En el globo aerostático, de Joiel O.

Fotografía de Ashley Joseph Edwards

 Ahí estaban ellos, aguardando impacientes para subirse al globo aerostático de la ciudad imaginaria.

 Primero él, que avanzaba junto a su sombra, después ella y su sonrisa, sola porque en el último momento a su hermana gemela la idea de tener nubes bajo los pies dejó de parecerle la mejor idea de todos los tiempos.

 Cuestionados por el chico que entregaba los boletos  a los consumidores de adrenalina sobre si tendrían reparos a la hora de compartir globo durante el paseo de una hora, ambos respondieron que no, aunque sólo ella pronunció la palabra breve. A él todo le daba igual; a ella todo le parecía una increíble oportunidad de soñar despierta y disputarle a Dios la Creación.

 El globo tomó altura y pronto se perdió lejos convirtiendo en insignificante lo que parecía gigantesco. A los diez minutos los desconocidos brindaron con champán y se hicieron una foto juntos cuya impresión a todo color venía incluida con el pack.

 Pasó una hora, pasaron dos y el técnico de vuelo dejó de existir. El chico seguía inexpresivo, mirando sin ver. Ella seguía excitada, muy poco preocupada, sin interés por el pensamiento lógico.

 -¿Qué hacemos? -preguntó Laura, tal era su nombre.

 Él no respondió, en cambio le lanzó una mirada que conjugaba verbos en gerundio. Sus ojos podían traspasar bloques de piedra pero también derretirse con una caricia de mermelada.

 Laura pensó en…

 Laura, por qué no, se bajó las bragas y las lanzó por encima de la barquilla, que era roja y días antes había sido azul. Afortunado quien pudiera recoger aquellas bragas tan blancas y puras, mucho mejor que las ranas y las langostas que asolaron algún lugar hace tiempo.

 Después Laura rodeó con sus brazos al chico que no sabía soñar y le obligó a ver el cielo cara a cara. Hundió una mano bajo sus pantalones desgastados y cuando encontró lo que buscaba, él asintió con una convulsión y pronunció dos palabras.

 Por fin, dijo con voz trémula.

 Follaron porque ella lo necesitaba, porque a él le parecía bien. Porque no sabían qué otra cosa hacer. Los pechos de Laura fueron sometidos a cien besos, los labios de él a mil mordiscos mal contados, también su espalda, también su cuello. En el mismo momento, cuando los rayos y los truenos parecían ser parte esbozada del paisaje, alcanzaron el frenesí y gritaron como bellacos.

 Vieron avanzar un ejército de nubes de algodón donde los cumulonimbos se apuñalaban los unos a los otros. Sobre ella, igual que un pasajero aguarda la llegada del tren, había alguien. Era una chica, pensó Laura. Era un chico con el pelo largo, acertó el chico con el pelo corto.

 El globo pasó junto a la nube con forma de abreviatura y el extraño saltó a su interior con elegancia pero tropezándose. Llevaba una mochila con agua y comida para tres.

 Les explicó cómo había llegado hasta allí. Soy un mago, mintió. Pues haznos un truco de magia, pidió Laura sintiendo que el aire cálido y húmedo regresaba a ella. El chico del pelo largo aceptó con decisión,  sacó la varita mágica que escondía bajo la manga y la agitó teatralmente ante su público. Mostró cara de extrañeza, el truco había salido mal.

 ¿Qué quisiste hacer?, preguntó Laura mientras los dedos de sus hermosos pies creían buscar algo a lo que aferrarse.

 Dejarte sin bragas, contestó el otro, poco galante pero tan sincero como una espada en mitad de la batalla. Laura, que no se sabía en minoría, se puso en pie y se levantó el vestido. No llevo bragas, fueron sus últimas palabras antes de que el globo se internase en un huracán de categoría 5 y los dos chicos embobados hiciesen lo propio con ella, en ella. Medio cuerpo de Laura traspasó el umbral y abrazó el cielo, los brazos y las piernas se confundieron, la ley de la gravedad fue puesta en duda.

 Perdían altura, volvían a ver la superficie de la ciudad imaginaria cerca, pero Laura se las ingenió para conseguir que los chicos sin nombre la hiciesen gemir, blasfemar, gritar y elevarse, elevarse, elevarse un poco más. Eso fue suficiente para que el globo aerostático perdiese suficiente lastre y recuperase su lugar allí arriba, donde todas las lenguas hablan un único idioma con muchos acentos. No bastaron manos para aquellos cuellos ni pieles para tantos escalofríos. Cuando anocheció el frío fue derrotado una vez tras otra.

 Han pasado seis días desde entonces y ahora son cuatro chicos y Laura, que sigue sin saber sus nombres, también sigue sin bragas.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Joiel dice:

    Reblogueó esto en NEBULOVERSOy comentado:
    Salve lores y damas, he aquí mi primera colaboración con masticadoresRomantica&Eros.

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  2. Ana Piera dice:

    Muy bueno Joiel, una historia erótica de «altura». Me encantó. Saludos.

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  3. Compartido en los 6000 lectores de masticadores/Face

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