KARESSA MALAYA RAMOS AGUIÑOT

Mujeres fuertes, mujeres que se convierten en referente, mujeres que a diario escriben sus propios relatos. Ella es consciente de que la lucha de las mujeres racializadas en España debe ser una constante que rompa con la concepción de que la mejor posición para quienes hemos migrado, o nacido aquí a partir de la migración de nuestros antepasados, no es vista más allá de lo que a servidumbre y pasividad se refiere. Porque como siempre: “este no es tu país, aquí las cosas son diferentes, !no hay para nosotros y va a haber para ustedes¡…” 

Fotografía de archivo personal.

Karessa empezó a escribir a los ocho años, es hija, madre, hermana y trabajadora incansable. Consciente de que a las mujeres racializadas se les exige el doble, se aplica a fondo en comprender todos y cada uno de los círculos en lo que se mueve. Su elevada sensibilidad permite que en ella resuenen con fuerza una cantidad de sentimientos que potencian su imaginario a la hora de escribir, haciendo de sus poemas y relatos verdaderas bellezas. En la actualidad imparte el taller Visibles, espacio que surgió durante el confinamiento, y que ha seguido haciéndose aún más visible desde Espacio Muchas de Fundación entredós, con sede en Madrid, desde donde enseña a mujeres racializadas y migrantes a escribir desde sus emociones en un entorno seguro.

Desde 2020 colabora en su faceta más intima con este blog, y cuando le preguntamos: ¿ Crees que el sentimiento de las personas migrantes es importante a la hora de escribir? respondió: «Siento que sí. Sobre todo, cuando se trata de trabajar los sentimientos generados por el rechazo. A nivel individual, es algo que nos mantiene sin dormir porque normalmente tiene algo que ver con la manera con la que ganamos el pan de cada día, o una oportunidad para mejorar nuestras capacidades para, otra vez más, encontrar un mejor sustento de vida (todo esto, independientemente de si las personas que dependen de nosotras se encuentran aquí o allá). Por supuesto, a nivel colectivo, es una de las experiencias que nos une como aquellas “otras” personas en este país, una experiencia que produce un dolor y un malestar que acaba acercándonos y en muchas ocasiones, nos ayuda a crear una comunidad.» 

La carrera de escritora que sin saberlo emprendió durante su infancia crece a pasos agigantados, cada vez hace más presencia en diversos espacios, y uno de sus logros más importantes hasta ahora, es el de haber logrado: EL RELATO GANADOR DEL 2º CERTAMEN DE RELATOS DE MUJERES AMMU 2020 bajo el nombre de MALAKAS AT MAGANDA, que en castellano se traduce (Fuerte y hermosa). Un relato emocional, una historia que se remite a sus orígenes con una narrativa cercana y que te llena de esperanza.

«Ganar este concurso es muy importante para mí, porque aunque ya llevaba escribiendo desde los 8 años, siempre lo había hecho en Tagalog y en Inglés. Solamente llevo tres años (intensivos) escribiendo en Castellano y, siendo un idioma que aprendí con 13 años, tengo muy poca relación con él. No tengo la misma soltura ni la misma confianza cada vez que navego sus mares completamente extraños y novedosos para mí. Sin embargo, lo disfruto porque me permite jugar. Siempre digo que encuentro mayor facilidad para expresar mis sentimientos en un idioma con el que no me han hecho mucho daño. Imaginaos: todo el bullying, los insultos, las heridas, las broncas, las mentiras, las más grandes revelaciones de mi vida, fueron lanzados a través del Inglés y Tagalog. AHORA, es cuando estoy empezando a vivir una vida más consciente y también más libre, en Castellano.» comenta en su entrevista dada al portal AMMU con motivo del premio: https://mujeresuniversitariasmadrid.blogspot.com/2020/12/relato-ganador-del-2-certamen-de.html

Por esto y por más celebramos su obra. Desde MasticadoresEros deseamos a Karessa todo el éxito del mundo. Esperamos seguir participando de sus logros como escritora, como maestra de escritoras y como colaboradora de este colectivo que ya se ha convertido en familia. !Disfruten de su faceta más narrativa¡

MALAKAS AT MAGANDA

(Fuerte y hermosa).

