La imaginación desempeña un papel fundamental a la hora de escribir poesía o relato erótico. El arte en todas sus representaciones es propicio para el desarrollo del poder imaginativo que nos aleja de la realidad, a veces monotemática, para hacernos adentrar en el mundo de los símbolos y de los sueños que se fijan en las emociones de la carne…

Sin duda alguna, cuando la imaginación está predispuesta a explorar la función evocadora de las palabras y el uso de los símbolos, a partir de una visión amplia de un imaginario fusionado con las sensaciones más despiertas, descubrimos una cantidad de emociones que no creíamos posibles, o que pensábamos desaparecidas por distintas circunstancias y momentos de la vida. Leyendo a Octavio Paz, he aprendido a ser leal a mi instinto retador, a la manera en la que configuro mis escritos y a cómo me siento al respecto.

Está claro para mí, que, cuando se hace la luz, fluye con naturalidad la palabra escrita; las mismas palabras de siempre, que en consonancia con las cosas del acontecer diario en un contexto más íntimo, iluminan a la gente y al entorno, atrayendo un hermoso baile lírico que cuando es colocado en cierto orden, y a un ritmo especial, abre la brecha de ese algo que nos sabe diferente. Es como una receta a la que estamos acostumbrados y a la que de repente se nos da por agregarle una que otra cosa de manera distinta, trayendo un salivar placentero; sabores excepcionales que lo invaden todo, dilatando nuestras pupilas de gusto.

Me gusta el uso metafórico que me desprende de lo imposible, haciendo que el hechizo de lo erótico se fije de manera distinta a unas manos ávidas de inexorable placer. La palabra escrita me ha dado la libertad de decir lo que siento y pienso desde el respeto. He tenido que aprender a hilvanar la avalancha de emociones que me inundan a diario para no traspasar la barrera de lo sutil, intentando contar historias y deseos de cama con cierto gusto por una estética afilada y dulce a la vez. Me gusta sentirme atraída por personas, cosas, olores y sabores que me invitan a descubrirme desnuda y ante un espejo de supersticiones prosaicas que me envenenan de lo bueno.

“La relación entre erotismo y poesía es tal, que puede decirse sin afectación que el primero es una poética corporal y que la segunda, es una erótica verbal. Ambos están constituidos por una oposición complementaria. El lenguaje- sonido que emite sentidos, trazo material que emite ideas incorpóreas- es capaz de dar nombre a lo más fugitivo y evanescente: la sensación. A su vez, el erotismo no es mera sexualidad animal: es ceremonia, representación. El erotismo es sexualidad transfigurada, metáfora. El agente que mueve lo mismo al acto erótico que al poético es la imaginación. Es la potencia que transfigura el sexo en ceremonia y rito, al lenguaje en ritmo y metáfora. La imagen poética es abrazo de realidades opuestas y la rima es cópula de sonidos; la poesía erotiza al lenguaje y al mundo porque ella misma, en su modo de operación, es ya erotismo. Y del mismo modo: el erotismo es una metáfora de la sexualidad animal. ¿Qué dice esa metáfora? Como todas las metáforas designa algo nuevo que está más allá de la realidad que la origina, algo nuevo y distinto de los términos que la componen. Si Góngora dice “púrpura nevada”, inventa y descubre una realidad que, aunque hecha de ambas, no es púrpura ni nieve. Lo mismo sucede con el erotismo, dice o, más bien: es, algo diferente a la mera sexualidad.”

OCTAVIO PAZ. “La llama doble”

Quinny Martínez Hernández