Archipiélago, 20: Isla Bíblica by Félix Molina & j re crivello

Hay que recordar que el diablo tiene sus milagros, también

MARTÍN LUTERO  – JUAN CALVINO

–Mi querido padre Calvinus, ¿cómo ha hallado usted la humilde morada de esta Isla? ¿Es de su agrado?

–Mi querido Martin, permítame comentarle que la hallé demasiado… austera. Yo le alabo que usted predique con el ejemplo y no anteponga el adorno a la profunda religiosidad, pero no me hago a esas iglesias suyas sin crucifijos, sin reclinatorios, sin puertas casi… Bueno, puertas sí tienen, las utiliza además usted como kiosco para sus imprecaciones.

–Ah, bueno, padre, padre… No exagere. He practicado una capilla solo para vos. Está llenita hasta arriba de vírgenes doradas, cálices ebúrneos, tapicería de seda japonesa en los asientos y vidrieras diamantinas. ¡Bien sé que para vos la riqueza terrena no es más que el reflejo de la voluntad divina!

–Por favor, por favor, padre Martin, no se quede usted con la anécdota, casi de noticiario, de esta doctrina mía. Podré arreglármelas si las vírgenes son de plata, los cálices de marmolina y las tapicerías solo de tafetán. Qué fácil es querer alcanzar lo profundo del misterio divino a través de lo mínimo, querido Lutero. ¿No será más complicado y más verdadero ver a Dios a través de lo repujado?

–Padre, padre, padre Calvinus… ¡No siga, por Dios! Los dos somos protestantes, pero su protesta difiere mucho de la mía. Mientras la oración sea sentida, ¿qué pasquines me importa a mí –y a la Divinidad quiero decir, claro– que se adorne de afeites? ¿Su Reino de los Cielos es solo para los ricos, Santo Dios?

–Oh, Martin querido, no me malinterprete, por Dios y por la Virgen del Carmen, ¿vamos a discutir ahora, en este precioso momento, por mor de un quítame allá estas imágenes?

–Bueno, Venerado Calvinus, yo es que no quería tocar el tema de la predestinación…

–Honrado Lutero: miénteme usted a mis santos padre y madre, pero el asunto de la predestinación no alcance a tocármelo, y menos un viernes, ¡por la Virgen del Bósforo!

Detienen su caminata (los protestantes siempre caminan, aunque sean calvinistas) en un pequeño prado que desemboca en un hotel con cálidas luces de neón. Quieren habitación para dos, el uno porque es austero y el otro porque la que quedaba no tenía baño doble y prefiere compartir una de matrimonio.

—INRI, es el nombre del Hotel, ¿no le parece extraño estimado calvino? —preguntó lutero. Calvino se aliso la barba y miró por la puerta. Quien les había dado la habitación tenía unos ojos brillantes que se dirigían atropelladamente de un espacio al otro.

—¡Es el Diablo! —exclamó y comenzó a sudar como si sus partes se fueran desgajando de tanto sufrimiento. Lutero se asomó y abrió una pequeña Biblia para leer, aquella famosa imagen donde los judíos escapan de Egipto cruzando el río. Cada vez que leía una frase el Diablo se descomponía agitado como si le quemaran desde dentro. El hotel INRI comenzó a temblar, las paredes se desgarraban y las almohadas giraban cual furia que atraía al mal. Calvino dijo:

—Hay que recordar que el Diablo tiene sus milagros también. El ruido se detuvo. La insolencia del Diablo trastabilló y la calma dejo pasar la noche. Lutero y Calvino durmieron esa noche en una cama de matrimonio mientras fuera la lluvia lleno los caminos hasta casi dar con el fin de las escrituras. Mientras, sobre la mesilla una Biblia abierta daba luz.

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