Fotografía tomada de Pinterest.

Por: Diego A. Moreno Abril

[De sus suaves curvas, otrora toscas, mi lengua recorre esos bordes infinitos que necesito para despertar cada mañana, sabiendo que pronto todo acabará; acabará pronto…]

Pastaba en el atrio de Susana cuando ella llegó, desnuda, esbelta, con orejas puntiagudas. Ojos grandes con el fondo de un mar de jade.

La erección progresó hasta cuando mis cuernos desmogaron a un cabello oscuro, corto; la cabeza, viéndola algo pequeña, moderé su grandeza hasta que esta la vi perfecta. Un sátiro listo para echarse un rico polvo. Le sonreí, pícaro, porque sabía de sus presunciones, no por nada tragué de su suelo, saboreando su aroma de mujer importado a un material dicotómico.

Susana, ahí, se fijó en mi pene y se abochornó por mi exageración. Su dedo índice me convino a cambiar de apariencia.

Y lo hice de varias maneras, así de sátiro, espartano, escribano, dramaturgo, mandingo, beduino, hasta de su artista favorito… ninguno quiso. Tardé en asimilarlo. Reí, reí mucho, hasta que mis pechos cayeron, mis caderas se ensancharon, y mi altura se mantuvo.

Una melena oscura, más que la anterior, y una piel de broncínea, la más bella que pude elegir. Estábamos los dos, del mismo sexo, viéndonos de arriba abajo. No juzgó mis elecciones estéticas, porque ya le había parecido perfecto ver a otra vagina en el portal. Se acercó, con menuda cadencia, parecía bailar, dar brinquitos de una danza erótica del bosque, siempre mirándome con cara concupiscente, invitándome a ser el sacrificado protagonista de su religión pagana.


Quise morderla, pero me contuve. Esperé a que estuviera frente a frente a mí… y no lo hizo. Entró a su palacio, yo la seguí, molesto, porque ya sentía frío y me apetecía su calor. Entré hasta en la bañera de la entrada principal, que contigua a ella, se dividían dos escalinatas enormes, preciosas, de una madera cercana al marfil, con finas enredaderas que formaban a seres del bosque saboreando el oral, el coito y el anal.

Siempre tan detallista. Lenta, pero de lentitud bella, se metió como en un sueño en aquella bañera que emanaba vapor. Y me dijo que todo ya estaba hecho.

Ella se sumergió sin invitarme dentro. Supuse que el sexo no sería inmediato. Lo entendí. Este es el comienzo de lo que ya habíamos planeado, sin embargo, hubo un adelanto del cual no me avisó. Nada nuevo en Susana.
—¿Es broma o…?


—Ya lo he hecho. Suárez lo había identificado y lo tuve que eliminar.
No creí lo que escuchaba: eliminar es un verbo fuerte, no mi predilecto cuando se trata de una conspiración.
—Eliminar a su avatar, ¿verdad?


—No te hagas tonto. Eres igual que cuando supiste que alguna vez yo fui Gerardo, y ahora me amas como Susana. Entiende, no me gusta ser ambigua. Lo eliminé, lo maté. Tragué saliva, o eso simulé.


—Dices que lo identificó, y supongo que te refieres al código. También supongo que… no fue el único.

Su gesto, la de una mujer demonio. De nuevo la quise morder, follarla hasta que me implorara misericordia.


—Entonces —paso a paso, más cerca de ella—, no hubo otra opción. Te soy sincero, estoy algo nervioso, pero confío en ti.


—Haces bien —ella levanta una pierna desnuda, delgada, bien proporcionada, nívea.
—¿Y para cuándo el Día Final?


—Te he dicho hasta el cansancio que suena mal eso del Día Final —sus manos pasaban lentamente sobre su preciosa extremidad, como exprimiéndola de todo pecado—. Es mejor
El Renacimiento.


—Sí, como quieras. ¿Cuándo, pues? —apreté a mis dos pezones, hasta que se agrandaron el doble que el de ella; eran dos nueces bien medidas, hasta para mí deliciosas— Tardas en responder.

Vaya que lo hizo. Parecía una nereida, disfrutándose a sí misma; con movimientos suaves y bien medidos se compuso, acostándose sobre el agua, dejando que sus pequeños glúteos tocaran el aire, invitando a que me los coma sin piedad.


Y grité como feroz guerrera, lo cual le divirtió como nunca; corrí; brinqué; y el líquido se esparció por toda el área. Ya le estaba comiendo el coño como si se tratara de un acto de vida o muerte.
Muerte.
Vida.

Tánatos, Eros…
Su voz de hada, sus gemidos de ninfa…


Mis manos grandes, morenas, masajeando sus pechos bretones. Quise follarla como hombre, pero sabría sus consecuencias. Me mataría.

La piscina se agrandó, en un espacio sideral acuoso, donde ahora los dos podríamos tocarnos, arrebatarnos, sin que nos falten medidas espaciales, ni necesidad de respirar. El trémolo en su clítoris; su puntiaguda lengua figurando por los mejores trazos de mi coño.


Sublime. Sumamente sublime.


