Fotografía de https://doingthewalk.com/

Aparté mi rostro para ver la expresión del suyo; mordí mis labios y decididos nos encontramos en un frenético beso. El calor era evidente, mi libido rugía con ansias detrás de la línea que había marcado. Metí mis manos dentro de su vestido, sentía sus pezones firmes a través del corpiño que borraba la ya delgada línea del control; su lujuria fue evidente cuando con prisa me sacó la camiseta y con sus manos dibujó las siluetas de mis músculos definidos. Se tomó un instante para observarme con detenimiento y fue por más. Tomó mi cintura con firmeza y comenzó a excitarme. Su lengua jugueteaba con mis pezones, y el placer empezaba a apoderarse de mí. Se me escapó un gemido ruidoso que no entendía de censuras, no me acordaba de la última vez que jugaron con ellos. Qué día, me dije agradecido. Di rienda suelta a la imaginación, abierto a todo lo que ella quisiera hacer; me gusta dar tanto como recibir. Llevé mis manos a su cabeza para masajearla mientras admiraba su melena de reina.

-Sí, así- susurré a su oído-. Ella jugaba peligrosa, somos iguales me convencí. Una noche para el recuerdo, lo supe desde el instante en que la vi. Es tiempo sentí: levanté su vestido del todo, lo sostuve fuerte a la cintura mientras la detenía para que me mirara; erguí mi espalda y pronuncié mi pecho para que viera todo el esplendor que me habita, no apartamos la mirada el uno del otro, éramos ignorantes ante los ojos de quienes nos observaban. Coloqué mi mano extendida por su espalda y lentamente la fui bajando. Ella sabía a dónde iba, deseaba que fuera allí, estaba convencido. Tenía la boca abierta y jadeaba dispuesta, todas las señales confirmaban mis pasos, todo fluía libre de obstáculos, sin objeciones. Seguí mi descenso dibujando cada vez círculos más amplios sobre su piel; hice una pausa tentadora por la zona de su ano y se le escapó un suspiro contundente, avancé ralentizando el tiempo con caricias sutiles. A nuestras espaldas los ojos partícipes, no se atrevían interrumpir. Nos mirábamos intensos; los dos subiendo el tono de la pasión a cuestas. La libido era el río desbordante en la débil represa de nuestro control. Mis dedos bajaban a tientas entre sus piernas, mi brazo se extendía aún más largo, y ella al mismo tiempo sacaba su cola para recibirme. Sentí su calor en la punta de mis dedos. Separé sus labios mayores, y lentamente pasé el dedo del medio tan cerca como pude de su sexo, sin llegar a tocarla, quería que sintiera fluir el calor por sus venas, quería que sintiera lo que ambos deseábamos con ansias viscerales, y que estaba a punto de suceder. Tragué saliva para no babear. Ella respiraba agitada, detuve mis manos y dilaté el instante. Mordí mis labios y moví levemente mi cabeza buscando su aprobación: -Si- Susurró casi sin aire. Apenas la toqué, dejó salir un gemido agudo, pude sentir cómo mi bóxer cada vez más apretado se humedecía. Acaricié su vulva con mucha delicadeza hasta detenerme en su punto más intenso. Volví a dibujar círculos a su alrededor con mis dedos; para un lado y luego para el otro, con dulzura, con amor. Ella se lamía la boca, el agua caía ya por la represa que aún estaba en pie, y la línea de las ganas tenía el tiempo contado.

Entre roce y roce me detenía para que sintiera el ansia. Verla reaccionar con cada tacto me llenaba de lujuria. Es el momento propicio me dije. Hice una pausa un tanto más larga; me miró dubitativa, sonreí al descolocarla y metí con lentitud mis dedos hasta lo más profundo de su húmedo sexo. Gimió gozosa, sus piernas temblaron, el torrente derribó fuerte los límites de la necesidad carnal. La atajé firme por la cintura, decidido tomé su mano, y con la cabeza señalé la cama a la que fuimos con prisa…

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