 KARESSA MALAYA RAMOS AGUIÑOT 

Para todas nosotras.

 «Mamá, esta noche, quiero leerte una historia antes de dormir», propuso Aya mientras se metía dentro de las sábanas. «¿Ah sí? A ver, ¿qué historia es?», preguntó Luisa, su madre. «Es la leyenda de los tagalog, ¿los conoces?» respondió, sacando una hoja debajo de la almohada. Luisa se sorprendió mucho, pero disimuló y dijo: «¡Interesante! Venga, empieza». «Vale, cuando el mundo era joven… 

…el todopoderoso Bathala plantó bambúes, el primer bosque de bambú en la Tierra. Los sembró al lado de ríos y lagos para que conversen con las aguas, y así evitar las inundaciones. Día tras día regaba las plántulas y las protegía con cobertizos hechos de hojas de palma, para que ningún viento, ni ningún animal pudiera amenazar la supervivencia de los pequeños árboles. Pasadas muchas lunas, los bambúes crecieron altos y fuertes. Pero hubo un tallo que sobresalió y quedó más alto y más ancho que cualquier otro. Un tallo que causó mucha curiosidad entre los dioses. Pidieron ayuda a Mapulon, el dios de las estaciones. Él, por su parte, prometió que detrás de los monzones, llegarían las respuestas que tanto deseaban. Y así fue. Al marcharse las lluvias, llegó la estación de la cosecha y nada más asomarse el primer rayo del alba, se escuchó un sonido tan fuerte como un trueno, dejando una vibración que hizo temblar el suelo. Los dioses se bajaron del cielo y vieron cómo se había abierto el bambú gigantesco, revelando los primeros seres humanos. Llamaron Malakas al primer hombre, que significa «fuerte». Y Maganda, a la primera mujer, que significa «hermosa». Los dos procrearon, y llenaron el mundo de otras criaturas como ellos. Malakas, por su fuerza y astucia, se encargaba de proveer alimentos para su familia, y Maganda, por su entrega y amor incondicionales, fue la encargada de cuidar del hogar y de los hijos. Así vivieron durante cientos, hasta miles de años». 

«¿Qué te ha parecido, mamá? ¡No te duermas!». «Claro que no. Pero, ¡qué leyenda más bonita y más original! ¿De dónde la has sacado?». «La leí en internet». La madre se quedó en silencio. «¿Qué pasa mamá?», preguntó su hija tocándole el brazo, y despertándole de sus pensamientos. Finalmente, Luisa decidió contarle una parte del todo. Razonó que sólo es una niña de 8 años, y quizás ni se acuerde. Y si se acuerda, seguramente lo recordará como una versión más de esa leyenda. «Mi amor, es solo la versión más conocida de la leyenda sobre esa tribu, pero no es la verdadera». «¿Me cuentas la verdadera versión? ¿La verdadera de verdad?». «Vale, pero prométeme que después, te vas a dormir enseguida». «Te lo prometo». 

«El mundo era joven y aún quedaban muchos espacios por rellenar. Así que un día, la diosa Idinayale, rebosante de energía creativa, descendió desde el cielo y se sentó al lado de un río para pensar. El río, a gusto y agradecido por la visita de la diosa, empezó a hablarle de su soledad. Le contó lo triste que se sentía, sobre todo por las noches, cuando los pájaros y demás animales ya se habían refugiado en sus nidos y madrigueras. No quería seguir fluyendo incesantemente, sin compañía alguna, y por toda la eternidad. Idinayale sintió pena por el río y empezó a sembrar una planta especial: el bambú. A medida que la deidad veía los bambúes crecer, se paseaba alrededor de ellos, murmurando las palabras «Malakas, maganda… Maganda at malakas» (Fuerte, hermoso… Hermoso y fuerte). Esas palabras fueron oídas por las plantas que se deleitaban al saber que eran fuertes y hermosas ante los ojos divinos de su creadora. Idinayale no se sorprendió al ver uno de los tallos crecer más rápido y más alto que los demás, pero en ningún momento intervino, porque tenía un buen presagio sobre todo aquello. Un día, sin preámbulo ni preaviso, ese tallo se abrió, revelando la presencia de una mujer. Malakas maganda Maganda malakas, se llamaba. El río, viendo la criatura tan especial que emergió del árbol, sintió tanta pena por su futura soledad, que elaboró a otra criatura similar: el primer hombre apareció unos instantes después, lanzado por las corrientes. El primer hombre se encontró con la primera mujer. Los dos hicieron compañía el uno a la otra, la una al otro, procrearon y llenaron el mundo de seres como ellos». 

