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Teníamos algo más de diecisiete, han pasado doce años desde entonces y aún recuerdo nuestra primera y última vez.

Usaba un vestido negro, mi boca pintada de rojo exaltando tu respiración

decías que mis labios te enloquecían

a mí me enloquecían tus besos en el cuello.

La tarde del martes fue toda nuestra

en tu habitación quedó la inocencia, nos dejamos llevar por el instinto.

La música de fondo eran nuestras voces agitadas, la risas curiosas y un tango sin letra.

No hubo rosas ni vino tinto

pero tampoco hizo falta.

Esa vez fui tuya por completo y tú, mío igual,

nuestros cuerpos calenturientos despidieron los juegos infantiles, adentrándose a un mundo más adulto, por caminos de deleite y desconocido placer.

Pasaron las semanas sin volvernos a encontrar, no sé que aconteció, solo sé que poco a poco fuimos soltando nuestras manos para dejarnos llevar por el tiempo.

Creímos que habíamos hecho el amor cuando en realidad…

Aquella tarde de martes, terminamos deshaciéndolo.