Fotografía: @sonialuna250


¿Te arrepientes? Te arrepientes.

Lamentas no haberle sacado un retrato como Dios manda.

“No hace falta”, te decías. “Igual que vino ella, llegarán otras”.

¿Qué darías por volver a ver su cara? Ese exuberante terreno que regabas con el jugo de tus gemidos y que se convertía en un campo florido tras el arado más agudo brindado.

“Ni que fuera la más guapa de todas”, te convencías.

¿Qué precio a cambio de recorrer su torso, una vez más, con tu mirada? ¿Seguida por tus palmas penitentes sobre su piel húmeda?

Te arrepientes porque ya no te acuerdas. Solo guardas pedazos de ella en tu endeble memoria. Fragmentos que, ensamblados en tu mente, terminan en un cuadro deforme; esquirla enmarcada de tus ensoñaciones.

Ni recuerdas el color tifón de sus ojos cada vez que tenía ganas de amarte y mamarte y sanarte con arte. Un dedo, dos dedos, tres dedos en su boca o fuente de miseria o pozo de alegría; creación del Señor o del diablo, jamás se sabrá. Besar, no sabía. Regalaba una gustosa ceguera cuando te rozaba para después alumbrar con el pulido de su lengua.

Te arrepientes porque no has sabido defender la memoria de sus caderas moliendo tu pubis, pulverizando cadaridícula valla levantada, convirtiendo en grano todo muro erigido, a moler, a moler, a moler y así hasta escocer…

Te arrepientes imaginando, pero sin estar completamente seguro, el hálito de su cabellera que perfumaba el ambiente; su armadura reposada sobre tu pecho; y sus dientes, enseguida aburridos, buscaban donde anclarse.

Palpas tu carcasa senil y te lleva a la trayectoria que marcaba su cuerpo cuando se escurría deshuesada, dejando huellas de labios y labias por todas tus partes, en todas partes, como todas sus partes.

“Siempre estará”, confiabas.

Así que ahora, siente cada puyazo por cada segundo que anhelas ver su clavícula de nuevo; recibe las estocadas, a sabiendas que, no exhumarán las formas de sus orejas ya olvidadas o la curva de sus pezones que ni en sueños reconoces o el aroma de sus ingles; cúbrelo con espinas, pinchazo por pinchazo, tu viejo corazón, arrugado desgraciado cabrón, por fallar una y todas las veces que intentas recordar su sonrisa ingrávida contra el brillo de tu longevo orgullo recatado.