«¿Y cómo sabes todo eso, mami?». «Porque soy hija de una tagala, y tú también eres tagala». «Guau, somos mujeres de bambú».

2

Aya duerme tranquilamente, feliz de haber disfrutado de dos cuentos antes de dormir. Tal y como sospeché, no hizo ninguna pregunta sobre nuestro parentesco con los tagalog

Rápidamente, fui a buscar un bolígrafo y hojas de papel en blanco. No sé cuando le entregaré la carta que le voy a escribir, quizás mañana, quizás en 10 años, o quizás nunca. ¿Son 8 años suficientes para cargarle con el bagaje que llevamos, las mujeres de nuestra familia? Somos mujeres de bambú, sí. Pero mujeres malditas, también. Ese es el lastre que moldeó nuestra identidad, o la búsqueda de ella, desde hace mucho tiempo. 

Recuerdo lo triste que me puse cuando supe que iba a tener una hija. También recuerdo haber preguntado si es que no se iba a acabar nunca esta maldición. Deseaba tener un hijo. Un niño que salte, que corra, que se ensucie, que salga y entre cuando quiera. Un niño sería más libre y dando a luz a un varón marcaría el fin de una condena heredada. 

Hola mi amor,

No sé cuando vas a recibir esta carta, pero te la estoy escribiendo justo al quedarte dormida, después de contarme la leyenda de los tagalog. Si nunca te dije nada al respecto, fue porque pensé que todo aquello ya nos quedaba lejos, que ya estamos a miles y miles de kilómetros de distancia, en una tierra más próspera y avanzada, donde las maldiciones y supersticiones no son más que anécdotas. Quería alejarte de ese mundo, asegurarme de que nuestro pasado jamás te condicionaría. Pero ahora caigo: sería mejor contártelo todo, para que estés prevenida. Así, quizás puedas o sepas tomar otro tipo de decisiones. 

Intento no soltar la imagen de tu carita guapa y alegre, asombrada, al darte cuenta de que somos “mujeres de bambú”. Ese recuerdo me reconforta. Porque sí, somos de bambú. Ese es nuestro legado y nuestra maldición: simular al árbol, estar clavadas en un sitio, sin movernos de ahí; con el cometido de dar cobijo a quienquiera que nos lo pida, además de protegerlo y nutrirlo. También somos las encargadas de conversar con cualquier masa de agua que nos toque al lado, para impedir las inundaciones y catástrofes. Mientras tanto, estamos condenadas a ver cómo esas aguas se mueven, y fluyen por todas partes. Corrientes que de vez en cuando nos fecundan, para que de nosotras salgan otros bambúes u otras aguas. Pero muy pocas veces se quedan. Nos visitan, nos envuelven con promesas de eterno arraigo… para después partir y no volver, mientras nosotras resistimos a merced del sol, las lluvias y los vientos. Las mujeres de nuestra familia que obedecieron ese destino vivieron felices. Pero las que resistieron a cumplirlo fueron duramente castigadas. ¿No me crees? 

Mi tátara-tátarabuela dejó a sus hijos en la montaña, al cuidado de otro familiar, para buscar a su marido que se fue con los que se rebelaron contra los colonizadores. Con el tiempo, terminó formando parte de la misma rebelión, y era una de las más intocables porque tenía una puntería exquisita. No tengo su nombre, ni su apellido. Pero sé su apodo: Hunyango, que significa «lunar», por el lunar en su pómulo, muy similar al de mi madre, me imagino. La suya es esa clase de historia que se pasa de boca en boca, sobre todo los domingos, después de las peleas de gallo; y cuando ya no hay nada más con qué emborracharse, los ebrios se juntan para revivir los recuerdos de sus antepasados. Es un espectáculo digno de ser disfrutado, donde hombres, cegados por el aguardiente, alaban a mujeres que nunca conocieron, llamándolas por sus apodos de guerra, admirando su coraje, hasta el punto de pelear entre ellos por querer ser el que más sabe sobre “Sakong”, “Bakya” o “Tinang”. La pena es que esa tertulia siempre acaba con la misma frase: «Un día, unos vecinos descubrieron el cadáver de Hunyango, tirado en el fondo de un barranco. Estaba abierto desde la garganta hasta el pubis, y en su interior, alguien había colocado una muñeca de madera. Su mano derecha sujetaba una sartén». 

