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Me interno poco a poco en el bosque de las aventuras en busca de una frondosa figura, elijo cauteloso el cuerpo que más requiera de mi cariño; el arrayán se siente afortunado, extiende sus ramas y raíces, me abraza con ansias. Su corteza es suave, fría, invadida por la densidad de las nubes que golpean y se condensan sobre la diversidad de su textura. La elijo entre todas las variedades: el pehuen, el ciprés, hasta el pino andino; nos ven palpitar abrazados, disfrutando del encuentro, saboreando nuestros besos. Nos desvanecemos, así es como nos perdemos en el suelo fértil para dar nacimiento a otra especie.