Tacones puntiagudos, altos y peligrosos, calcetas largas que suben por encima de las rodillas llegando hasta la mitad de mis muslos, y bragas de encaje negro que sostienen la demasía de mi voluptuosidad escondida debajo de aquel vestido vino tinto.

El baile comenzaba en cinco minutos…

Fotografía tomada de: Pinterest.

Estaba algo nerviosa porque sería mi debut como bailarina de Pole dance, un nuevo servicio para incrementar las visitas. El público se hacía cada vez más pequeño y era necesario contentar a la clientela que hasta ese momento había sido fiel al local.  Esa noche el salón cabaret estaba atestado de hombres, la mayoría buscando desahogar sus fantasías en una relación espontánea, deseando acompañar soledades afectivas, “escapando de lazos emocionales que no existen en lugares como este”, o eso pensaba yo hasta ese momento….

La música sonó, me dejé llevar por mis instintos deslizándome tan suave, tan dulce…el baile enardecía mi cuerpo moviéndolo con ritmo, me estaba gustando mi nueva faceta. Mis caderas rozaban la barra de metal mientras mis ojos miraban hacia el público con el deseo propio que se le imprime a este tipo de trabajo. Me despojé sutilmente del vestido, enseñándoles los encajes que llevaba puestos solo para ellos.  Me monté lentamente al tubo de pole, y comencé abriendo mis piernas, cerrándolas paulatinamente, friccionando mi sexo contra la dureza del acero, sintiéndome mojada y muy excitada.  Estaba feliz de sentirme diva, admirada por muchos pares de ojos masculinos expectantes ante mi desnudez. Podía notar la energía en el cruce de nuestras miradas, intuía sus falos palpitantes esperando por mis caricias después del show. Los aplausos, risas y la algarabía en torno al espectáculo no se hicieron esperar, mi debut había sido un éxito, todos los allí presentes me felicitaban ansiosos; más de uno pidió pasar la noche conmigo, sin embargo, alguien había llamado mi atención. Jamás había visto a ese hombre, me deleitaba con solo mirarlo, mi cuerpo quería acercarse a él y probarlo. Me acerqué despacio, en mi mano un trago de ron, y mientras jugaba con mi pelo sudado, enredaba mis dedos entre sus hebras buscando que sus ojos se fijaran solo en mí.  Estando de frente con la mirada fija me preguntó cuánto costaba una noche de placer, le di el precio, y sin rodeos… Del ron al polvo comenzó la historia…

La noche se acabó, no quería cobrarle, sentí una deliciosa novedad que ardía como un volcán deslizando mi humedad hasta la entrada de mi sexo.  Gemimos ahogando nuestros labios y acallando murmullos.  Sentí la vibración de su pene dentro de mi sexo, entre tanto sus dedos se perdían lentamente por entre mi selva húmeda, pulsando el botón de la flor que se abotargaba. Me besó lento, profundo, penetrando su lengua sin recato ni mesura. Cambiamos de posición como dos bailarines ante una coreografía conocida. Interpreté melodías con su flauta, su liquido blanco anunciaba el placer que dentro de él se había cumulado. Acompasamos los ritmos corriéndonos en un alarido que quebró la noche. Desde que cruzamos miradas, copas y fluidos aquella noche en el bar, nuestros encuentros se arraigaron en las entrañas de una pasión infinita como una mala hierba.  

Iván se refugiaba en la intimidad de la habitación, todas las noches quería verme, escurriéndonos en ese amorío intermitente por el que él ya no pagaba. No me apetecía cobrar por lo que me hacía sentir viva. Por otro lado, Iván Tiene esposa y yo no tengo el criterio ni el derecho para reprocharle, mucho menos si trabajo en esto. Me muevo en los caminos de lo oculto, aceptando sin objeciones.  La última noche que pasamos juntos sincronizamos nuestros orgasmos intercambiando te amos, sabía que era la despedida, le dije que no podíamos seguir viéndonos e inventé una historia que ni yo misma me la creo…

La verdad es que no podíamos seguir viéndonos, no podía. No volví a saber nada de él, no correspondo a sus llamadas, ni a sus mensajes. Iván cree que estoy en otra ciudad a causa de una calamidad familiar, hace más de un año me hice una prueba y en ella detectaron una enfermedad contagiosa; tengo el VIH, en etapa final, SIDA. Por eso hace un tiempo antes de que él apareciera dejé de acostarme con los clientes, pero… no fui capaz de decírselo, con otros hombres era diferente, les decía que no podía estar con ellos, devolvía el dinero y me alejaba. Con Iván no fue así, al final nos fuimos enredando y perdí el control. No me pude negar, ahora a él no puedo devolverle la vida…