Fotografía tomada de: Pinterest

Recuerdo…

tu pálida piel acongojada

a la espera de mis trotes

de hombre,

pero cuál cuerpo bello

tuve miedo de herir,

si domarlo…;

pensé en parar la hazaña,

empero,

te dejaría deseando roces,

cuando ambos anhelamos

de nuestros cuerpos el infinito goce.

Pues domásteme tú,

amazona del placer,

que no me apena,

ni empequeñece mi masculinidad.

Jadeaste con tu sonrisa

de cómplice…

confiaste en mí,

te tomé,

[¿o tú me atrajiste?]

y te di poco,

[¿o tú me enganchaste?]

luego más,

después todo,

[me lo suplicaste]

así tus ojos blancos selenes

en trance;

el vapor de versos nunca escritos;

nuestros anhelos amorosos en sudor

agridulce;

los te amo, los te odio;

el partido de fútbol que no vi;

canciones del ayer y ahora;

los te amo, los te odio que nomás no nacieron;

las ganas de ser más hombre;

el partido político que no ganó;

la vuelta a la realidad de tu exasperación,

tus curvas trémulas,

y los gemidos,

y las risas…

y el grito de victoria de los dos amantes.