Luego está mi tátara-tía. Beatriz, se llamaba, y al quedarse viuda a los 30 años, abrió su casa a soldados rebeldes, ofreciéndoles techo y comida. Los escondía en el granero mientras recibía a políticos (colonizadores) en su casa, para hablar de propiedades y negocios. Año tras año, durante la noche de Todos los Santos, los descendientes de los soldados ayudados por Doña B visitan su tumba en el cementerio. Comparten lo que sus familiares les habían contado, y pronuncian agradecimientos que suenan a oraciones. Siempre con una ofrenda generosa de flores y velas perfumadas, cuentan cómo Doña B ayudaba valientemente a todo aquel que le pedía un lugar para esconderse y recuperarse de las heridas, el hambre, la deshidratación, y otros dolores de la guerra, incluso la tristeza. Dicen que ella les visitaba y les hacía compañía, contando anécdotas y cotilleos por las noches. Un año, mis primos decidieron trasladar el cuerpo de Beatriz para enterrarla junto a su familia paterna. Al abrir el ataúd, descubrieron marcas parecidas a arañazos en la parte interior del féretro. Fue enterrada viva. 

El caso de la prima de mi bisabuela es diferente. Existen registros sobre ella pero, irónicamente, es de la que menos se sabe. Iluminada Sumilang fue arrestada por las autoridades tras escupirle a la cara a un hombre blanco cuando este le pidió matrimonio. Su dinero y buena labia le salvaron de pasar tiempo en el calabozo aunque, según otras personas, su pretendiente le disculpó ante el juez y por eso se libró del castigo. Desde que su padre y su hermano mayor se juntaron con los paramilitares, se quedó labrando y defendiendo la pequeña finca familiar ante todo tipo de usurpadores. No dudaba en apuntar su arma a quien le amenazaba con quitarle sus tierras, ganado o cosechas. Esa mujer dormía con una escopeta al lado y siempre llevaba una navaja atada a la ropa interior. Un día, no volvió del campo. Había desaparecido sin dejar rastro. Los que se atrevieron a entrar en su habitación solo vieron su navaja y su calzón ensangrentado.

***

Así fue como acabó la carta de su madre. Era evidente que faltaban páginas, pero supuso que tanta mudanza acabó por traspapelar muchos documentos, incluidas las partes faltantes de esta carta. Después de todo, han pasado ya 20 años desde que la escribió. Aunque según el sello de envío, la depositó en la oficina de Correos dos días antes de irse a lo que suele llamar «misión en terreno». Esta vez, dijo que estaría incomunicada durante más de un mes, sin poder escribir ni hablar. 

Aya reflexionó sobre el tema, y pensó en la leyenda de los tagalog. Al fin y al cabo, pura sangre tagala corre por sus venas y, con más curiosidad que creencia en maldiciones heredadas, tomó la decisión de completar la lista de esas mujeres bambú: su bisabuela, su abuela, su madre y ella misma. 

Compró un billete de ida a la tierra tagala. Contactó la familia de su madre con la ayuda de traductores profesionales como ella. Pudo encontrar lo que buscaba fingiendo ser una periodista interesada en hacer un reportaje sobre mujeres de la época poscolonial. 

3

«La Mestiza» era el apodo de su bisabuela. A diferencia de las generaciones anteriores, pudo vivir en un país en paz. A sus 19 años, los colonizadores ya se habían marchado y tanto ella como el resto de los supervivientes tuvieron la dicha de no tener que preocuparse por asaltos nocturnos, desapariciones de conocidos, o matanzas en el vecindario. También, el país empezó a respirar tranquilamente porque, por fin, las mujeres ya podían empezar a comportarse «como es debido»: mantenerse hermosa, como Maganda, la primera mujer, ser cariñosa, obediente, fiel y tener harto temor al Señor. La Mestiza cumplía con todo aquello. 

