Yamala salió de su casa muy temprano, y como todas las mañanas fue al río a bañarse; era algo que disfrutaba al máximo, momentos lejos de todo y de todos, con la brisa aún cargando la frescura de la noche, el agua fría. Sin embargo, desde hacía ya algunas semanas, esa felicidad se había convertido en algo aún más intenso, algo que no tenía nada que ver con la intimidad entre ella y el agua.

La joven era considerada la más bonita de la hacienda; con sus anchas caderas y sus pequeños y respingados senos, a sus escasos veintiún años se había convertido en el deseo de muchos hombres y la envidia de todas las mujeres blancas del lugar. Su belleza no había pasado desapercibida para nadie, ni siquiera para los indios que rondaban en los alrededores de la finca.

Nabor, uno de esos indios, estaba maravillado con ella, y desde que la viera nadando completamente desnuda, había decidido que la haría suya a cómo diera lugar. No tuvo que esperar demasiado; dos días después, escondido entre los árboles, justo cuando se quitaba la ropa, le llegó por la espalda amenazándola con su arma.

En aquella ocasión había pensado violarla, hacerle lo que se le antojara, y largarse; no obstante, quedó sorprendido al ver que, más allá de asustarse y dejarse intimidar, se entregaba a él gustosa. Nunca supo si sabía que iría por ella, si lo estaba esperando, o si simplemente aprovechó la oportunidad para también saciar sus intensas ganas de un encuentro carnal. Fuese lo que fuese, esa joven mujer le había dado el mejor sexo de su vida…

Ahora, como esa primera vez, se escondió tras los árboles y la espió hasta que se despojó de sus ropas, y antes de que se sumergiera, salió de su escondite y alcanzándola la agarró por los hombros para girarla y besarla. La negra fingió resistirse y él someterla, era un juego que siempre hacían, un juego que los ponía muy calientes.

Las ásperas manos del indio bajaron de manera lasciva hacia sus nalgas estrujándolas, mientras chupaba sus tetas y mordía sus pezones; la muchacha echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos dejándose llevar por el placer.

En verdad le gustaba este hombre; macho, dominante, fuerte.

El indio se apartó para dejar que le quitara la ropa; con manos hábiles, lo despojó de su camisa y acarició su pecho llevando poco a poco la mano hacia su abdomen para después introducirla bajo el pantalón…

Más tarde, ambos salían del río, gotas que reflejaban los rayos del sol escurriéndoles. Sus caras mostrando la satisfacción de haberse entregado desenfrenadamente el uno al otro.

Yamala tendía las sábanas que acababa de lavar y cantaba alegremente recordando la mañana que había pasado con Nabor; su piel morena y reseca, la cicatriz que le recorría la mandíbula, su brusquedad, los orgasmos que tuvieron. Pero mientras extendía la tela en el tendedero, apareció de pronto el hijo del patrón interrumpiendo sus pensamientos; acercándose, la rodeó por la cintura.

Meses atrás, Agustín Santamaría se había obsesionado con la hija de la lavandera (ni siquiera sabía su nombre), porque, ciertamente, no había nadie tan sensual ni hermosa como ella. Era perfecta para desahogar sus cosquillas juveniles. El “Señorito”, como era conocido por todos, sabía que tenía todo el derecho de hacer lo que quisiera con la gente que trabajaba en su casa, después de todo eran propiedad de su padre, pero lo mejor que se le ocurrió hacer, fue seguirla y molestarla sin atreverse a solo llegar e imponerse como el dueño que creía ser de su existencia.

Tan infantil y pesado fue su comportamiento que la muchacha, ya fastidiada, lo enfrentó; con mirada dura y una voz autoritaria hizo que le dijera el propósito de sus tonterías, a lo que él intentó responder con altanería y desdén, mas las palabras no salieron de su boca; nunca habían estado así de cerca, podía sentir su respiración sobre la cara, el café de sus ojos paralizándolo, sus generosos labios amenazadores. Entonces, Yamala vio que comenzó a temblar, parecía como si en cualquier momento fuera a estallar en llanto, pero antes de que eso sucediera, se acercó y lo acarició en la mejilla. Lo miró sonriente y de pronto, con su lengua, le rozó los labios…

El gusto duró poco, sin embargo, lo repetían cada que les era posible.

Y esa tarde lo volverían a hacer. La llevó tras los montones de paja que se encontraban entre el campo y el granero, su mano cayendo tímidamente debajo de su cintura. Las horas posteriores de la comida eran el momento perfecto para que follaran, ya que los labradores aún se encontraban en el campo, las mujeres ocupadas en sus múltiples labores y la familia dormía la siesta.

En cuanto estuvieron fuera del alcance de las miradas, le acarició el pene por encima del pantalón, y tras unos minutos de frotarlo, se recostó en la paja y levantó su falda. Agustín vio como la negra hacia a un lado su calzón y sin poder contenerse más, fue por ella. La penetró desesperadamente, una y otra vez hasta terminar.

El Señorito era guapo, delgado, delicado, de ojos verdes y tez blanca, pero un pésimo amante, aún así le gustaba estar con él, lo disfrutaba; la excitaba en demasía tener a su disposición al hombre con el que todas deseaban desposarse.

Yamala llegó al río y vio a Agustín sentado en la orilla, sus pies descalzos dentro del agua.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó sorprendida.

Se levantó y comenzó a acercarse a ella.

