Muda de piel de Luisa Gomez

Francis Bacon

Se ven las manos luchando contra la membrana, desplazándose como serpiente dentro de su propia piel, intentando deshacerse del colgajo, del resto, el deshecho, lo que sobra; eso que huele mal, que se ve mal, que no luce. Lucha con su propia mierda que ya no reconoce suya.

Asfixia. Los pulmones parecen no haberse desarrollado, del todo, nunca; siempre respirando a medias, como si el oxígeno que le hubiera sido designado en la entrada a la Tierra fuera una porción mínima, apenas la necesaria para mantenerse viva. Siempre su tórax en movimientos rápidos, sube-baja, sube-baja, sin descanso, queriendo robar otro tanto de aire para expandirse un poco.

En las noches el cuerpo le pica; la piel seca que ya ha debido caer sigue adherida, rasca, incomoda. En el intento por apaciguar el prurito termina por lacerarse, pequeñas heridas que se hurga para encontrar el verdadero cuerpo… en la carne la verdad. Nadie la nota, todos lo ven.

Años escondida en su propia piel que amenaza con asesinarla. El pecho se encoge sobre ella y confunde con pesadillas los instantes en que, pelos negros y gruesos, van cubriendo la piel suave y limpia que ha lucido hasta ahora… Es la traición de Dios.

Los brazos delgados, la piel suave de la infancia que se fue volviendo áspera y gris con los años; la piernas largas y morenas por el sol que recibieron desde la niñez. La cadera que se contonea en esos shorts de jean que no se quita; las piernas que terminan o empiezan -depende por dónde se lo mire- en las caderas que fueron delgadas, que ahora son anchas: glúteos plásticos, glúteos de niña a medio hacer que le tocó terminar al hombre, culo de mujer sin certificado que tuvo que ser trabajado para tener registro de feminidad. Contra la tarde soleada es diosa o demonio, silueta de mujer que no duda, aparición de embrujo.

La vida entera buscando el ángulo para ser vista como es; ensayando el lugar de otro que la mira para saber qué ve. Se ve verse y encuentra la certeza de la mujer que transpira y respira en sus poros, la indudable realidad de ser una más o incluso una mejor, pero su cuerpo la traiciona. Empaque de engaño, membrana defectuosa… las equivocaciones de Dios que se distrajo en el último minuto.

El cascarón que le hace de piel es flexible pero no tanto. Lo hala hacia un lado, lo ensancha en otro; tan pronto puede, hace ceder la piel del pecho y le inserta un par de globos aceitosos que se volverán tetas, que la harán punto de mira, diana para la flecha, puntaje diez para el arquero o el tirador.

Dios inventó la ciencia para que corrijamos sus cagadas. El hombre no ha terminado de perfeccionar la máquina Divina. Si una cantidad de sustancias mezcladas se vuelven bigote y barba, vello, vozarrón de hombre, espalda ancha y pene grande; «entonces», piensa, «lo que por agua viene, por agua se va»: cóctel de hormonas. Y sí, los pelos se caen, la espalda se detiene, pero la voz se niega a adelgazar: voz gorda, gruesa, ronca; voz que se engarza en la garganta de ella, que la raspa y la hiere; la voz ingrata y vil que no la deja hablar porque cuando dice, ese otro que la recubre y la encierra, se apropia de la realidad, la ahoga, la apercolla, presiona su manzana de Adán contra la traquea hasta dejarla sin aire. ¡La manzana es de Eva! solo ella sabe su secreto. Ella, la primera mujer, esta mujer, nuestra Eva para siempre arrojada del paraíso, no quiere sino comerse la manzana, acabarla, exterminarla, desterrarla, que el pecado de verse los cuerpos desaparezca entonces, ya sin hombres, sin mujeres, cada uno haciendo con lo suyo lo que pueda. Pero no; la voz no la deja pasar el bocado, ella no traga entero, vive siempre atorada.

Arrastrarse por el mundo con el colgajo a cuestas. Nunca terminar de mudar la piel, la infancia eterna en que hubiera podido quedarse y el mundo no lo permitió. A su paso queda, en el polvo del suelo, la huella de lo que no puede terminar de quitarse, el peso que le impide el movimiento, el lastre de la piel que no se cae, que afea. Máscara que se quedó fijada a la vida, si la arranca se lleva con ella su rostro. Siliconas y botox distribuidas a lo largo y ancho del cuerpo, colcha de retazos hecha sin el amor de la abuela.

Y el espectador que mira con el rabo del ojo, que no socorre; no da el jalón que arranque el trozo y tampoco ayuda con el peso del mismo. El mirón la ve retorcerse en el suelo en que ha caído, restregarse contra el pavimento de su dolor, la deja perder las pocas escamas que la protegían, exclama «pobrecitos» ante las manchas de sangre que va dejando en su trayecto y la ve irse por entre las rocas, para pagar luego por el show de noche en las cuevas del infortunio.

Con suerte cuenta nuestra diva cuando de tanto moverse aquí y allá, ya raspada, sangrante, deformada de tanto quite y ponga, la mano de Dios se apiada y se vuelve bisturí que corta son sigilo el pedacito, la libera del estorbo y le permite ser una más que no es cualquiera, una en la que su sexo es la cicatriz que cifra su historia… como lo es para todas las demás.

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