El día que Don Berto posó los ojos sobre ella, empezó otra guerra, pero esta vez, en el corazón de la muchacha. Era durante una misa que el viudo encargó para conmemorar la muerte de su esposa. Don Berto, un importante terrateniente, congregó no solamente a sus familiares, sino que también dio el día libre a sus jornaleros para que pudieran rendir homenaje a la difunta madre de sus hijos. Lo más extraordinario de todo era la normalidad con la que sucedió todo: habiendo terminado la misa, todos los asistentes se acercaron uno a uno al enlutado para presentar sus respetos. Entre ellos, La Mestiza, con su pelo negro, largo y ondulado como el mar en la noche, sus ojos almendrados, de color café. Tenía una mirada desafiante, como si hiciera evidente a todo el que la miraba que estaba allí sólo por obligación y que preferiría estar en cualquier otro lugar. Cuando le llegó el turno para saludar, el viudo aprovechó para agarrarle la mano más tiempo de lo normal, y la joven, al sentir un tacto humedecido por el sudor frío, se retiró rápidamente. Asustada, salió con pasos apresurados hacia la puerta, apenas dando tiempo a su amiga para alcanzarla. 

Acabó casándose con el viudo, más que nada porque su padre prometió su mano a Don Berto, e insistió que así sería aunque se quedara solo con «una de sus manos». La Mestiza accedió, pero desde el primer día, prohibió a su marido caminar a su lado, obligándole a ir detrás, con un mínimo de diez pasos de distancia. Esa era la primera batalla que ganó. La segunda, fue reñida y vencida a espaldas de su esposo: este nunca supo que su segunda mujer hacía circular de contrabando unos libros prohibidos por la iglesia. La tercera la ganó porque simplemente vivió más que él y, antes de morir, pudo presenciar cómo su única hija recibió el título de enfermera. La primera y hasta entonces única mujer en su familia que pisó la universidad. Esa era su abuela, Evarista Mapalad. 

Evarista conoció a su marido jugando al mah-jong en un falso velatorio. En su pueblo, las casas se turnaban a organizar este tipo de encuentros para ganar dinero. Los anfitriones aquella vez ni siquiera se preocuparon por simular la existencia de un cuerpo muerto en el ataúd. Lo máximo que hicieron fue colocar una sandía encima de la almohadilla, que un apuesto joven ganó como premio en dicho juego. Ese hombre vio a Evarista y se quedó prendado del lunar en su mejilla. Así tal cual se lo confesó, y la pretendida no tuvo más remedio que rendirse ante una mirada envuelta en el olor de las velas, el bullicio del público, y el tac, tac-tac, tac de las fichas. Se casaron y juntos tuvieron dos hijos y dos hijas. Por su parte, su marido tuvo un par de hijos más de otras dos mujeres más. No se supo si esa era la razón por la que Evarista le echó del domicilio conyugal. El caso es que un día de verano, el infiel encontró todas sus pertenencias formando un montículo fuera de su casa, entre ellas, su juego de mah-jong. Sin despedidas ni llantos, este se fue y nunca más se escuchó hablar de él. 

Poco a poco, la nueva cabeza de familia tuvo que ir vendiendo las joyas de La Mestiza para pagar las deudas acumuladas con las abarroterías del pueblo. Eso sí, logró que todos sus hijos terminaran estudios superiores: dos ingenieros, una enfermera y una maestra. Toda una hazaña de toda una vencedora. Sus hijos la mimaron y la trataron como una reina hasta su último día con vida. A la excepción de Luisa. 

