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Los dueños de la casa mayor han organizado durante décadas, ‘La Noche de Placeres’ un encuentro de almas libres, enamoradas de la sensualidad del cuerpo; encuentros en los que el sexo se conjuga con el deseo para hacer posibles fantasías que se llevan en secreto, en todo caso, para vivir sin ataduras la lujuria que les habita. Durante esa noche los anfitriones agasajan a los invitados con fuentes llenas de frutas exóticas, sabrosos manjares y exquisitos chocolates. Particularmente, hacía poco que había vuelto a la ciudad de un largo viaje, y como la gran celebración se avecinaba, decidí conservar mis energías para el festejo. Ansiaba la cercanía de una mujer; hacía meses que carecía de ese tipo de encuentro, y por fin daría lugar a todos mis deseos contenidos.

Recuerdo haber llegado a la casona; la antesala estaba iluminada por velas en lujosos candelabros, hombres y mujeres estábamos vagamente divididos por un biombo japonés que distraía con siluetas a contraluz. Allí teníamos incontables prendas: calzado y alhajas con las que sacar el máximo provecho a nuestros dotes. Estaba escogiendo un par de mocasines clásicos, cuando por los límites del biombo, una hábil pierna comenzó a mostrar sus curvas, dando un efímero espectáculo de sensualidad. El silencio delataba a quienes observábamos…

En el lado donde me encontraba, unos invitados hacían ejercicio para acentuar sus músculos, algunos susurraban técnicas, y sugerencias, mientras muchos otros cruzábamos sonrisas cómplices, afortunados de hacer parte de una noche como esa, en las que el deseo no se avergonzaba de nada, y cualquier cosa podía pasar… en los vestuarios había piezas de cuero, algodón, seda, metal, plumas y terciopelo; tomé una camiseta rosa, sedosa y brillante, un talle más justo para resaltar el contorno de mi figura, que, además, tenía un generoso escote que mostraba los vellos de mi pecho, prenda que acompañé con un bóxer apretado que le combinaba perfectamente. Previamente me había untado con aceite de lavanda, y rocié sutilmente un manjar perfumado detrás de mis orejas y cuello. “Cuando veas que está a gusto contigo y vos quieras dar el siguiente paso, acercate a ella, sonreí confiado, mirara a los ojos e incliná la cabeza mostrando el cuello. Quedate unos segundos ahí, sintiendo la atracción, y verás que, en un momento, ella va a respirar hondo para disfrutar del aroma de tu piel, y antes de que exhale avanza, será fantástico…” mi padre sabía lo que decía…

Los que estaban listos avanzaban por el pasillo a la sala principal, y antes de salir de entre el biombo, justo al llegar a la puerta, se veían instantáneas de lo que viviríamos en adelante. Fantasías fugaces de lo que sucedería en instantes daban volumen a mi miembro despierto a través de la ropa interior.  Tomé aire, escuché risas y comentarios que salían hacia donde me encontraba, y el silencio que quedó, me dijo que era el momento. Ordené mis cosas, terminé de peinarme, me miré de arriba abajo en el espejo, y asentí a gusto conmigo mismo. Agarré un par de pulseras doradas y me puse una cadena de plata en el cuello para dar el toque final, estaba listo para darlo y recibirlo todo…

Recorrer ese pasillo era atravesar el portal de lo mundano para encontrarme con lo exótico, de lo terrenal a lo onírico; era dejar atrás la rutina para entrar en lo atemporal. La luz baja y la música en ascenso. Lámparas extrañas de rojos y azules iridiscentes, prometían intimidad en cualquier sitio. Los parlantes escondidos detrás de los muebles, invitaban con sus sonidos amorfos y seductores, a sumergirme de lleno en la experiencia. Mis latidos se incrementaban e intenté calmar mis apuros respirando suavemente. Por fin podría dar lugar a toda la necesidad que tanto quería expresar; la expectativa empezaba a desafiar mi calma. A pocos pasos comencé a escuchar conversaciones casi sin palabras, y murmullos juguetones; me detuve en el centro de la sala para aliviar definitivamente mi impaciencia. Contemplé mis opciones y empecé a dar lugar a mi necesidad observando a mi alrededor. En las caras de aquellas personas pude leer las promesas implícitas en susurros que desafiaban a pieles inmersas en estimulantes caricias, y copioso sudor. Dentro de aquel círculo, lleno de numerosas puertas, la sensación de intimidad era absoluta. Sin embargo, era evidente que algunos disfrutaban de la exhibición que daba visibilidad sugestiva al poder seductor de sus cuerpos.

Gemidos y gritos sin aire comenzaban a sumarse al coro de sonido eróticos haciendo cualquier impulso difícil de contener. Por detrás una mano subió hacia mi hombro y recorrió mi espalda lentamente. Cerré los ojos y me dejé seducir, despacio empezó a masajear mi cintura, dibujando siluetas sugerentes. Sus manos eran pequeñas y suaves, cosquilleaban placenteras sobre mi piel, luego bajó hacia mis nalgas firmes y las recorrió en círculos. Su ternura y delicadeza tan cerca de mis impulsos hacían hervir mi sangre. Quería tomarla en ese lugar y en ese justo momento, pero dejé en su lugar, que el calor recorriera mi cuerpo; con el tiempo he aprendido que la paciente espera siempre trae su recompensa

El rostro de aquella mujer veía la luz, mientras yo abría los ojos para encontrarme de frente con ella, para ver por fin sus delicados labios rojos; me lanzó un beso a la distancia mientras pellizcaba mis nalgas, y con un guiño, se marchaba airosa. Sonrío mientras repetía la escena con otro muchacho. pero mi vista inevitablemente se clavó en otra mujer. Bella, de piernas largas, esbelta, adornada con un vestido largo de terciopelo azul, con cortes muy reveladores. Su pelo oscuro atado con firmeza en una trenza que le llegaba hasta la cintura la hacían majestuosa. Sus sandalias de cuero atadas hasta las rodillas y un maquillaje sutil y muy elegante; parecía una obra de arte que podía admirar durante horas. Finalmente encontró mis ojos, y pude ver su expresión de sorpresa, percibí instantáneamente que ella había descubierto a quién quería esa noche. Lanzó una sonrisa cómplice, señalando una mesa alta que estaba a un lado del recinto, lejos del resto. Por instantes el intercambio fue sin palabras, disfrutamos de vernos a los ojos; tomé su mano, juntándola con la mía y recorrí la textura de su vestido. Pasé mis dedos suavemente por cada curva de su cuerpo, atento intenté adivinar su edad, y por su actitud, empecé a intuir su forma de ser. Ella me miraba como adivinando qué cosas recorrían mi mente, yo sabía que podía leerla a través sus manos, y tener su atención me hizo sentir seguro al usar mis encantos…

Continuará…

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