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Imagen tomada de Pinterest

A pesar de que sucedió en mi adolescencia aún recuerdo muy bien esa tarde en que me enseñó su juego; tan inocente yo, sentado a su lado viendo una película, cuando de pronto me preguntó:

—¿Te gustaría que te enseñara un jueguito?

Tardé unos segundos en reaccionar, estaba absorto en esa escena donde la nave aterrizaba en un lejano y hostil planeta; la miré extrañado.

—Sí —respondí sin apartar la vista de la pantalla.

Sin esperar a que terminara lo que estábamos viendo, tomó el control remoto y apagó la tele.

—Quitate la camiseta.

—¿Qué? —estaba sorprendido de que me pidiera eso, por años habíamos sido los mejores amigos y jamás se me había pasado por la cabeza tener algo sexual con ella.

—Si no te la quitas no puedo enseñarte el juego —la observé tratando de encontrar algo que indicara cuales eran sus intenciones.

—Pero…

—Solo quítatela y ya.

Lo hice.

—Ahora voy a hacer algo y no quiero que te muevas, quiero que disfrutes —en su mirada vi una picardía desconocida para mí.

—¿Qué vas a hacer?

—Te voy a enseñar ‘el caminito de la felicidad’.

Definitivamente era algo sexual.

—¿Qué es eso? —le pregunté

—Tú solo relajate y ya verás.

Se acercó muy juntito y me sonrió. Sin apartar sus ojos de los míos colocó su dedo índice a la altura de mi pecho. De ahí, apenas rozando mi piel descendió muy lentamente. Milímetro a milímetro sentí su toque ligero y cuando llegó a mi abdomen mi pene comenzó a erguirse. Rodeó el contorno de mi ombligo haciendo un remolino con mis erizados vellos; en ese momento imaginé que bajaba el cierre del pantalón, sacaba mi miembro y lo metía en su boca, sin embargo, solo continuó bajando en zigzag entre el espesor de mi pelo hasta detenerse justo en donde comenzaba mi pantalón.

—Ese fue ‘el caminito de la felicidad’. Divertido, ¿no?

—Sí, mucho —dije con la respiración acelerada.

—Ahora te toca a ti —sin esperar a que le contestara se quitó la blusa, no traía brasier. Sin poder evitarlo volteé a verlas en todo su esplendor. Se acomodó quedando toda extendida en el sofá—, pero no vale salirse del camino, no importa cuantas ganas te den —me guiñó un ojo.

Seguí el mismo sendero que ella luchando en todo momento para vencer las ganas de besarla y acariciar sus tetas. Su reacción fue todavía más placentera que la mía; arqueó la espalda y gimió levemente. Cuando llegué al final de la línea abrió los ojos y me dio un beso en la mejilla.

—Qué divertido. Gracias. Cuando quieras podemos volver a jugar.

Así lo hicimos durante muchos años; en cuanto teníamos oportunidad recorríamos ‘el caminito de la felicidad’. Nunca nos dimos un beso, nunca ninguno de los dos pidió ir más allá, aunque supongo que siempre estuvo latente el deseo, nos contentamos con solo jugar el juego más divertido y erótico que he experimentado en la vida.

Blog del autor: Algún lugar en la imaginación.