La madre de Aya. Esa fue la indagación más dura y la que más coraje le exigió. Fue la única persona de su familia que retomó la lucha desde que se fueron los colonizadores. Pero no combatió contra personas, sino contra la ignorancia. Se hizo maestra. Al principio, Evarista estaba contenta, porque por aquel entonces, las profesoras, junto a las enfermeras y administrativas, eran “buen partido”. Pensaba que con lo guapa que es su hija, siendo profesional, y sin el peligro de intimidar a pretendientes, conseguiría un buen marido con quien formar una familia —una garantía de futuro. Pero Luisa siempre quiso ser profesora para enseñar niños que no pueden ir al colegio. La matriarca, pensando que era un idealismo pasajero, dejó de imponer su idea, convencida de que la más joven de sus hijas cambiaría de opinión con el paso del tiempo. Pero se equivocó. Coincidiendo con los primeros años de la dictadura, recién sacado el título de profesora, Luisa hizo la maleta y se fue para la sierra del Norte. Evarista estaba furiosa y le ordenó a no volver jamás. 

Contrario a los cotilleos, su madre nunca empuñó un arma. Durante toda su estadía en la sierra, solamente enseñó a leer, a escribir, a sumar y a restar. Entre ese capítulo de su vida y el fin del régimen militar, se quedó embarazada y dio a luz a Aya. Nunca habló de su padre. Pero un íntimo amigo suyo dio de entender que murió en una redada de militares antes del nacimiento de la niña, con la que Luisa recorrió el país casi entero. Nunca estuvieron más de cuatro años en el mismo lugar. Es muy probable que en cuanto descubrió que las mujeres de su familia estaban malditas, Luisa quiso desafiar el destino viajando por todas partes, sin echar raíces en ningún sitio. Parece haber encontrado la batalla que pretende ganar. 

***

Aya cerró el cuaderno donde tenía guardadas sus notas sobre las mujeres de su familia. Se quedó mirando el callo y la mancha de bolígrafo en su dedo anular. Sonrió, pensando que a diferencia de sus antepasados, no posee más belleza que la que refleja su escritura. Como traductora, hila puentes de entendimiento entre personas que no hablan el mismo idioma, quizás similar a lo que hace el bambú cuando conversa con las aguas. Hasta ese momento siempre se había sentido en paz con su vida, pero ahora, se veía con sus 28 años, sosteniendo el balance entre la persona que intenta encajar, y la que anhela ser libre y deambular por todas partes. Se dio cuenta de que se siente bambú y agua al mismo tiempo. Quería echar raíces, pero también recorrer y rellenar todo tipo de espacios y rincones. 

4

Querida mamá,

Pienso en nosotras como un bosque de bambú. Imagino las aguas que nos rodean, que fluyen, que se estancan, y otras que se secan. Pienso en el incansable meneo del viento caprichoso, capaz de sacudirnos de un momento a otro. Pienso en Malakas, pienso en Maganda, y después de haber conocido ligeramente las historias de nuestras mujeres bambú, ahora comprendo que no hay maldición. Sí, vi donde encontraron a Hunyango, visité la tumba de Doña B, pasé por donde se encontraba la antigua parcela de Iluminada, vi una foto de La Mestiza… Pensé en ti y en mí. Que todas somos Malakas Maganda al mismo tiempo. Las del pasado, nosotras en el presente, y las que nos sucederán en el futuro, empezando por la criatura que llevo dentro. Nuestro encanto proviene de nuestra fuerza, cautivadora. No hay maldición, pero sí, un regalo de fortaleza, belleza y vitalidad que el resto intentó encerrar. 

Como el bambú, bailamos al son del viento, aguantando hasta el más movido, el más escandaloso; damos cobijo a quien lo precise, alimentos a quien los necesite, sombra cuando el sol abrasa. Somos fuentes y guardianas de vida. ¿Sabías que el bambú es tan fuerte que se usa para construir casas? ¿Pero a la vez tan liviano que también sirve para hacer balsas? Que flotan y transportan, acercan y alejan… también he visto bambúes convertidos en lanzas. Que hieren. Pero sobre todo, como descendientes del bambú, poseemos el poder para calmar cauces revueltos y mareas enrabiadas, o incluso para cantar con la brisa y aligerar la soledad que le pesa al río. 

Tu plántula, Aya. 

KARESSA MALAYA RAMOS AGUIÑOT

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Karessa dice:

    Muchísimas gracias por este espacio tan lleno de cariño y cuidado por nuestras letras, entidades y creaciones.¡ Un abrazo fuerte!

    Le gusta a 1 persona

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