—Todo es más bello aquí, en este otro mundo, donde todo es permitido, donde podemos ser dioses —me lo dijo, y con más razón quise amarla, por siempre; seguí con lo mío, mientras ella suspiraba cada vez más fuerte—. Nos amaremos por siempre, para siempre.

Me voltee, en una pirueta, después mirándola cara a cara. La abracé, se dejó besar, nuestras lenguas hicieron la danza de los amantes que ya conocen sus sexos, y froté su vagina con todo el amor que sentí por ella; ella también me tocaba a mí. Delicioso. Me separé por un momento…, la vi sonreírme.


—Ya todo está hecho, te lo dije.
Confundo por la lujuria y el romance, reí creyendo que era una broma.


—Somos las Evas de la nueva creación, nuestra propia creación.
Me contuve. No supe si seguir. Fue un golpe frío.


—Estás diciendo que…

—Que ya todo está hecho. No lo quiero volver a repetir… —sus ojos lo decían, Susana sabía que este adelanto fue más apresurado de lo que esperaba— Mejor hazme el amor, como quieras, de hombre o mujer, o cosa, dejemos que el principio de todo sea–

—¡Espera! —la paré en seco.
—Por favor, hay que– —intenta abrazarme de nuevo, pero la empujé.
—No. No.
—Elián…
—¡No! —grité con todas mis ganas. No podía creerlo— ¡Eres una zorra inmunda!
—Di lo que quieras, pero cálmate.
—Tú… ¡no entiendes! Yo quise… Yo iba… —no podía decirlo, sentía tanta vergüenza,
tanta furia.
—¿Quisiste…? ¿Algo de ese mundo que ya estaba en sus últimos días?

—Sí —le confesé, a regañadientes. Todavía era la mujer morena que necesitaba para hacerle el amor a Susana—. Yo quería despedirme. De ellos. De mi familia.


Ella no lo entendería. Yo creí poder resistirlo como Susana, pero no. Ella no tenía a ningún ser querido o sangre de su sangre en lo que definiría como mundo real. Mi padre, mi madre, mi hermana… Alonso, don Sergio, mis animalitos… todos estaban a punto de irse a la nada, mientras me sería imposible conectarme de nuevo con ellos, con su mundo.

—Supuse de tu debilidad, por eso no pude hablarlo contigo, lo siento.


—¿Qué? —de nuevo, no podía creerlo— No entiendo. Pudiste esperarte, y tú, aparte de dar
más muerte–


—¡Tuve que hacerlo, chingado!


—Hacerlo. No sé cuánto tiempo quede con ellos, pero estoy seguro que había tiempo suficiente para terminar con lo mío. ¡Yo estuve de acuerdo con todo siempre! Sólo, sólo esperaba a que no pasara esto. Tal vez y ellos hubieran querido…
—No, nadie más, sólo tú y yo. Mierda. Ya me bajaste la libido.


Saqué todo el aire que no tenía por dentro. Y respiré hondo. Ya era demasiado tarde. Yo fui cómplice. Es algo que tenía que pasar… y pasó.


—Perdón, Elián.


No quise saber más. Recordar me hubiera hecho más daño. Estuve al borde de matarla,
quedarme solo.


—Dejaste la partícula abierta en el laboratorio —le pregunté.


—Sí, tal y como concluimos, Anuk despertó de inmediato. Tuve que correr a conectarme. Ya después te encontré pastando como cabra loca.


—Bien. Nadie podrá rastrearnos a este tiempo corto que les queda. Solamente un puñado de ellos caerán en cuenta de su terrible destino —por un momento, la nostalgia, algo tan grande que dejará de existir—. Maldita sea.


Me abrazó, esta vez no la alejé de mí. Lo necesitaba. Chupó mis dos pezones, lo cual me agradó. Fue un ligero alivio. Se lo agradecí apretándola entre mis alargados brazos. La vida en el planeta Tierra será neutra por milenios.


—Crearemos un nuevo mundo, Elián. Será nuestro. Propio, como los propios dioses que somos.

Suspiré.


—Lo sé, lo sé. Yo traje el genoma conmigo.


Levanté un brazo y abrí mi mano para enseñarle el genoma y sus esbozos luminiscentes.
Posó su linda cabeza entre mis pechos.

—Eres genial, Elián. Mi Adán, yo tu Eva…, y he ahí a nuestros hijos. La descendencia de poderosos inmortales —y me vio fijamente— de este nuevo mundo, demasiado real; mucho más que real, la verdadera trascendencia de nuestra especie, la consciencia que antes fue humana, ahora; Elián, veme a los ojos…; ahora, la de los propios dioses.

Quería verla como la asesina de toda la humanidad y demás seres vivos, incluyendo a mi familia. Pero no pude. El amor resurgió, y con ello, las ganas de follarla. La besé tiernamente, ahora como mujeres desnudas, amándonos.

Ella me hizo oral, hasta meter dedo y puño; me vine una y otra vez, hasta tomarla, abrir sus piernas, contraponer mi vagina sobre la suya, amándonos con fricciones perpetuas, ojos de placer, fluidos que alivian penas, deseos y cumplidos que suavizan a las asperezas; mientras, el mundo se acababa.

Lo supe, siempre supe que la vida es mejor acá. Por eso la amé, la amé intensamente, diciendo adiós a lo que fue y ya no será.