Salgo del escondrijo con olor a sexo. Muchos días, muchos polvos. Ni el alcohol ni los cigarrillos atenuaron el aroma de semen y vagina. Este es el primer día que me aventuro al mundo que está afuera, esperando una señal para no volver a la caverna del sexo; pero veo suciedad, jeringas y un hombre posiblemente muerto en el pasillo. Tenía dos noches más rentadas, y quizás otra, si me quedaba en el cuarto y no pagaba la cuenta y me iba.

Oh, Roxana todavía está ahí dentro, dormida, o semi-despierta, pensando en el hombre que no folló ayer por la noche. Ana ya se había ido, tal vez a trabajar lo último que quedaba de su jornada. Pienso. Pienso. Tal vez exista después. Y…

Me divorcié para disfrutar todo lo que no se me permitió saborear, ¿no? Por eso vuelvo, abro la puerta: la fragancia vaginal, el semen desperdigado, que no era solo mío, ahí, en el suelo, en el taburete, hasta en el televisor. Qué obra de arte; la apoteosis sexual de un cuarentón divorciado y empecinado de poner en riesgo a su vida todo el tiempo. Lo bueno que estoy armado…, mi San Benito de los seis casquillos, y un cañón que da muerte. Y mi verga, hinchada, tanto del uso y del circunstancial placer.

Como supuse, Roxana está ahí, recostada, viendo otros espacios que no me podía compartir. Ahora se fija en mí, mientras froto a mi miembro. Me llama por Alonso, mientras soy Pedro. Le sigo con su historia, quitándome de nuevo mi abrigo, manchado de líquidos pecaminosos. Dejo el revolver en el taburete más cercano.

Tomo la botella del último champagne, bebo lo que resta, me desabrocho lo necesario; aquí estoy, de abajo hacia arriba, dándole aliciente a mi bulto que pronto penetrará el coño de una triste enamorada… un reflejo mío, que ahora es mi compañera de dolor. Me dice “Ven, Alonsito, ven, que ya urjo de ti; siempre te espero y por eso me toco antes que llegues”. La compadezco. Yo también tengo un nombre en mi cabeza, pero del cual no quiero recordar.

Por eso la fornicación, constante, como nepente de todas las pendejadas que he cometido, de dos hijos que posiblemente nunca más veré con mis propios ojos. Qué fastidio. Pero qué alegría echarse un polvo para olvidar.

Entonces, me abalanzo, pene erguido, y caigo lentamente, directo a los labios de Roxana, ella ya preparada con media lengua hacia afuera. Nada de besos, nos succionamos las bocas; le muerdo los labios; gime entre nombres distintos, ninguno mío; jalo su cabello, ella el mío; hasta que me atrae a sí misma, toma mi pene, y ella misma lo guía hacia su peludo coño; la penetro por inercia, fuertemente, como a ella le gusta; siguen más Alonso’s o Miguele’s, yo simulo ser el caballero que se le ocurra, pidiéndome que sea un rufián desde el comienzo, dando duro, dando rápido, frenético por penetrar y bombear sus líquidos vaginales.

Esta vez siento que puedo durar más.

Así que no paro, ella me lo motiva.

Gemidos, gemidos; alaridos.

Yo también comienzo a gritar, siento que me vengo, pero no lo hago. Algo sobrenatural detiene mi eyaculación, hasta nuevo aviso. Ignoro al vecino que golpea fuertemente la pared contigua, para callarnos, o tal vez para echarnos porras. No sé. Estoy dándome un buen polvo de madrugada.  Ella para abruptamente. Dice algo que le falta algo y de su bolsillo saca otra de sus pequeñas bolsas que la aspira y después me da el resto.

Se siente tan bien que mi vitalidad reinicia sus esfuerzos. Roxana me toma con más enjundia, clava sus uñas a mi espalda, la cual sangra de nuevo, ya con cicatrices recientes, y la penetro alzando sus piernas, para entrar más y más adentro; los fluidos blanquecinos salen, no son los míos, sino de ella; sus ojos pierden el iris, quizás esté en otro mundo, en el umbral del placer, o, en efecto, viendo a su siempre amado Alonso.

Yo, Pedro, olvido el tiempo, borro el espacio. Viajo.

Por un momento estoy con ella, Penélope, a sus veinte, yo también, más joven, e inexperimentado; veo a sus ojos fijos, amorosos, complacidos por el coito torpe que le doy, pero lo siente como si fuera el mejor de todos los que ha tenido. No deja de mirarme, ni yo a ella. Estamos extasiados por el amor que nos teníamos, no por las meras ansias de nuestros sexos.
Gira la cabeza hacia arriba y grita:
—¡Alooonsooo!
Roxana está temblando; no, son espasmos, convulsiones que por un momento me preocupan, sin embargo, es obvio que ha entrado en un clímax el cual pronto yo estaré por llegar. Y prosigo en penetrarla, darle todo, hasta que ya no pueda más y…
La puerta cae, las balas se lanzan.
No siento nada, ni temor, sólo un pene adolorido.