El viaje   capítulo tres   

De Carlos Feijoó

Imagen de Pinterest

–¿Pasillo o ventanilla? Pregunto la aburrida funcionaria.

            –Ventanilla por favor en un compartimiento tranquilo, alejado de los ejes.

            –Coche dos diecisiete uve.

            Unos minutos antes, en el hall de la estación, las luces vacilantes combatían contra la noche, para impedir la entrada en las dependencias de unas sombras que con un ritmo aleatorio imitaban el baile de los fantasmas. Isabel tras el grueso cristal de la taquilla girando el cuello evitaba que el higiénico cartel ocultara la perspectiva que mostraba la puerta de entrada. “Hable usted delante de el Higiphone”…

            La vio llegar desde esa atalaya, con paso vacilante, oscilando las caderas, aupadas en la altura que le prestaban unos botines de aguja, se la notaba dolorida, con la espalda retorcida y el brazo derecho en una extraña postura, tan estirado que casi parecía prisionero del esfuerzo que hacía arrastrando la maleta. Sobre el hombro izquierdo un enorme bolso de viaje jugaba a deslizarse por el tobogán del hombro buscando reposo sobre el codo. Parece vestida para vivir una gran aventura, reflexiono la taquillera desde su escondite, los tejanos marcaban la atractiva silueta de sus piernas. Apenas se cubría el escote una blusa de delicada tela, quizás con un botón de más desabrochado, pues el traidor ojal permitía asomarse sin obstáculos hasta descubrir el encaje bordado que bordeaba el abismo de sus senos. Las inútiles gafas oscuras, antesala de tantas lágrimas vertidas, hacían sobre el corto cabello oficio de diadema.

            Llegó hasta la repisa de mármol, viejo maestro del hielo, apoyo para el vértigo del miedo y antesala para huidas desesperadas. Con voz cansada y cargada de esperanza, solicitó: Por favor, un billete para el nocturno a París, en primera por favor, remarcando como quién reclama misericordia depositando la tarjeta de débito y el carné de identidad. Doble de plástico para optar a un salvoconducto hasta un lugar de asilo exclusivo. Incapaz de someterse al escrutinio de la mirada ajena mientras se abandona al trac, trac…trac, trac…trac, trac… del golpeteo constante que producen las ruedas señalando la continuidad de la ruta sobre la vía. Trac, trac…trac, trac…trac, trac…

            Y le entregó el billete, como quién despide a un naufrago abandonado a su suerte en una isla desierta, cuando Elisa se giró camino de la puerta, desde su elevado sillón de lanzar cosmonautas al oscuro infinito de líneas paralelas. Una sonrisa de conmiseración se dibujo entre sus labios lanzando un conjuro:

            ¡Ojalá qué antes de llegar a tu destino, te alcance de improviso la felicidad!

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s