—Vine por lo mío, hoy no puedo aguantar hasta la tarde.

La joven extendió un brazo indicándole que se detuviera.

—¿Cómo sabías que vendría?

Antes de responder, sonrió sarcásticamente.

—Porque te seguí; hace unos días te vi salir de la hacienda y me pareció extraño, entonces, sin que te dieras cuenta, fui tras de ti.

—No tenías ningún derecho de seguirme, ni tan poco de venir hoy. Esto lo hago fuera de la jornada y no te incumbe. Es mi tiempo libre.

—Todo lo que hagas me incumbe; tú y este río me pertenecen.

El ruido de pisadas entre las hojas los hizo voltear. Nabor había llegado.

—¿Y quién es este cabrón, negrita? —preguntó mientras se recargaba en el árbol más próximo.

Antes de que pudiera contestar, el joven intervino.

—No soy ningún cabrón, indio, soy el dueño de todo esto.

Agustín Santamaría no entendía nada del mundo fuera de la finca y suponía que todos los habitantes de la isla lo tenían que respetar y temerle por ser el hijo del patrón; pero estaba equivocado, a los indios no les importaban los blancos, esta siempre había sido su tierra y, a pesar de haber sido desplazados, nunca se dejaron intimidar. Mucho menos éste.

Nabor era un hombre temido por todos, la gente sabía, aunque fuera solo por rumores, que tomaba lo que se le antojaba a la fuerza y que incluso había matado a más de uno; esa mala fama y temor solo eran acentuados por el machete que siempre llevaba colgado al cinto.

—Mi dueño no eres, y esa… esa es mi mujer.

Yamala pasó su mirada de Nabor a Agustín, no sabía de qué manera podía reaccionar ante lo que acababa de escuchar.

—¿Tu mujer? Es solo una maldita esclava, pero ustedes qué entienden de eso si son unos salvajes ignorantes.

—Ah, qué gachupín tan pendejo. No sabes con quién te estás metiendo.

La muchacha agarró del hombro al Agustín.

—Espérate, Nabor, ahora lo convenzo de que se vaya.

—¿Nabor? ¿El que andan buscando los soldados? ¿El que le robó unos caballos a mi pa’?

—El mismito. Y ahora, es mejor que te juyas si no quieres que te mate —tomó su machete.

El Señorito pareció encogerse y sus piernas comenzaron a temblarle, sin embargo, hizo todo lo posible para mostrase valiente.

—No me voy a ir a ningún lado. Primero vamos a arreglar lo que pasa aquí —dijo con voz temblorosa. Sacó su cuchillo.

El indio sonrió, una pelea siempre era bienvenida. Pero la sonrisa se borró de su nada atractivo rostro cuando vio que la sujetaba a por el cabello y ponía la punta del puñal en su cuello.

—Párale. Esto es entre tú y yo, o qué ¿tienes tan pocos huevos como para esconderte tras las enaguas de una vieja?

—Pero si luego de cargármela también te va te tocar a ti —sonaba confiado, pensaba que el indio no haría nada mientras mantuviera amagada a la negra. Sin parecer importarle, Nabor comenzó a acercarse lentamente. Santamaría presionó más el filo contra la carne.

—¿Te metiste con él, negrita?

—No es lo que piensas, tenía que hacerlo, si no, hubiera buscado cualquier pretexto para azotarme.

—Mentiras, bien que abrías las piernas con gusto. Bien que te gustaba follar conmigo.

—¿Follar? Ja, ja, ja. No, güero, eso no es lo que hacías, eso estaba muy lejos de llamarse así. La jaló muy fuerte del cabello y pegó la boca a su oreja.

—Puta… puta… me hubiera quedado contigo y no serías más una esclava. Hubiéramos sido felices —sus ojos se humedecieron.

—En verdad que eres tonto, el señor nunca lo habría permitido —su voz era burlona, incisiva—. Imagínate, ¡la negra y el gachupín! Por unos momentos aflojó su agarre y con lágrimas de rabia le picó el abdomen con la hoja de metal.

—Desgraciada…

El machete salió volando de la mano de Nabor y atravesó el pecho del joven.

Agustín Santamaría cayó muerto al instante; mientras la negra apretaba fuertemente la herida tratando de contener el sangrado. El indio los miró a los dos, tenía que huir, había matado al hijo del hacendado más rico de toda la isla y pronto los soldados irían tras él; y no pararían hasta matarlo o, en el peor de los casos, capturarlo vivo para después torturarlo. Esta mujer no valía la pena, ahora se daba cuenta de eso; y pensar que se había enamorado de ella. Se fue corriendo de ahí…

Yamala estaba recostada en una lancha disfrutando de la calidez de la tarde, su cuerpo desnudo, hermoso. De pronto, sintió un movimiento brusco y el bote se inclinó levemente hacia un costado. Sonrió. Su hombre regresaba de nadar.

Cuando salió del agua la miró, contemplando su brillante piel oscura; la única imperfección que rompía con esa tersura era una cicatriz en su abdomen. Se acomodó junto a ella y tras decirle algo al oído se fundieron en un ardiente beso. La negra abrió las piernas invitándolo a que la tocara; el mestizo deslizó su mano deteniéndose por un momento en el queloide para acariciarlo, luego continuó hasta la vagina y comenzó a frotar; despacio, luego rápido. Ella movió sus caderas al compás, gimiendo cuando sintió que dos largos dedos se abrían paso hacia su interior…