel saco que no presagiaba nada bueno, la sustancia contenida se estremeció al sentir la proximidad de aquellas piernas largas tan cerca. Julia se lo llevó  a casa sin saber bien por qué, sin pararse a pensar por qué alguien habría dejado algo así junto a un cementerio y no en un matadero de espiritistas.

 Encendió velas aromáticas, también la radio que arrojaba canciones de los años 80 y con David Bowie perdiéndose entre dimensiones únicas improvisó un sándwich que dejó a medio comer. Clavó sus ojos en el saco, que se agitó como un gusano.

 Nada más deshacer el nudo la sustancia verde se desparramó por el suelo de aquella casa vieja donde todos los muebles susurraban después de medianoche.

 Quiso Julia que sus manos fueran bisturíes precisos, y aunque la materia pegajosa y estirable se empeñaba en parecer mermelada, ámbar líquido, chocolate derretido, esperma caliente, por fin consiguió hacer de lo informe algo parecido a una pelota.

 Rodó por sí misma sin atender a las leyes de la gravedad, chocó contra una pared pintada en tonos celestes y se deshizo lentamente sin que la chica pudiera evitarlo con sus ruegos.

 Tras algunos intentos descubrió que trabajar con la sustancia tenía un efecto inmediato: la masa aumentaba a mayor fricción, como si el contacto con sus delicadas manos hiciera crecer el slime. Lo que antes cabía en un saco precisaría de dos.

 Su primer intento de crear al hombre perfecto fue un fiasco, apenas consiguió una colina temblorosa con dos ridículas manos que parecían la entrada a un bosque vencido por un huracán con cabeza de flan. Los niños que juegan con los espaguetis a construir castillos obtienen mejores resultados que aquel.

 El siguiente intento resultó mejor, esta vez las proporciones fueron más aceptables, el cuello del ente consiguió enlazar algunos movimientos espasmódicos y cuando un pajarillo se posó al otro lado de la ventana la silueta difusa se permitió dibujar un amago de sorpresa entre aquellos rasgos sin definir que amaban el canto. Antes de derramarse y recuperar su aspecto informe, la chica sintió que había dos luminarias allí donde una persona con alma y corazón tendría ojos. Duró tan poco que las motas de polvo que había alrededor no se alteraron.

 El tercer intento fue esperanzador y el cuarto, después de leer algunos libros sobre anatomía y postres caseros que le sirvieron de inspiración, le animó a no desfallecer. Sentía que estaba a punto de conseguirlo.

 La forma se elevó como un gigante de barro haciendo crujir la madera bajo sus pies. Levantó una pierna y después la otra con miedo de quebrarse como un caballito de papel sometido a la lluvia. Eran movimientos lentos aquellos, curiosos de su propia naturaleza. Las extremidades superiores tardaron algunos minutos en adquirir coordinación y cuando lo consiguieron tuvieron la necesidad de experimentar otros cuerpos.

 Julia Pons, de profesión fotógrafa (de instantes), observó como la sustancia espesa alcanzaba una silla sin respaldo, una fotografía imprimida a todo color, las flores que vivían en una maceta y finalmente sus pómulos, que eran marcados.

 Cerró los ojos y sin poder evitarlo sintió un estremecimiento en todo su ser. Era una sensación fría, más bien acuosa, no del todo agradable, parecida a un trapo mojado del que desconoces su procedencia.

 Al abrir los ojos el ser redivivo estaba allí, hundiendo su mirada ausente en la de ella, atento a los movimientos delicados de una mujer de cabellos negros y grandes ojos, a la silueta de constantes vitales en alteración.

 Acercó Julia una mano al ser, pero este dio un paso atrás, no por miedo sino por falta de interés. Le dio la espalda porque la escalera que llevaba a la planta de arriba le resultaba más interesante. Era un mundo por descubrir.

 Volvió a derretirse mientras ascendía los primeros peldaños y se derramó por el lado que daba al salón, junto al espacio reservado para el árbol de Navidad que compraría en pocas semanas. Era digno de verse cómo aquellos charcos de materia espesa, ciega y verde se arrastraban sobre la superficie hasta volver a convertirse en lo que antes habían sido.

 Julia prometió que el siguiente intento sería el definitivo.

 Cerró las ventanas, jugó con el aparato de aire acondicionado hasta alcanzar la temperatura idónea, silenció los teléfonos, mantuvo la sustancia dentro del frigorífico unos minutos antes de ponerse manos a la obra y cuando comenzó a laborar lo hizo maquinalmente, de forma desapasionada.

 Brazos fuertes, piernas largas y robustas, un torso compacto, una cabeza con ojos y boca bien modelados, con una lengua allí dentro, orejas dispuestas a escuchar, algo parecido a pelo cayendo sobre los hombros. También con atributos de hombre a su capricho.

 Dejó el bisturí sobre la bandeja metálica para apreciar su creación con el ceño fruncido. Qué obra maestra, qué armonía en las formas, qué dominio de la técnica. Todo en él resultaba hermoso y sin embargo lo mejor era que ahora el hombre parecía haber adquirido conciencia de sí mismo. Al verse reflejado en el espejo del salón se reconoció tras un susto inicial que torció el semblante de su rostro apolíneo.

 Julia lo besó, no como una madre al niño que ha traído al mundo sino como una mujer que encuentra al hombre de sus sueños y se sabe correspondida.

 Christian Pons, así se llamaría él, correspondió al beso con efusividad y no tuvo reparos en ser quien diera los siguientes, atreviéndose incluso a conquistar otras zonas ocultas. Las primeras caricias fueron torpes, no así las demás.

 Qué feliz era Julia, cuánto disfrutaba de su producto, aunque todo podía mejorar, claro, y ella lo sabía. Cuando le explicó sin tapujos sus intenciones de mejorarle ciertas particularidades, se sorprendió ante la negativa tajante de Christian. ¿Cómo se atrevía a mostrar reparos? El fluido con voz grave manifestó que era feliz así, que prefería no volver a someterse a ninguna operación. No guardaba buenos recuerdos.

 Julia no daba crédito a sus palabras, pero intentó que su enfado no se convirtiera en ira. Quiso persuadirle y tras mucho insistir Christian accedió, aunque antes necesitaba tiempo para mentalizarse. Le había cogido cariño a aquel cuerpo imperfecto después de todo.

 -¿Mañana te parece bien?

 -Mañana, amor mío. Qué felices vamos a ser.

 Cuando Julia acabó de prepararlo todo en el salón, buscó la sustancia espesa dentro de la nevera pero lo que encontró en cambio fue una nota escrita con buena letra rebosante de malas palabras sobre la encimera. Christian había decidido ser firme en su decisión del día anterior.

 Julia Pons lloró y las lágrimas resbalaron por sus pómulos manchados de verde.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ana Piera dice:

    Buenísimo Joiel! Me gustó mucho!

    Me gusta

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